Opinión

Hay una carta para ti

El nuevo rumbo de la política ha tomado unos derroteros muy peligrosos en los que ingenieros del caos y gobernantes le están cogiendo el gusto a nadar en la mentira. En manos de nosotros, los periodistas, está apartar la capa de mugre.

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14
junio
2024

Anda el exdirector de un gigante como The Washington Post presentando su libro en España. Algo sabrá de presiones Martin Baron, que ha dirigido tres cabeceras que aglutinan casi una veintena de premios Pulitzer, que dejó cocer a fuego lento la exclusiva que destapó los abusos de la todopoderosa Iglesia de Massachusetts, que tuvo que recomponer los textos de un asesinado y descuartizado Khashoggi y soportar la ira de un presidente Trump desencadenado. Algo sabrá Baron, digo, de descolgar llamadas iracundas de pomposos despachos y de amenazas de poderosos.

Está haciendo tournée para promocionar sus memorias que son, en realidad, las memorias de los estadounidenses en este último medio siglo y las viscisitudes de un periodismo al que el poder y la transformación digital han puesto frente al espejo.

No puede resultar más oportuna esta visita. Ya tenemos años y escándalos suficientes para saber a estas alturas que en todas casas cuecen habas, pero causa un poco de alipori sentarse frente a quien defiende, como Sebastian Junger, que un periodista es aquel que está dispuesto a destruir con los hechos sus propias opiniones. Cómo explicarle a Baron que en España hemos hecho el tránsito contrario, que ya cuesta mucho distinguir una crónica política del argumentario de partido, que encontrar un mínimo cuestionamiento al gobernante es más complicado que buscar una lentilla en el cruce de Shibuya. Que eso que predica él de que nuestra misión como periodistas es «poner al descubierto las irregularidades y las vilezas de los poderosos» funciona únicamente con el político opuesto. Porque, hay que decirlo, en los medios de comunicación españoles ahora se está en un equipo o en otro. Que, si uno es tan osado de hacer su trabajo, mantener el espíritu crítico y sacar a relucir las contradicciones, suena el teléfono, se te señala públicamente en alguna web (fotografía incluida), desde la tribuna misma del Congreso, o el ministro de turno te bloquea en redes sociales. O todas las anteriores.

Las noticias falsas que alimentan teorías de la conspiración generan más tráfico que las verdades

Al poder le molesta el periodismo. Eso no es nuevo. No hay partido político que respete realmente la libertad de expresión y, sobre todo, de prensa. En su último informe, Reporteros sin Fronteras situaba a España en el puesto 30 en libertad de prensa. Resistimos, pero no nos libramos de la presión política que está, según esta organización, «erosionando la independencia y la pluralidad del periodismo». Ocurre cuando la publicidad institucional resulta un caramelo muy jugoso para mantener unos medios de comunicación sacudidos por las todopoderosas redes.

Dice Fernando Jáuregui que las opiniones son libres, pero los hechos sagrados. Y que el periodismo estorba cuando no entiende de favores prestados, que «el independiente es un ser molesto, que recuerda lo que dicen las hemerotecas, que piensa que es noticia solo aquello que alguien no quiere que se publique, y que lo demás es publicidad». En estos momentos en los que nuestros gobernantes prefieren manifestarse por carta o ventilar cuestiones a golpe de tuit que en una rueda de prensa parece el momento idóneo para reivindicar, de nuevo, el papel del periodista. Más ahora con el pseudoperiodismo que amenaza, no solo al gremio, sino a todos los ciudadanos como consumidores de información (o lo que parece serlo).

¿A quiénes benefician las campañas de bulos?

Giuliano da Empoli, que fue asesor político del primer ministro italiano Matteo Renzi, los bautiza como «ingenieros del caos», especialistas de esa nueva propaganda que se alimenta de emociones negativas porque aseguran mayor participación en las nuevas plataformas, ya sean blogs, cuentas del antiguo Twitter o páginas webs. Las noticias falsas que alimentan teorías de la conspiración generan más tráfico que las verdades. Ese es el verdadero filón de los movimientos populistas. De ahí que esos spin doctors del caos entiendan el malestar como un recurso político formidable para orientarlo a sus propósitos. Como dice Da Empoli, la política ahora es centrífuga porque no busca unir a los votantes en un mínimo común denominador, sino exacerbar las pasiones de tantos grupos como sea posible. Ahí están las redes sociales para convertirse en el cable perfecto que cumpla con dicha misión. Para el populista italiano Grillo y su gurú del caos particular, Gianroberto Casaleggio, internet era un instrumento de control, fuente inagotable de infinidad de datos que usar con fines políticos. El vector perfecto para su revolución.

Las elecciones europeas que acabamos de celebrar apuntalan esta tendencia. Con los homenajes aún recientes por el aniversario del Día D, los partidos de ultraderecha han salido reforzados en países como Alemania o Francia. En España, aunque los dos grandes partidos consiguen aglutinar más del 60% de los votos, ha irrumpido con fuerza un fenómeno que parecía marginal y circunscrito al abismo de las redes sociales. El boom de Alvise Pérez ha pasado de ser una aparente frikada residual a una realidad en el Europarlamento. Su discurso inflamado situado en el extremo del populismo extremo ha movilizado a casi ochocientos mil españoles. No ha necesitado ni un mitin en una plaza de toros ni un segundo de debate en televisión para arañar prácticamente el mismo resultado que uno de los partidos del gobierno de coalición, Sumar. Con quedadas a lo youtuber con sus fans, su campaña se ha movido exclusivamente en agujeros como Telegram o Instagram, y vaya si ha funcionado. Su penetración entre el electorado más joven es brutal. No tiene programa político, tampoco lo necesita. Sus argumentos de cuñado en barra de bar han calado lo suficiente para unas europeas. Veremos si cuando se baje al ruedo de unas nacionales se le acaba la fiesta o el sarao no ha hecho más que empezar, pero el nuevo rumbo de la política ha tomado unos derroteros muy peligrosos en los que ingenieros del caos y gobernantes le están cogiendo el gusto a nadar en la mentira.

En manos de nosotros, los periodistas, está apartar la capa de mugre –pese a la ofensiva que viene y vendrá– o seguir chapoteando en el lodazal como cerdos en una buena charca.

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