Fernando Belzunce
«Ahora los golpes de estado se hacen utilizando las armas democráticas»
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COLABORA2026
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Decía Albert Camus que una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, nunca será otra cosa que mala. Este es uno de los postulados que mantiene el periodista y director editorial de Vocento Fernando Belzunce (Pamplona, 1976), en su libro ‘Periodistas en tiempos de oscuridad’ (Ariel, 2025), una reivindicación vehemente y argumentada sobre una profesión que, entre otras cosas, es garante de la propia democracia. Además de compartir su experiencia al frente de un gran grupo de comunicación, y de recordar su trayectoria, Belzunce conversa con colegas de distintas nacionalidades que, en muchos casos, han arriesgado su vida para ofrecer una información vital para el ciudadano.
No quiero comenzar esta conversación de manera descorazonada, pero el hecho de que, hoy en día, la verdad no tenga peso, que a los lectores, a los ciudadanos, ya no les sea suficiente las cifras, las imágenes, la narración contrastada y prefieran mantener su relato, es una pulverización del periodismo.
Desde luego, cuando la verdad no te importa es tremendo, es peligrosísimo. Al final, la desinformación es también eso, que la verdad no te importe. Estamos en una era marcada por la desinformación, y la desinformación tiene diferentes componentes. Hay muchas falsedades que circulan y que tienen un efecto en mucha gente, muchas medias verdades que confunden. Y se da, además, otro componente, porque parece que la desinformación solo concierne al emisor, al que emite esos mensajes, esos mensajes falsos o esas medias verdades con la intención de manipular, pero la desinformación también tiene mucho que ver con quien recibe esos mensajes. Lo que más asusta es cuando hay gente, muchos ciudadanos que quieren creer cosas, que tienen una predisposición a creer ciertos temas porque les hace sentirse mejor. Es un tema psicosocial todo lo que es creación de comunidades en torno a la desinformación. El ciudadano tiene una responsabilidad con cómo maneja esos datos, esos hechos, por qué no los cree. Hay gente que, a pesar de todo, prefiere tener otro relato porque le resulta más cómodo con sus ideas, con sus planteamientos, y en el fondo estamos casi anestesiados, porque la gente en general no tiene pensamiento crítico y rechaza aquello que le genera incomodidad reflexiva, sin tener en cuenta la gama de matices que requiere un análisis de la actualidad. La gente se siente más cómoda moviéndose entre el blanco y negro.
«La desinformación también es que la verdad no te importe»
Hay mucha autocrítica en tu libro, mucha prevención respecto del uso de las nuevas tecnologías, se valoran las amenazas que se ciernen sobre el periodismo, pero de nada vale todo esto si el ciudadano no está comprometido con la verdad, con querer estar informado. Es una necesidad democrática y humanística poder analizar el mundo que le ha tocado en suertes.
Por supuesto, es fundamental la capacidad crítica; muchas veces, a las personas les resulta incómodo salir del blanco y negro, intentar comprender la realidad, algunos hechos concretos o hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro. El periodismo siempre ha intentado mover esa capacidad crítica, y hay que aceptar humildemente que el periodismo ha perdido influencia en detrimento de las redes, por eso las sociedades tienen menos capacidad crítica. A eso no ayuda el que los políticos, que son un altavoz brutal, desacreditan constantemente el periodismo, ni ayuda el contexto geopolítico global. El libro, que es un proyecto humilde, no va a cambiar nada seguramente, pero yo tenía la necesidad, el compromiso ético de que este libro era un libro necesario, porque responde a la inquietud de lo que está pasando, porque entiendo que la ciudadanía no es consciente de lo que está sucediendo. Se habla mucho de una época de muchos cambios, no sé si tanto como de un cambio de época, en la que todo se cuestiona, donde ha habido una desestabilización brutal en poco tiempo. Hace 20 años, cuando hablábamos de Estados Unidos, lo veíamos como un país fuerte, unido, con unas instituciones democráticas sólidas. Nadie se hubiera imaginado entonces, ni siquiera hace diez años, que un asalto al capitolio fuera posible. Era impensable. Hace diez años el periodismo estaba muy bien considerado, era tan prestigioso que me contaban que, cuando los periodistas norteamericanos iban a hacer un reportaje, todos los ciudadanos querían colaborar, lo consideraban un deber democrático. Cómo ha cambiado eso, la percepción de tantas cosas, cómo se empieza incluso a cuestionar la legitimidad de la propia democracia es tremendo. Antes, los golpes de estado se hacían con la violencia; ahora se hacen utilizando las armas democráticas para desestabilizar desde dentro, lo que genera muchos debates inciertos a partir de líderes políticos legítimos que propician ambientes que desestabilizan la situación, provocando una incertidumbre increíble.
¿Qué perdemos si el periodismo se anega en la crispación, si se le antepone la opinión, lo sectario, el sentimentalismo?
Perdemos muchísimas cosas, porque el periodismo tiene que abanderar principios básicos en una democracia. El periodismo es un oficio que se realiza en un espacio de rigor, de información basada en hechos, diferenciada de la opinión, ajena a las pasiones y a las ideologías, en el que solo manda la búsqueda de la verdad. El periodismo es muchas cosas, pero cumple un derecho fundamental, el de recibir información, el derecho a saber, el derecho a tener una información que permita tomar decisiones como ciudadanos en sociedades libres. Cuanto más libre y profesional sea esa información, cuanto más rigurosa y basada en hechos, sin manipulaciones, injerencias, intereses, sea, mejores decisiones se podrán tomar y más libres serán las sociedades. El periodismo verdadero solo se entiende desde la profesionalidad, desde la independencia, y no hay entidad periodística seria que no sea independiente. De ahí que sea importante que los estándares de calidad hayan de ser altos. Ahora hay un ataque brutal al periodismo, pero el periodismo es mucho mejor de lo que muchos quieren hacernos creer, hay medios muy serios, buenos y muy potentes, y periodistas excepcionales, con un compromiso enorme, a los que sin embargo quieren desacreditar con ataques que antes nunca se había producido, ataques feroces, en muchas sociedades en diferentes países, porque hablamos de un fenómeno global, que tiene que ver con movimientos populistas y extremistas, dispuestos a desintermediar a los medios para tener ellos la capacidad de mandar mensajes de manera directa, sin nadie que incomode, cuestione o verifique. Sí, es un momento muy peligroso este, pero el periodismo es mucho más sólido de lo que la gente cree, los periodistas somos muy autocríticos, más de lo que parece. Más que hacer autocrítica, a veces nos flagelamos, nos fijamos siempre en ejemplos de malos periodistas, que los hay, por supuesto, hay gente que comete errores porque es una profesión y hay personas ejerciéndola, pero los errores comparados con los aciertos son contados y anecdóticos. Lo que me llama la atención es que prolifera la idea de un periodismo sensacionalista, malo, chillón, ideologizado y vendido, pero son cuatro ejemplos muy llamativos, que discurren en tertulias chillonas en televisión o con gente que ha perdido la cabeza en redes. La mayoría de los periodistas son gente noble, trabajadora, con principios rectos, que trata de hacer bien su trabajo, que no se venden. En mi entorno, que es muy amplio, la mayoría de los periodistas que conozco son decentes. Todo está fatal, la situación económica está fatal, la situación geopolítica es tremenda, pero nuestro trabajo no está tan mal.
«El periodismo cumple el derecho a tener una información que permita tomar decisiones como ciudadanos en sociedades libres»
Qué oficio no tiene malos ejemplos en su ejercicio…
¡Hasta los ingenieros! Hace poco se cayó un puente en Italia, en Génova, donde hubo tres muertos. ¿Eso es un síntoma de que la profesión de los ingenieros es nefasta? Lo que pasa es que la nuestra se ve mucho. Y hay que tener en cuenta que la televisión es siempre otra cosa. No me refiero a los informativos, sino a las tertulias y otros espacios de espectáculo, en fin… el periodismo merece mucho la pena y es más necesario que nunca, esto se quiere olvidar, como si se quisiera hacer creer que es una profesión prescindible, como si cada ciudadano pudiera construirse su propio relato mediático, poniendo en práctica esa frase de Iron Mash, inquietante: «El medio eres tú», invitando a todo ciudadano a que fuera su propio medio. Nuestra profesión es una industria centrada en difundir información contrastada, rigurosa, con empresas periodísticas fuertes, sólidas, con principios, con estatutos, nuestro trabajo está auditado por tribunales, por nuestras audiencias, rectificamos nuestros errores, tenemos estructuras de control muy definidas. Es un proyecto colectivo el periodismo, muy profesional, y el que se pretenda hacer creer que no sirve para nada o que todos somos iguales es un despropósito.
En el libro, se cuenta cómo la llegada de internet y de las nuevas tecnologías se recibieron con bastante ilusión, pero que esa ilusión primera se fue transformando en decepción y amenaza directa. ¿Habrá entendimiento entre el periodismo y el uso de las nuevas tecnologías y la IA?
Ojalá. El caso es curioso, estamos llenos de contradicciones. La tecnología permite un incremento de la creatividad brutal, una mejora exponencial de los planteamientos narrativos, un sinfín de posibilidades narrativas, de formatos más accesibles y claros para los lectores, más lenguajes, te permite llegar a más audiencia y que la forma en la que narras sea más atractiva y eficaz; sin embargo, está llena de riesgos. Internet permite la difusión de información de alta calidad, el acceso a contenidos educativos, formativos, permite la difusión de valores positivos basados en valores, libertades y democracia. La democracia es pasiva, responde al ataque, pero no ataca, y siempre hay los grupos oscuros de interés, con intenciones un poco perversas, a los que les es muy fácil utilizar las herramientas de la tecnología para hacer daño. Internet era un espacio vacío donde unas compañías tecnológicas fueron ocupando espacios, como sucedió en el salvaje oeste, fueron colonizando espacios e iban poniendo sus propias reglas, internet fue en exceso libertario, desregulado, y de ahí que proliferase un campo de minas para la desinformación. Esto ya lo demostró la periodista Carole Cadwalladr.
Que puso en jaque a Facebook al descubrir cómo 50 millones de perfiles fueron utilizados para influir en votantes…
Exacto. Aquello supuso que nos quitamos la venda de los ojos, demostró las relaciones con un conglomerado militar, apuntando incluso a Steve Bannon, un hombre clave en la victoria de Trump. Esta periodista demostró que se hicieron inversiones económicas muy potentes para lograr manipular a través de FB la intención de voto y el sentimiento de millones de posibles votantes, tanto con el Brexit como con las elecciones norteamericanas. La tecnología facilitas cosas positivas y también las perversas.
Habla de numerosos periodistas como la brasileña Patricia Campos Mello, pero tantos otros, que ejercen su trabajo en países hostiles a la información. Pero ¿hay censura en países democráticos como España?
Hay presiones, presiones siempre las ha habido, siempre, y no está mal que las haya, es señal de que lo que haces importa, de que lo que haces tiene impacto, si nadie te presiona daría igual lo que haces. Hay muchas llamadas en el día a día, llamadas que hay que atender, entre otras cosas porque, muchas veces, obtienes más información de ellas, o alguna matización. La cuestión es cómo manejas esas presiones, porque eso cambia la película. Acuérdate del cómico norteamericano Jimmy Kimmel, despedido por la BBC por un comentario que hizo Trump. Trump puede pedir la cabeza de quien considere, pero la locura es la empresa que se la sirve en bandeja. Las empresas periodísticas deben defender su dignidad, su honestidad, sus principios y esencias. Esto va también de ejercer tus derechos. Por fortuna, la BBC rectificó a tiempo, y lo readmitió. La protección del periodismo pasa por los cargos de responsabilidad, por directores y los empresarios. Una investigación como el «Watergate» de The Washington Post no hubiera sido posible sin el apoyo de Katherine Graham, su editora, que defendió y alentó en todo momento a los periodistas que estaban investigando, Bob Woodward y Carl Bernstein.
Pienso en los dos grandes periódicos de este país, y asombra cómo la misma información puede variar tanto. ¿Cómo reconocer que la labor de un periodista es honesta y no está sujeta a intereses varios?
Ahí entra la sensibilidad del lector y su conocimiento. Desde luego, habría que hacer un esfuerzo para separar lo que es información de lo que es opinión, advertir qué tipo de adjetivos se utilizan, por ejemplo, detectar esas ideas que a veces se dejan caer en determinadas informaciones y que no están contrastadas, ciertos tonos tendenciosos… es importante que el lector se de cuenta de si lo que le cuentan se ciñe o no a los hechos.
«Habría que hacer un esfuerzo para separar lo que es información de lo que es opinión»
De los numerosos testimonios de periodistas de todo tipo y lugar que concita en el libro, ¿por cuál siente especial querencia?
Me conmovieron tantos… A muchos de estos periodistas los conocía de antes, a otros muchos no; fueron conversaciones muy largas, es un libro de defensa del oficio, que quiere mostrar a quien está fuera de él cómo funciona. Es una reivindicación de la utilidad del periodismo, y para ello he hablado con colegas que me han contado muchas cosas, que se han desahogado, muchos de ellos lloraban mientras me hablaban, contándome cosas muy delicadas que igual no habían contado antes. Todo ello te deja tocado. Ay testimonios que me han conmovido por lo que me contaban y otros, por la emoción de quien hablaba. Lo que me contaba la periodista colombiana Jineth Bedoya, secuestrada y tortura por los paramilitares; el testimonio de la periodista afgana Khadija Amin, que tuvo que huir de su país; la conversación con la periodista filipina Maria Ressa, de una fuerza increíble… pero también la palabra de Mónica García Prieto. También he sentido muchísima empatía por colegas que no me contaban cosas épicas, sino su día a día desarrollado con honestidad, como el esfuerzo del director de Las Provincias por informar sobre el tema de la dana, esos cuarenta días informando sin descansar, el esfuerzo brutal ante un acontecimiento extraordinario, cómo cubrirlo, cómo motivar al equipo. Se nos olvida que detrás de las noticias hay siempre una persona detrás contándola.
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