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¿Qué hacemos hoy que no sirva para nada?

La lentitud, el silencio, la conversación sin objetivo, la contemplación, todos esos actos «improductivos» nos devuelven una forma de dignidad. No porque sean moralmente superiores, sino porque nos recuerdan que existir no siempre implica producir.

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19
enero
2026

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Vivimos en una época obsesionada con la utilidad. Todo debe servir para algo, generar un resultado, acumular méritos, likes o productividad. Hasta el ocio ha sido domesticado por la lógica del rendimiento: ya no descansamos, «recargamos». Ya no hablamos, «compartimos contenido». En este tiempo performativo, donde cada gesto se convierte en una exhibición de sí mismo, lo inútil se ha vuelto casi indecente.

Hace poco, haciendo scrolling por las redes, me encontré con una frase de Annie Ernaux: «La conversación es inútil en el mejor sentido». Tan simple, tan certera. La repetí en voz baja, como quien redescubre algo olvidado desde hace mucho. Una intuición leve, pero exacta: el reconocimiento de un gesto que no se impone, no exige, no performa, solo permanece. Conversar sin prisa. Sin utilidad. Sin objetivo. Por el simple placer de estar con el otro.

Entonces me pregunté: ¿qué hacemos hoy que no sirva para nada? No para vender, mostrar o justificar, sino simplemente para ser, como quien habita un intervalo. En un mundo que exige eficiencia, rendimiento y capitalización de todo — incluso del afecto — la conversación gratuita emerge como una reliquia de resistencia. No genera lucro. No sirve a un propósito claro. No monetiza el tiempo. Es, en palabras de Ernaux, «anticapitalista» porque no produce valor material, solo un vínculo efímero y compartido. Un tiempo suspendido, una pausa sin función.

Hay algo radical — y profundamente poético — en sentarse con otro ser humano sin esperar nada. Conversar es un acto de desobediencia. Es recuperar una de las funciones primeras de la palabra, no convencer, no vender, no performar, sino compartir. Walter Benjamin escribió que cada conversación casual puede contener una chispa de verdad. Marcel Proust, por su parte, recordó que el tiempo recobrado nace menos del deseo de dominar el mundo productivista que de la escucha atenta de sus variaciones. Tal vez hayamos desaprendido esa escucha. Tal vez la hayamos sustituido por la gestión constante de la atención y la respuesta.

Hay algo radical — y profundamente poético — en sentarse con otro ser humano sin esperar nada

Escuchar a alguien sin apresurar respuestas, divagar sin rumbo, interrumpirse, perder el hilo, reír, compartir un silencio entre dos frases. ¿Quién se permite aún ese lujo? El algoritmo no lo recompensa, solo lo extrae. La prisa no lo tolera. Pero quizá la imaginación — esa facultad olvidada de tocar lo invisible — encuentre ahí un refugio contra la aridez del mundo. Los sufíes decían que hay formas de saber que no se aprenden, que llegan a través del silencio, de la escucha demorada, de lo que no se concluye. Conocer, para ellos, era también demorarse.

Lo inútil, en ese sentido, no es ausencia de sentido, sino otra manera de habitarlo. La inutilidad no niega la acción, la libera. Es lo que hace el arte cuando se niega a ser mercancía, lo que hace la amistad cuando deja de contabilizar favores, lo que hace el pensamiento cuando no busca utilidad inmediata. Quizá lo inútil sea la última forma de belleza posible en un mundo saturado de fines.

Pensar, crear o conversar sin finalidad aparente es desafiar la lógica productivista cuyo pulso nos convierte en gestores de nuestra propia existencia. El artista que pinta sin expectativa de éxito, el músico que improvisa sin grabar, el lector que se pierde en un libro sin intención de comentarlo en redes; todos ellos ejercen una forma de resistencia silenciosa. En su aparente ineficacia reside una ética, la de permanecer fieles al tiempo interior.

Vivimos en un presente que mide todo en términos de impacto y rendimiento. Incluso el compromiso social o la sensibilidad ecológica parecen exigir una rentabilidad simbólica. Pero hay un tipo de gesto — pequeño, invisible, inútil — que escapa a esas métricas: preparar una comida sin fotografiarla, cuidar a alguien sin publicarlo, hablar con un desconocido sin intercambiar contactos. Gestos que no dejan huella digital, pero sí humana.

Quizá lo inútil sea la última forma de belleza posible en un mundo saturado de fines

La lentitud, el silencio, la conversación sin objetivo, la contemplación, todos esos actos «improductivos» nos devuelven una forma de dignidad. No porque sean moralmente superiores, sino porque nos recuerdan que existir no siempre implica producir. Como escribió Simone Weil, «la atención pura es oración». Quizá escuchar al otro, sin pretender corregirlo ni mejorarlo, sea la forma contemporánea de esa oración.

En este tiempo acelerado, donde todo debe ser contenido, impacto, resultado, la conversación inútil — en su mejor sentido — ofrece otra posibilidad: la de no servir. La de permanecer entre. Entre un cuerpo y otro, entre dos voces que se buscan, entre pausas que no piden ser llenadas. Quizá ahí empiece la verdadera subversión. O, tal vez, el gesto más antiguo del mundo, mirar a alguien, escucharlo y simplemente estar. Un intervalo sin codicia. Una presencia sin finalidad.

¿Y si fuera ahí — en ese gesto mínimo y olvidado — donde empezara, después de todo, la verdadera revolución?


Tiago Alves Costa es escritor y docente universitario

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