A dónde va tu ropa cuando la tiras
Cada europeo tira al año 19 kilos de productos textiles y el 85% de estos desechos acaba en la basura común y corriente. ¿Cómo hacerle frente a este desafío medioambiental?
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Comprar, vestir y tirar. Ese es el ciclo de la moda actual, que se ha acelerado en las últimas décadas con microtemporadas y microtendencias cada vez más efímeras y alentado por unos precios cada vez más bajos. Comprar una falda, una camiseta o unos pantalones nuevos sale por mucho menos dinero (teniendo en cuenta la inflación y los costes de vida) de lo que lo hacía tiempo atrás. Como la ropa es hoy un lujo asequible, no duele mucho deshacerse del producto cuando ya no se desea.
Según apunta Liz Rickets, directora de The OR Foundation, los habitantes de Nueva York tiran 200.000 toneladas de ropa cada año y los de Londres unas 157.300 toneladas. Esto deja una media de 44 prendas desechadas por cabeza. Las estadísticas más recientes de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) calculan que cada europeo se hace cada año con 19 kilos de productos textiles, dos kilos más que en la medición de 2019. En conjunto, los países de la Unión Europea tiran al año 6,94 millones de toneladas de desechos textiles.
Y ¿qué pasa con toda esa ropa que usamos, vestimos y tiramos? En los últimos años, impulsados por la presión de la opinión pública y los cambios normativos, han empezado a emerger contenedores para la recogida de ropa usada. Los han incluido las grandes cadenas de moda en sus tiendas y los han sumado algunos ayuntamientos a las islas de reciclaje de sus calles. Juntar la ropa que ya no se desea y depositarla en uno de esos puntos crea una cierta sensación de paz, de haber hecho lo correcto. Ese es, al final, el camino que deben seguir las prendas. Pero la realidad es más complicada.
De entrada, mucha ropa se queda en el camino. Según la AEMA, el 85% de los desechos textiles acabaron, en 2022, en los contenedores de basura normal y no fueron procesados de forma separada. E incluso cuando se intenta iniciar su reciclaje, las cosas no son tan simples.
Los países de la Unión Europea tiran al año 6,94 millones de toneladas de desechos textiles
Lo cierto es que el camino habitual de la ropa usada es el de pasar desde el Norte global al Sur global, donde se ha convertido en un serio problema ambiental. Ese flujo no es nuevo. Antes, la ropa usada era incluso un motor económico en algunas zonas de África como cuenta Oliver Franklin-Wallis en Vertedero (Capitán Swing). Se movía menos cantidad de ropa y, por tanto, se podía afrontar el flujo. Además, las condiciones de las prendas que llegaban a esos mercados secundarios eran mucho mejores (lo que posibilitaba que tuvieran un nuevo ciclo de vida).
Ahora, los materiales de las prendas pensadas para usar y tirar son peores, lo que impide el reaprovechamiento. Al mezclar materiales, reciclarlos es también muy complicado. Además, la propia Europa ya purga la ropa buena para su propio mercado de segunda mano. Entonces, lo que llega al Sur es, en general, mucho peor y menos aprovechable. Muchas veces es, más bien, basura.
Así, acaba en vertederos masivos en el desierto de Atacama (Chile) o se convierte en una pesadilla difícilmente gestionable en África. El País hizo un experimento notable. Metió sistemas de traqueado en varias prendas que sus periodistas depositaron en 15 contenedores de recogida repartidos por toda España (gestionados por organismos diversos) y luego siguieron su viaje. Un año después, la mayoría de las prendas de su muestra estaban dando vueltas por el mundo o tiradas en vertederos. Unos pantalones viajaron por Italia, Abu Dhabi, India y Mozambique para llegar finalmente en Sudáfrica. La huella de carbono de todo este proceso (y que se sumaba a la que ya había generado su fabricación en China) es ingente.
Ghana es uno de los puntos calientes de esa segunda vida de la ropa usada. Kantamanto, en Accra, ha sido tradicionalmente uno de los puntos de recomercialización de la ropa, pero en los últimos años han cambiado los patrones. Según datos que facilita Ecoalf, el 40% de la ropa que llega a Kantamanto es de tan mala calidad que no puede ser ni vendida ni reciclada. Se convierte en basura que contamina los ecosistemas de Accra. De hecho, la playa se ha convertido en un escenario de pesadilla repleto de «tentáculos textiles». Cada semana, equipos de voluntarios locales intentan recuperar los desechos en una tarea digna de Sísifo, puesto que siguen llegando toneladas y toneladas de ropa a la ciudad. Como explica uno de estos voluntarios en un documental, no se trata solo de que no se pueda disfrutar de la playa como hacían una década atrás, sino que ya ni se puede pescar.
En 2024, la Textile Recycling Association británica alertaba de que estaban próximos al «inminente colapso del sector del reciclaje textil». Sus plantas de procesado ya no daban más. La gran cuestión es, por tanto, qué debería pasar para frenar esta situación. Las organizaciones ecologistas señalan que, en realidad, la única alternativa es un cambio de modelos de consumo. El comprar, vestir y tirar debería terminar, advierten, porque se basa en un sistema insostenible.
Algunos de los países que habían sido receptores de esos desechos textiles han dejado de hacerlo y han empezado a denunciar el «neocolonialismo textil» detrás del envío de toneladas de ropa. Las economías avanzadas generan cada vez más basura y deslocalizan la factura de gestionarlas. Uganda, Ruanda o Zimbabue son algunos de los países que ya no permiten en parte o totalmente importar ropa usada.
En Europa, se han puesto en marcha cambios normativos. Desde 2025, se debe fomentar el reciclaje (lo que explica que los contenedores sean cada vez más comunes). Y, a partir de este verano, la ropa no se podrá tirar de forma sistemática.
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