Sociedad

El arte de vivir más lento

En ‘El arte de vivir más lento’ (Alienta Editorial, 2024), José Mendiola y Ana González ofrecen alternativas para salir del ritmo de vida acelerado y aprender a vivir de forma más simple y consciente.

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08
julio
2024

Cuando uno pulsa el botón de reset en su vida —sí, todos tenemos un botón oculto que nos reinicia—, de pronto, comienza a replantearse todo. Y me refiero a replantearse absolutamente todo.

Nos hemos acostumbrado a apagar el despertador a las siete e ir al trabajo como autómatas, a pasar el día en la oficina y volver a casa con el tiempo justo para acostar a nuestros hijos, cenar e ir a la cama. Esta rutina es la que marca nuestro día a día y nadie se plantea nunca si exis­te otra vía.

Nos concentramos en hacer bien nuestro trabajo con el objetivo de no perderlo, porque de él depende toda nuestra estructura vital: la casa, las vacaciones, el coche… De hecho, es nuestro éxito laboral el que marca nuestra forma de vida: un millonario no conduce un Twingo, sino un Pors­che o un Maserati, como tampoco vive en un apartamento de un barrio humilde, sino en una villa rodeado de gente de su mismo nivel económico.

En realidad, la mayoría de la gente que logra hacer dinero y triunfar económicamente se ve atrapada en un nuevo engaño: el sistema le em­puja a seguir ganando más y más para no ser menos que sus vecinos. Nunca es suficiente. Así son las cosas, la plenitud laboral y vital se aplana en todos los niveles de renta porque cada uno vive en la medida de sus posibilidades.

La mayoría de la gente que logra hacer dinero y triunfar económicamente se ve atrapada en un nuevo engaño

Y sí, yo siempre he sido de los que ha envidiado puestos de trabajo más sencillos de los que corresponden a mi formación: observar a un operador de limpieza con una barredora por la plaza de mi barrio me cautiva. Esa persona termina con los pensamientos del trabajo en el mo­mento en el que termina su jornada laboral.

Yo —y la mayoría de los perfiles de gestión y oficina—, por el contra­rio, sigo trabajando más allá de mi jornada laboral atendiendo correos, mensajes o llamadas. Esto es, un perfil laboral inferior puede tener una calidad de vida muy superior pese a disponer de un nivel de renta más bajo. ¿Es esto normal? Estas reflexiones me llevaron a reconsiderar todo en esta nueva vida que comenzaba en ese momento y con un elemento determinante que lo cambiaría todo: mi tiempo libre sería el activo más importante.

Un buen amigo mío, Miguel, es directivo en una gran multinacional en Madrid. Bajo todos los prismas, es una persona de éxito. Un ejecutivo bien considerado, con un sueldo que ni en el mejor de mis sueños podría imaginar, y lo conocen en todos los foros de su sector. Sin embargo, este buen amigo asume el pago de un peaje que yo no estaba dispuesto a sacrificar: su tiempo.

Miguel sale de casa a las ocho de la mañana, dedica unos 45 minutos por trayecto en ir y volver del trabajo, y lo habitual es que llegue a casa sobre las diez y media de la noche. A diario.

Este ritmo de vida ha contemplado el nacimiento de sus dos hijos, a los que ve, de facto, los fines de semana, en los que está tan extenua­do que es incapaz de seguirles la conversación. Este buen amigo había hecho una transacción muy peligrosa: su tiempo vital a cambio de di­nero.

La gran paradoja es que estaba acumulando un dinero que no tenía tiempo de disfrutar. Más que millonario, era un esclavo de su dinero. Vi­vía en la mejor zona de la capital, sus hijos iban al colegio más prestigio­so y su coche costaba casi tres veces el mío. Sin embargo, en ese puzzle faltaba la pieza fundamental: tiempo libre para recuperar y compensar toda la dedicación vital. No hablamos sólo de los madrugones y llegar a casa de noche, sino de no disfrutar de sus hijos.

La otra cara de la moneda la encontraba también en mi grupo de amigos de la infancia. Javier decidió hace años salirse de la rigidez de los horarios, vendió su casa, abandonó su trabajo y se fue al monte. No es un eufemismo: con el dinero que obtuvo por la venta de su piso en el centro de la ciudad, adquirió un caserón perdido en el monte y lo convirtió no sólo en su vivienda, sino también en un alojamiento rural.

¿Quién era más feliz?

La «prueba del algodón» la tenemos cada año en las dos comidas en las que nos encontramos todos los amigos: los «millonarios» con puestos ejecutivos, y Javier, a quien cariñosamente llamamos «el perroflauta». Y puedo confirmar que la expresión del rostro es definitiva: Miguel siempre está tenso y pendiente del móvil, diría que el estrés diario va año a año minando sutilmente su salud, o al menos eso es lo que denota su cara. Javier, por el contrario, parece que va ganando la batalla del tiempo: moreno, sonriente, pero, sobre todo, relajado.

Uno ha vendido su tiempo al dinero, mientras que el otro ha decidido hacer de él su objetivo vital. La gran paradoja es que los dos —y tú y yo también, querido lector—, acabarán bajo tierra y todo lo acumulado en esta vida no valdrá ya para nada. ¿Quién está enfocando mejor su estrategia vital?


Este texto es un fragmento de ‘El arte de vivir más lento’ (Alienta Editorial, 2024), de José Mendiola y Ana González. 

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