Opinión

Educación y universidad: pesares y esperanza

El bien común de la educación es una responsabilidad nuclear que deberíamos ser capaces de convertir en una respuesta global: solo desde el conocimiento nos hacemos más justos y más libres.

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25
Mar
2021
Fotograma de ‘El club de los poetas muertos’

Consciente de que, si es sincera, la reflexión –en soledad o en compañía– aviva las fuerzas del espíritu y nos hace mejores, tras la reclusión me puse a la tarea (*). Nuestra época, como todas, se retrata y se refleja en las personas que la vivimos y padecemos, aunque solo algunos la disfruten. La ventaja es que en tiempos difíciles (con el añadido de una gravísima pandemia y de crisis perennes) la propia dificultad se convierte en algo natural y cotidiano que, en general, debería fortalecernos, pero «la sociedad ha cambiado muy poquito. Estamos repitiendo los viejos errores y obsesiones», afirma Adela Cortina. Es obvio que la pandemia y las crisis nos han enseñado mucho, pero hemos aprendido muy poco.

Pensando en el común, en las permanentes citas electorales, en estos tiempos de coronavirus, incertidumbre y mentiras, los primeros que deberían ponerse a la tarea de ser austeros y ejemplares son los dirigentes políticos, las empresas y las instituciones, las administraciones públicas. Austeridad es, sobre todo, sobriedad, sencillez, ausencia de adornos y trabajo sin alardes, estilo olivar (dando frutos sin hacer ostentación de flores), huyendo de falsas promesas y de mentiras, y liquidando estructuras, asesores y organismos innecesarios e inoperantes. Pero no ha sido así, y no es así. Por razones que nunca se entienden, aquí todo el mundo, además de medrar, quiere aparentar; muchos dirigentes, equivocadamente y no importa como, pelean por ser siempre los primeros, los más listos y ocurrentes; y aparecer en los papeles, redes fecales, radios o televisiones como protagonistas principales.

«Los políticos parecen olvidar que una ley, por sí sola, no soluciona casi nunca nada»

Nuestros mandamases –que se faltan y nos faltan al respeto diariamente– se han olvidado de practicar la honestidad intelectual y de aprender algunas máximas: que para progresar hay que ponerse en cuestión todos los días, como nos enseñó Ortega; o esforzarse por cumplir, según la famosa formula de Kant, con los tres principios del progreso: cultivarse, civilizarse y moralizarse. Es cierto, como escribió Platón, que solo existe una forma de virtud y muchas de vicio, y eso lo apreciamos cada día en cualquier ámbito de nuestras vidas. Lo hemos dicho muchas veces: el secreto y la solución a gran parte de nuestros males está en la sabiduría, el saber y el conocimiento, es decir, en la Educación, lo menos material que existe, pero lo que mas debería importar a las personas y a la sociedad, también a los que nos dirigen. La Educación es nuestra fuerza espiritual y «no podemos permitir que se convierta en un privilegio», como predicaba Ernesto Sábato.

La Educación constituye –lo dice Nuccio Ordine–«el líquido amniótico ideal» en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, igualdad, ciudadanía, derecho a la crítica, solidaridad, tolerancia y bien común (que no es público ni tampoco privado) pueden experimentar un vigoroso desarrollo. Ese bien común llamado Educación es una responsabilidad nuclear que importa a toda la tribu y, por tanto, deberíamos ser capaces de convertirlo en un objetivo estratégico, en una respuesta global e inteligente, en este mundo digital: solo desde la cultura y el conocimiento nos hacemos más justos, más libres, más humanos, más sabios, más demócratas y, a la postre, también mejores profesionales. No estamos hablando de formación o instrucción, sino de Educación, de auténticos valores humanos y de convivencia social y empresarial.

«La investigación es el gran capítulo pendiente en la colaboración entre lo público y lo privado»

Ese debería ser el horizonte, y no la empecinada manía de que cada gobierno apruebe una ley de educación solo con sus votos y los de sus adláteres, olvidando el necesario consenso para algo tan valioso como educar. Los políticos parecen olvidar que una ley, por sí sola, no soluciona casi nunca nada; si acaso apunta la solución del problema y es en eso, en la solución, en lo que deberíamos estar todos de acuerdo. Hay casi noventa universidades en España y es responsabilidad de sus claustros (además de actualizar su gobernanza, conseguir financiación y olvidarse de la endogamia) que esos centros del saber persigan la excelencia en sus cometidos genuinos –transferir conocimiento, enseñar e investigar–, pero también que se afanen para ser conciencia ética, crítica y social de toda la ciudadanía. La Universidad tendría que inyectar principios en el ADN de sus estudiantes, ser ejemplar y contagiar valores. «La Universidad tiene que echarse a la calle para compenetrarse con el pueblo y vivir con él», como pedía Unamuno hace cien años, atisbando ese divorcio entre Universidad, Empresa y Sociedad del que cada día nos quejamos y nos arrepentimos con un engañoso propósito de enmienda.

Es absolutamente necesario, y en eso nos jugamos el futuro, que colegios, institutos, universidades y empresas se acerquen y sean capaces de desarrollar proyectos en común. Existe un ámbito clave en la necesaria colaboración de la universidad con la empresa: la investigación, que va más allá de la formación y, a la larga, tiene un impacto mayor en la sociedad. La investigación es el gran capítulo pendiente en la colaboración entre lo público y lo privado, tanto por culpa de las empresas como de la Administración. Pero la gran revolución tiene que hacerse en los colegios, en la enseñanza primaria y, sobre todo, en la secundaria. No sé si la solución pueden ser las Comunidades de Aprendizaje, pero colegios, escuelas, institutos y centros de Formación Profesional tienen que ser las atarazanas donde eduquemos a las personas, hombres y mujeres, para hacer muchas cosas y ostentar autoridad al final de ese camino formador que nunca se agota: gobernar, liderar empresas e instituciones, administrar justicia, ser referentes de opinión, desarrollar la ciencia, escribir, abrazar las artes y, en definitiva, contribuir al progreso y construir un mundo mejor.

«Estamos en tiempo de consumir ilusiones y regar esperanzas»

Afortunadamente, hoy muchos educadores apuestan –no sin esfuerzo y con escasos recursos– por formar personas con criterio, sensibilidad y convicciones. Es decir, con principios. Ese es el desafío: formar a los jóvenes para que sean capaces de traducir su saber –nos lo enseñó Montaigne– en un constante ejercicio crítico porque, como ha escrito el profesor Ordine, «en el aula de un instituto o de un centro universitario, un estudiante todavía puede aprender que con el dinero se compra todo (incluyendo parlamentarios y juicios, poder y éxito) pero no el conocimiento: porque el saber es el fruto de una fatigosa conquista y de un esfuerzo individual que nadie puede realizar en nuestro lugar». Los valores, sobre todo, se contagian como el ejemplo, que tiene un enorme valor pedagógico. No deberíamos olvidar que la buena escuela no la hacen las tablets, sino los buenos profesores, y en ellos (y en su formación) debemos ser muy generosos, porque los países ricos lo son gracias a que supieron invertir en Educación. Otras naciones, con dirigentes más miopes y torpes, esperamos equivocadamente a ser ricos para destinar recursos a la Educación…

Estamos en tiempo de consumir ilusiones y regar esperanzas porque muchos (sobre todo los políticos) confunden lo que piensan –que no dicen– con lo que se les ocurre, que van y lo cuentan, creando incertidumbre y desasosiego en la ciudadanía. Liderar es educar, ese es el gran desafío para la Universidad transformadora que necesita la sociedad. Hegel nos enseñó que nada grande se ha hecho sin pasión, pero me temo que –a pesar de la leyenda– de ese sentimiento o emoción andamos todavía escasos.


(*) El 19 de febrero de 2021 me convertí en un número: fui una de las 11.435 personas que ese día dieron positivo por coronavirus, engrosando así la cifra de más de tres millones cien mil contagiados por covid-19 a esa fecha en España. Los médicos dijeron que era necesario un tiempo de confinamiento, paciencia, medicación, descanso y, aprovechando la reclusión, decidí que, como la galbana (pereza pandémica) no me ayudaba a escribir, también podrían ser jornadas para meditar, leer y seguir aprendiendo. Afortunadamente la cosa no fue a mayores y un mes después puedo decir que estoy con anticuerpos y felizmente curado. Laus Deo.

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