Educación

La ‘cursillitis’ de los aprendices eternos

La mitad de los universitarios ya se lanza a sacarse un máster, frente a la minoría que lo hacía hace unos años. Los cursos extra se han convertido en casi un elemento obligado para encontrar trabajo.

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27
junio
2024

Cuando se está afrontando alguna aburrida tarea que mandaron desde el colegio para hacer en casa, se sueña con ese momento en el que se alcance la edad adulta, no se tengan deberes y no haya que estudiar nunca más. Cuando se cumplen años, por el contrario, se descubre que los deberes no se terminan con el último día de escuela. Siguen estando ahí porque, a pesar de todo, se seguirá estudiando.

¿Somos una suerte de aprendices eternos, siempre necesitando sumar conocimientos? Cursos de reciclaje, aprendizaje de nuevos idiomas, congresos para acceder a nuevas perspectivas… La lista de formaciones que se sigue recibiendo a lo largo de la vida adulta puede ser muy larga. ¿Estamos afectados de cursillitis o es, por el contrario, inevitable caer en este bucle?

En parte, los cursos son una manera de seguir accediendo a algo que genera un cierto placer, como es el conocimiento. Para muchas personas, aprender cosas nuevas supone un gozo y disfrutan estudiando, adquiriendo conocimientos. Por el puro placer de aprender, no pocas personas empiezan segundas carreras sobre áreas de esas que se dice que son «poco útiles» (al menos en términos de encontrar trabajo), siguen estudiando idiomas o se apuntan a clases de todo tipo, desde cestería hasta flauta.

Los cursos son una manera de seguir accediendo a algo que genera un cierto placer, como es el conocimiento

Pero más allá del placer de aprender, en la fiebre de los cursos entran también en juego otras cuestiones, como la inestabilidad económica y el mercado de trabajo. Los títulos se han ido convirtiendo a lo largo de este siglo en la palanca para acceder al mercado laboral, al menos a los puestos mejor remunerados. Si para quienes empezaban a estudiar en la universidad con el cambio de siglo la idea de estudiar un máster era casi una cuestión extra, para quienes lo hacen ahora es casi algo que dan por descontado. En 2013, el 22% de quienes se graduaban estudiaba un máster. Ahora, son ya el 42%. Según una investigación del sistema universitario catalán, entre quienes se han titulado con uno, se está cerca del pleno empleo.

Esta situación, sin embargo, tiene sus sombras; porque que el número de personas que apuestan por ello suba, no quiere decir que los másteres estén al alcance de todo el mundo. Un cálculo de mediados de la pasada década ya estimaba que los precios de sus matrículas se habían duplicado en algunas comunidades autónomas y, aunque no se hubiese llegado a esos extremos, sí se había producido una escalada en su coste generalizada.

Si la universidad y llegar a un nivel de grado es algo que se ha democratizado, lo mismo no puede decirse de sacarse un máster. Para no poca parte de la población requiere economías, deudas o simplemente renunciar a esa pasarela.

En cierto modo, el contexto de crisis de estas últimas décadas ha creado una cierta sensación de ver en la formación una red salvavidas potencial. Quienes entraron en el mercado de trabajo en el estallido de la crisis de 2008 no paraban de escuchar que tal o cual curso o que tal y cual conocimiento serían los que les garantizarían un trabajo. En un entorno precario, en el que la competencia aumenta, necesitaban diferenciarse, o eso les decían. Todas esas ideas han ido calando y ahora se han convertido en ya casi el elemento por descontado.

En 2013, el 22% de quienes se graduaban estudiaba un máster. Ahora, son ya el 42%

Solo hay que pensar en qué ha ocurrido con los idiomas. Si a finales de los 90 hablar inglés era ya un extra valioso, ahora es un mínimo común denominador.

Igualmente, los análisis no paran de repetir que el reciclaje y la adquisición de nuevos conocimientos es fundamental para seguir el ritmo de los cambios del mercado laboral. En este momento, en el que se cruzan tanto la transición verde como la digital en el universo del trabajo, adquirir nuevos conocimientos puede ser la única manera de asegurarse de no quedarse fuera. La cursillitis tiene, así, un matiz muy distinto. No se trata tanto de engordar el curriculum como de asegurarse seguir estando ahí.

Con todo, y a pesar del afán por ese estudio constante, España presenta una situación paradójica. Es un país donde ahora hay muchos jóvenes titulados universitarios –en comparación con las décadas previas– y en el que muchas personas están demasiado formadas para los puestos que ocupan, pero también uno en el que hay un elevado abandono escolar.

Un 48,7% de quienes tienen entre 25 y 34 años cuenta con una titulación superior, un porcentaje ligeramente superior a la media de la OCDE y de la UE. El 27,7% de los jóvenes solo tiene la ESO, muy lejos del 14,1% de la media de la OCDE y del 11,8% de la Unión Europea. Aunque las cifras de quienes solo tienen formación básica son mejores ahora que en el pasado, siguen siendo muy elevadas, tanto que los expertos en educación creen que debería enfocarse mejor la FP de grado medio.

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