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Sociedad

Procrastinar no siempre es malo

Para una persona con tendencias perfeccionistas, enfrentarse a una tarea para la que no se siente suficientemente preparada, o en la que anticipa que el resultado no va a estar a la altura de sus estándares, genera una incomodidad muy particular.

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13
abril
2026

Pocas palabras han tenido una carrera tan exitosa en el mundo del desarrollo personal como «procrastinación». En los últimos años se ha convertido en una especie de diagnóstico universal para cualquier situación en la que una persona no esté haciendo lo que debería estar haciendo en el momento en que debería estarlo haciendo. No has empezado el informe que tienes que entregar el jueves: procrastinación. Llevas tres semanas sin ir al gimnasio: procrastinación. Sigues sin llamar a ese contacto profesional que podría abrirte puertas: procrastinación. El mensaje implícito es siempre el mismo: algo falla en ti, y ese algo tiene nombre técnico.

El problema con este uso indiscriminado del término no es solo semántico. Es que genera culpa donde no debería haberla, y distrae la atención de los casos en que la procrastinación sí es un problema real que merece ser entendido con más profundidad.

Empecemos por lo más obvio, que curiosamente es lo que menos se menciona: a veces la gente no hace cosas porque está agotada. No porque tenga miedo al fracaso, no porque evite el malestar emocional, no porque su autoestima esté en el suelo. Sino porque lleva semanas trabajando demasiado, durmiendo mal y sin apenas tiempo para recuperarse. En ese contexto, sentarse en el sofá a no hacer nada productivo no es procrastinación. Es una respuesta adaptativa de un organismo que necesita descanso.

La industria de la productividad y el desarrollo personal tiene un interés bastante claro en no hacer esta distinción. Si el problema siempre eres tú (tu mentalidad, tu disciplina, tu gestión del tiempo) entonces la solución siempre es un curso, un método, un libro o una aplicación. Si el problema es que vives en una cultura que normaliza el agotamiento crónico y penaliza el descanso, la solución es más incómoda y no se vende tan bien.

Siempre hay una razón por la que el cerebro prefiere hacer cualquier otra cosa antes que enfrentarse a esa tarea concreta

Dicho esto, hay situaciones en que la procrastinación sí responde a algo más que el cansancio. Y en esos casos, lo relevante no es etiquetar el comportamiento sino entender qué función cumple. Porque posponer una tarea siempre tiene una lógica. Siempre hay una razón por la que el cerebro prefiere hacer cualquier otra cosa antes que enfrentarse a esa tarea concreta.

La explicación más frecuente, y la mejor respaldada por la investigación psicológica, es que la procrastinación es fundamentalmente un problema de regulación emocional. No de gestión del tiempo. Lo que la persona pospone no es la tarea en sí: es la incomodidad que anticipa al realizarla. El aburrimiento, la frustración, la incertidumbre, la sensación de incompetencia. El cerebro aprende rápido que evitar la tarea hace desaparecer esa incomodidad de forma inmediata, aunque solo sea de forma temporal. Y como cualquier comportamiento que produce alivio inmediato, tiende a repetirse.

Esto explica por qué los consejos clásicos sobre productividad funcionan tan mal para tanta gente. «Divide la tarea en partes pequeñas». «Usa el método Pomodoro». «Elimina las distracciones». Todas estas estrategias asumen que el problema es organizativo, cuando en realidad es emocional. Si lo que la persona evita es la incomodidad de enfrentarse a algo que le genera ansiedad, reorganizar su agenda no va a resolver nada. Va a hacer que procrastine de forma más ordenada.

Pero hay un segundo mecanismo que se menciona todavía menos, y que en mi experiencia clínica aparece con mucha frecuencia: el perfeccionismo. Hay personas que no posponen las tareas por pereza ni por miedo al fracaso en sentido genérico, sino por algo más específico: no pueden permitirse hacerlas mal. O regular. O simplemente de forma aceptable.

Para una persona con tendencias perfeccionistas, enfrentarse a una tarea para la que no se siente suficientemente preparada, o en la que anticipa que el resultado no va a estar a la altura de sus estándares, genera una incomodidad muy particular. No es solo el miedo a que otros juzguen el resultado. Es la incapacidad de tolerar la propia sensación de mediocridad. De entregar algo que podría estar mejor. De revelar, aunque sea solo ante uno mismo, que hay cosas que no se dominan.

Lo paradójico es que el perfeccionismo y la procrastinación parecen opuestos, pero no lo son

El resultado es que esas tareas se posponen indefinidamente, a la espera de un momento en que haya más tiempo, más energía, más recursos, más preparación. Un momento que, por supuesto, nunca termina de llegar. Y mientras tanto, la tarea sin hacer genera más culpa, la culpa genera más presión, y la presión hace que enfrentarse a la tarea sea todavía más difícil. Es un ciclo que se alimenta a sí mismo.

Lo paradójico es que el perfeccionismo y la procrastinación parecen opuestos. Uno está asociado a altos estándares y exigencia; la otra, a la dejadez y la falta de disciplina. Pero en la práctica se combinan con mucha frecuencia, precisamente porque los estándares muy elevados hacen que cualquier tarea imperfecta sea emocionalmente costosa. Y las cosas emocionalmente costosas se evitan.

¿Cuál es entonces la diferencia entre una procrastinación que merece atención y una que no? Básicamente, las consecuencias. Si posponer el descanso activo un domingo por la tarde no tiene ningún impacto real en tu vida, no hay ningún problema que resolver. Si el patrón de evitación es sistemático, afecta a áreas importantes de tu vida y genera un malestar sostenido, entonces sí merece ser explorado. No con culpa, sino con curiosidad. Preguntándose qué emoción específica está detrás de esa evitación, qué anticipa el cerebro que va a ocurrir si se enfrenta a esa tarea, y si esa anticipación es realista o está distorsionada por el miedo o la exigencia.

La procrastinación no es un defecto de carácter. No es pereza con otro nombre. Y desde luego no es un problema que se resuelva sintiéndose peor por tenerlo. Es, en la mayoría de los casos, una señal de que algo en la relación entre la persona y esa tarea merece ser revisado. A veces esa señal dice «necesito descansar». A veces dice «me exijo demasiado». Y a veces dice «tengo miedo de no ser suficiente».

Las tres merecen ser escuchadas. Ninguna merece ser silenciada con más culpa.


Luis Miguel Real es psicólogo.

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