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Siglo XXI

Joaquim Bosch

«Los algoritmos fomentan una teatralización de la política»

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31
marzo
2025

El desencanto ciudadano por la crispación política, las desigualdades socioeconómicas, la poca confianza en las instituciones o el encarecimiento de la vida lleva a erosionar las democracias. Eso defiende el magistrado Joaquim Bosch (Cullera, 1965), antiguo portavoz de Jueces para la Democracia y actual juez del Juzgado de Moncada, además de investigador y docente para la formación de magistrados. En su último libro ‘Jaque a la democracia. España ante la amenaza de la deriva autoritaria mundial’ (Editorial Ariel), Bosch expone un lúcido análisis sobre los peligros actuales del Estado de derecho y plantea diferentes factores sociales, culturales, políticos y económicos que ponen en entredicho las democracias liberales. 


Comienza el libro planteando una teoría de Sánchez-Cuenca, que afirma que la deriva autoritaria se produce gradualmente y de una forma sutil. ¿Ese desmontaje pausado de la democracia era la génesis de su obra?

En mi anterior libro planteé la persecución de delitos de corrupción, y eso me llevó a detectar debilidades de los sistemas democráticos. Nos hemos acostumbrado a cierta estabilidad, pero la historia de la democracia ha sido muy volátil y breve. Quise analizar el auge de los discursos ultraconservadores, la evolución de la nueva extrema derecha y los riesgos que supone para la convivencia democrática. Y también escribo convencido de que nos encontramos ante un cambio de época marcada por la revolución digital, que está transformando muchas cosas y cambiará los sistemas políticos.

En el ensayo asocia la revolución digital a la polarización política. Muchas figuras se han construido así, como Trump. ¿Cree que favorece una teatralización de la política?

No puede sorprendernos que triunfen personajes estrafalarios. La revolución digital ha cambiado nuestra forma de ir a comprar, de buscar pareja, de viajar, y por tanto también nuestra forma de informarnos, de comunicar o entender la política. La mayoría de las noticias no se leen en los portales, sino a través de enlaces en las redes. Trump es en gran parte un producto de las redes, igual que Milei, Bolsonaro y otros dirigentes europeos. Son personas que gozan de una gran capacidad comunicativa y que tienen un indiscutible apoyo de los grandes magnates de las plataformas virtuales. El debate político actual está muy marcado por los algoritmos, que estimulan los discursos de odio y xenófobos, y todo esto claro que fomenta una teatralización de la política.

«La revolución digital ha cambiado nuestra forma de informarnos o de entender la política»

¿Diría que la derecha se desenvuelve mejor en el uso de redes sociales?

Los sectores ultraconservadores han entendido mejor las claves de la revolución digital. Comprenden mejor las formas de comunicación en redes sociales y los nuevos marcos de debate. Hay que añadir que son favorecidos por los algoritmos de las grandes plataformas virtuales, que favorecen mucho más los discursos racistas, machistas, los discursos de odio, los alegatos de confrontación, la desinformación masiva. Está documentado que si alguien aporta una argumentación muy racional en las redes tiene muy pocas posibilidades de viralizarse, mientras que si dice alguna barbaridad, aunque sea mentira, lo ven millones de personas.

Un ejemplo actual es la plataforma X. ¿Qué opina de quienes aseguran que seguir en esa red social no es ético?

Sigo en X, y es compatible con estar en otras redes. Elon Musk defiende a ultraconservadores como Trump y pide el voto para la extrema derecha alemana, y no es el único. Si partimos de la premisa de que hay grandes plataformas en manos de magnates que han tomado partido por ideas de ultraderecha, creo que las instituciones democráticas deben salir al rescate de los derechos de la ciudadanía. Lo importante es evitar que se vulneren a diario y que los poderes públicos no hagan nada. Pongo dos ejemplos: en nuestra Constitución existe el derecho fundamental a recibir información veraz, y se está vulnerando a diario para generar determinados estados de opinión sin que nadie haga nada. Y también hay todo tipo de situaciones de impunidad.

¿A qué situaciones de impunidad se refiere?

Como juez estoy harto de oficiar a Twitter, Facebook y otras plataformas para que identifiquen a personas por estar cometiendo delitos contra la libertad sexual de menores, contra la intimidad de personas adultas, por estar perpetrando delitos de odio… Y la mayoría no logran ningún tipo de recorrido. No es admisible que los dueños de las plataformas puedan hacer lo que quieran y estén por encima de las leyes. Se puede legislar para obligar a que cumplan con las reglas básicas. El caso de Brasil es ilustrativo, llegó a suspender la plataforma y a los pocos días estaban firmando un acuerdo para que se cumplieran las reglas. Marca un camino de cómo actuar ante el poder de redes como X.

«No es admisible que los dueños de las plataformas estén por encima de las leyes»

En su libro alerta contra la deriva autoritaria de la polarización, y del deterioro de las democracias. ¿Que la socialdemocracia no haya sabido dar respuestas se traduce en un ascenso de las fuerzas ultra?

Sin duda el auge de los ultras es un síntoma de las insuficiencias del sistema. Mucha gente está optando por estas fuerzas políticas porque los partidos tradicionales se han distanciado de la ciudadanía, la gente más joven no puede articular hoy un plan de vida a largo plazo. Si la gente vota para que se solucionen sus problemas y no se resuelven, es comprensible que haya un voto de castigo o una apuesta por opciones novedosas que prometen de manera muy brusca, con cuatro gritos y eslóganes fáciles, resolver sus vidas. De poco sirve decir que vivimos en una democracia si hay sectores sociales que no pueden acceder a una vivienda digna. Hay una crisis de la política tradicional.

«De poco sirve decir que vivimos en una democracia si hay sectores sociales que no pueden acceder a una vivienda digna»

¿La crisis que menciona tiene que ver con un cambio del marco de debate?

Es un reflejo de ella, porque el marco ya no es cómo mejoramos el sistema democrático para que se cumplan las promesas. Ahora todo se centra en buscar quién tiene la culpa, y se le achaca a los de fuera. Hay personas cambiando el marco del debate para decir que si alguien es pobre, la culpa es suya porque no se ha esforzado lo suficiente. Es un marco basado en fobias, en la oposición al contrario, en una actitud defensiva.

¿Hay peligro de una regresión autoritaria en España?

España es la democracia occidental con un mayor porcentaje de personas que creen que la democracia no es un buen sistema político, y eso está vinculado a la herencia del franquismo. Aún hay discursos que plantean ilegalizar a otros partidos por ser izquierdistas o nacionalistas, y personas que no aceptan los resultados de las elecciones. El peligro de regresión existe, y para mí hay dos claves: la posición y crecimiento de la extrema derecha, y la involución que puede haber en la derecha tradicional. Los cambios se pueden producir por mutaciones de la derecha convencional. En España, el PP puede radicalizar su discurso y que se produzca un relevo ultraconservador.

«La paradoja es que la Unión Europea se constituyó para impedir sistemas políticos como los que se están consolidando actualmente»

Ese miedo a los de fuera se refleja en cómo están avanzando posturas ultra contra la inmigración en Hungría, Italia o Polonia. ¿Cómo ve el ámbito europeo?

La paradoja más tremenda es que la Unión Europea se creó para generar espacios de fuerte protección de los derechos y libertades y con mecanismos de cooperación entre todos los países. Se constituyó para impedir sistemas políticos como los que se están consolidando actualmente. Pero lo que tenemos ahora es un club de países autoritarios que quieren menos Europa, que quieren más nacionalismo estatal y que rechazan el derecho de refugio. Conciben Europa como una fortaleza a la que no puede entrar nadie, en contraste con la Europa de acogida que surgió después de la Segunda Guerra Mundial. Nos jugamos mucho y nos encaminamos a un cambio de época.

En Europa hay partidos a los que se cataloga como fascistas. Es interesante cómo alerta en su obra del error de banalizar el término «fascista».

Los nuevos partidos de extrema derecha no son fascistas, es un error catalogarlos como tal. El fascismo buscaba alcanzar el poder de forma violenta, eliminar a los disidentes y establecer sistemas sin elecciones democráticas. Los nuevos ultras pueden ser más peligrosos que los partidos fascistas, porque tienen capacidad de seducción y atraen mayorías. Los partidos fascistas, como Amanecer Dorado, generan un gran rechazo, a diferencia del fenómeno de la ultraderecha populista que es mayoritaria en Europa.

¿Los partidos democráticos tradicionales se han dejado contagiar por el lenguaje populista de las fuerzas ultras?

La derecha democrática fue uno de los puntales de construcción de la Unión Europea y el futuro de la democracia depende en gran parte de cómo actúe. Actualmente están imitando los discursos ultraconservadores para no perder votos, y me parece un error. Hay una búsqueda por lograr el éxito electoral y por eso imitan sus lemas y estilos, pero eso no resuelve los problemas de fondo de la ciudadanía. Los casos de Estados Unidos, Hungría o Israel son ilustrativos de cómo los partidos de derecha tradicional pueden ser engullidos por los ultras.

¿Diría que en España también sucede esto, con la relación PP-Vox?

Los ciudadanos suelen preferir el original antes que la copia. El PP imita el discurso y los lemas de Vox, por ejemplo cuando se posicionan contra la inmigración. Y esto también sucede con el caso de Aliança Catalana y Junts. El problema de optar por este camino es que pierden terreno al asumir ese tipo de marcos, y se corre el riesgo de que realmente desaparezca la derecha tradicional. Estoy convencido de que estamos en un cambio de época, y todo esto conecta mucho con la crisis de credibilidad de los sistemas democráticos.

La crisis de credibilidad que menciona tiene que ver también con el papel de la justicia. El 56% de los españoles no cree en la independencia de los tribunales. ¿Cree que la visión negativa de la justicia actual es comprensible?

En general no, pero creo que en algunos casos sí. Diría que en España los ciudadanos critican a los operadores judiciales cuando la solución la tienen los responsables políticos. El verdadero problema es precisamente la presencia desproporcionada de los partidos políticos en la cúpula judicial, y a esto se suma que hay órganos de contrapeso muy débiles. La guerra política se traslada a los tribunales, y lo hacen desde periodistas, hasta cloacas policiales o partidos políticos. Hay muchos protagonistas de esta guerra en los tribunales. La falta de parcialidad también es lo que critica la ciudadanía.

¿Cree que hay una relación entre la teatralización de la vida política y la guerra en los tribunales?

Los tribunales se han convertido en un espacio de trincheras muy propicio por su gran poder de amplificación. Para un partido político no es lo mismo presentar una enmienda en un Parlamento que presentar una querella en los tribunales. La primera pasará desapercibida, mientras que la segunda permite convocar ruedas de prensa a la puerta del Palacio de Justicia y desgastar fuertemente a los rivales filtrando datos tergiversados del procedimiento. No es tan importante el recorrido judicial como la capacidad de hacer daño al rival. Esta es una cuestión problemática y debería hacernos reflexionar sobre cómo se ha instrumentalizado el sistema judicial.

Los organismos internacionales ya han alertado de que la Fiscalía General del Estado en España está excesivamente vinculada al poder político.

Estoy de acuerdo con lo que nos dice el Consejo de Europa, y lo que nos dice es que en España el poder político ha colonizado las instituciones de contrapeso. Los partidos son esenciales en un sistema democrático, pero no es admisible que ocupen incluso los espacios que están hechos para vigilarlos. En España debería haber más incompatibilidades para que personas que han tenido cargos políticos no puedan ocupar la Fiscalía, pero el problema es que los dos principales partidos se han repartido desde hace décadas por cuotas y casi nadie renuncia a sus privilegios sin ofrecer resistencia.

Mencionaba antes la falta de parcialidad en la justicia. ¿Hace falta más autocrítica en su profesión?

Diría que sí, está claro que hay actuaciones judiciales que no son positivas y que son valoradas muy negativamente por la ciudadanía. Hay un cierre de filas casi siempre absoluto con todo lo que hacen los miembros del Poder Judicial, cuando es obvio que hay cosas que se hacen bastante mal. La visión que impera de la judicatura monolítica en España nos demuestra que deberíamos ser más cercanos a la pluralidad que existe en la sociedad.

Centrándome en la figura de los jueces, no puedo evitar preguntarle por el caso del juez Carretero en el juicio a Errejón. ¿Qué opina de las críticas, tanto a él como a otros, en este tipo de casos?

El machismo también existe en la judicatura porque no vivimos en una campana de cristal. En España hay serias carencias de formación en perspectiva de género y esto lleva a sesgos discriminatorios hacia las mujeres que denuncian violencia machista. Hay una serie de actitudes muy frecuentes en los tribunales que llevan a juzgar a la denunciante, a suponer que tiene intereses oscuros, a exigirle unos estándares de credibilidad que no se exigen a los denunciantes de otros delitos. En el caso de Errejón y Mouliaá se vieron esas carencias en formación. De hecho, la ley establece que las preguntas no pueden ser capciosas, tendenciosas o sugestivas, y que hay que practicar una escucha activa, lo cual es incompatible con interrumpir constantemente.

«En España hay serias carencias de formación en perspectiva de género y esto lleva a sesgos hacia las mujeres que denuncian»

¿Entiende que haya una parte de la ciudadanía que critique que la judicatura sea excesivamente conservadora? 

La mayoría de la judicatura tiene un perfil conservador y creo que sería deseable que la judicatura se pareciera más a la sociedad civil. Hay muy pocos jueces que procedan de las clases sociales más desfavorecidas, es un hecho incontestable. Pero el problema principal no está en la composición socioeconómica de la judicatura, sino en la cúpula judicial por la proximidad a los partidos, y las posibilidades de injerencias partidistas.

Cita a Stefan Zweig y su afirmación de que somos testigos de la derrota de la razón. ¿Cree que hay riesgos que remiten al mundo de ayer, o es más optimista al respecto?

Zweig nos da una de las grandes claves de nuestro tiempo a partir de lo que él vivió hace un siglo. Era impensable que pasara lo que pasó, y muchos intelectuales lúcidos no lo vieron venir, y lo pagaron con su vida. No creo que nos enfrentemos a situaciones equiparables a esa sociedad de entreguerras, pero sí podemos ir a retrocesos muy drásticos en materia de derechos y libertades. No puedo ser optimista en el corto plazo, pero quizá a medio y largo plazo sí se pueda parar la oleada autoritaria. Dependerá de que la sociedad civil se posicione y los partidos tradicionales sean capaces de reconvertirse.

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