Sociedad

«La población no está dispuesta a pagar lo que cuesta generar la información de calidad»

Fotografía original

Luz Ceballos
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19
junio
2024

Fotografía original

Luz Ceballos

Pedro Silverio (Madrid, 1977) estudió Periodismo, pero la vida le acabó llevando por los caminos de la filosofía. Tras una dilatada carrera en medios, nos encontramos con él con ocasión de la presentación de su primer libro, ‘La muerte de la verdad en democracia: cómo las elecciones nos trajeron la posverdad’ (Villa de Indianos, 2024), para hablar sobre democracia, libertades y degradaciones.


En el libro, afirmas que el único elemento de la democracia que ha pervivido a través de los siglos ha sido la participación de los gobernados. Hoy en día votamos universalmente, sí, pero ¿realmente participamos en la democracia, en el poder?

Es cierto que el voto puede parecer una participación mínima en una sociedad que es mucho más activa políticamente con respecto a lo que era décadas atrás, pero no deja de ser una forma de participación. ¿Que hay otras formas de mejorar esa participación? Claro, muchísimas, como los presupuestos participativos, los intentos de constitución popular, los referéndum… Pero desde luego, participamos. Lo que demanda la sociedad de ahora, y yo creo que es una de las formas de mejorar la democracia, es aumentar esa participación. La votación cada cuatro años se queda coja y el bastante incompleta.

«Hemos perdido una ‘libertad’ para ganar unos derechos fundamentales»

Ahí es donde entra también en juego la libertad de expresión y la capacidad de que los gobernantes nos escuchen. Hay quien dice que en la Transición había más libertad que ahora. ¿Crees que tenemos los medios para expresar nuestra libertad? Y esos medios, ¿son efectivos o solo dan al ciudadano la ilusión de que tiene voz y voto?

Decir que en los 80 había más libertad en España es una de las mayores falacias que hay. Quien lo dice es gente que ha visto restringida su libertad, sí, pero para insultar y menospreciar a colectivos como la población LGTBI, racializada, a las mujeres… Ahora hay una sensibilidad que no permite que se hagan comentarios así, eso es lo único que sucede. Hemos perdido una «libertad» para ganar unos derechos fundamentales. En cuanto a la efectividad, puede haber formas mejores, pero desde luego tenemos medios para hacer sentir nuestro malestar: por ejemplo, antes del 15M los desahucios estaban a la orden del día, y a partir de esa presión popular se empezó a regularizar el tema, y como ese otros tantos. Fue un toque de atención a los gobiernos. Un político no te va a oír por contestarle un tuit en una red social, pero no se trata de eso: como colectivo sí tenemos la capacidad. La sociedad civil cada vez está más organizada a través de sindicatos y ONG que consiguen llevar su altavoz y canalizar esas demandas de la sociedad que antes estaban organizadas. Esto también supone un problema que es totalmente contemporáneo: una disparidad de voces que hace difícil escoger qué demanda hay que escuchar.

¿Crees que los ciudadanos nos preocupamos por reclamar nuestra libertad de expresión? Pienso en la idea del hombre-masa de Ortega y Gasset.

Hay parte de la ciudadanía que es muy consciente de la necesidad de ejercer esa libertad y otra parte de la sociedad que permanece más aletargada. Lo vemos ahora con la guerra en Palestina: para un sector de la población es una cuestión prioritaria, mientras que para otra gente es una cuestión crónica que les parece irresoluble. Es cuestión de cada uno. Depende del tema, aunque es cierto que hay veces que se consigue una concienciación multitudinaria como sucedió con el feminismo. Era un tema muy de nicho para un sector de la población femenina, se pensaba que eran cosas «de chicas», y de repente en 2018 hubo una huelga enorme en la que la mitad de la población puso el acento sobre ese asunto.

¿Qué papel tienen las redes sociales en todo esto? ¿Son una cámara de eco para la expresión, incluido el insulto, o una herramienta valiosa?

Siempre he sido muy escéptico con el papel de las redes sociales. Cuando surgieron se planteó la idea del ágora virtual con conversación civilizada y, aunque a lo mejor al principio era así, luego se ha demostrado que, por culpa de los algoritmos, son cajas de resonancia que solamente nos sirven para reafirmar nuestras identidades. No queremos conversar en ellas. ¡Recuerda a los cómics de Astérix y Obélix, cuando el herrero se peleaba con el pescadero sin motivo aparente! Las redes sociales terminan generando una avalancha de opiniones en las que se producen discusiones sin diálogo pregunta-respuesta, habitualmente con un tono agresivo.

«[Las redes sociales] son cajas de resonancia que solamente nos sirven para reafirmar nuestras identidades»

Vivimos en tiempos convulsos para el periodismo, con los bulos y las fake news a la orden del día. En tu libro, afirmas que «los periodistas son necesarios siempre y cuando no olviden cuál es exactamente su función y cómo deben llevarla a cabo». Hablas luego de degradación del oficio. ¿A qué te refieres?

En muchos casos a la elaboración de informaciones y piezas al peso. No se busca la calidad ni se eligen los temas con un criterio de relevancia, sino simplemente buscando qué le gusta más a la audiencia. Se busca producir muchas piezas sobre lo que sabemos que gusta, además de utilizar tácticas de confusión, como los titulares clickbait. Estos titulares lo que están haciendo es mentir, generar una noticia donde no la hay. A eso se le añade la precarización del oficio periodístico, con condiciones laborales paupérrimas, que nos lleva además a no cuidar el producto: si no cuidas a los profesionales, el resultado, el producto, pierde calidad e interés. No se trata tampoco de conseguir todo el rato piezas elaboradísimas o exclusivas como Watergate, pero sí deberíamos buscar crear piezas periodísticas que cuenten historias humanas con trascendencia y relevancia, que denuncien, que pongan en el centro cuestiones de importancia social.

¿Y de qué sirven las noticias falsas?

Son un magnífico ejemplo de cómo se puede dirigir la opinión pública y la conversación mediática. Por ejemplo, el problema de la vivienda y los okupas. El problema de la vivienda real no son los okupas, sino el difícil acceso a la vivienda que tienen los jóvenes y el resto de la población. Con las noticias falsas sobre el presunto aumento de casos de okupas evitas la conversación sobre por qué la vivienda debería ser un derecho, sobre por qué tenemos que pagar tanto a los bancos por acceder a ella, y haces que el discurso se centre en que te van a quitar la vivienda, cuando el porcentaje de primeras viviendas okupadas en España es bajísimo. Hay más probabilidad estadística de que te veas abocado a un desahucio que de que te okupen la casa.

«No se busca la calidad ni se eligen los temas con un criterio de relevancia, sino simplemente buscando qué le gusta más a la audiencia»

¿Qué consecuencias tiene la concentración de los medios de comunicación en grandes conglomerados mediáticos?

La principal consecuencia es que los medios han dejado de ser plataformas de información para pasar a ser medios de comunicación y entretenimiento. El periódico o emisora que en su día era propiedad de una familia en una ciudad de provincias y que ordenaba la vida pública de la comarca se termina integrando en un grupo multimedia en el que se empiezan a aplicar sinergias, y la información y el espacio dedicados a la comarca se reducen. Antes podías tener capacidad para enfrentarte al empresario o al poder local a través de la prensa y ahora, como formas parte de un gran engranaje, eliminas parte de la información que antes dabas, y simplemente te dedicas a las cuestiones que no te van a generar conflictos o que van a generar solamente los conflictos que le interesen a la gran empresa. Ya no es una decisión tomada en el seno de esa pequeña comunidad, sino que obedece a intereses mayores.

¿Crees que la independencia económica de los medios de comunicación redundaría en un mayor pluralismo y, por tanto, en una mayor libertad de expresión?

Soy muy pesimista con ese tema. La independencia económica se consigue con productos muy de nicho, y la información no forma parte del interés general. La población no está dispuesta a pagar lo que cuesta generar la información de calidad. Al final, la información con lo que compite es con el entretenimiento. Consumimos titulares porque ya no hay paciencia ni hábito para profundizar en determinados temas, y solo una pequeña parte de la población está dispuesta a asumir el coste de la información real.

«Consumimos titulares porque ya no hay paciencia ni hábito para profundizar en determinados temas»

Por otro lado, ¿crees en la existencia de la autocensura en el periodismo político? Es decir, cuando un periodista evita decir ciertas cosas que contradigan la ideología a la que se adscribe el medio en que trabaja.

Sí, existe, pero tampoco tenemos que decir que esa autocensura sea mala: no es ni mala ni buena, es inevitable. Todos tenemos nuestros intereses y nuestros valores y eso al final influye, porque la información la vamos a relatar desde nuestro prisma. Como sociedad asumimos que los medios son objetivos, independientes y que su palabra es ley, pero no es así: el observador influye. Los medios están hechos por personas que tienen intereses inevitables y legítimos. No podemos pretender que quienes hacen los medios sean autómatas.

Se habla mucho últimamente de lawfare. ¿Son acusaciones fundadas? ¿Existe el lawfare realmente?

Creo que sí existe. Igual que no podemos pretender que los periodistas sean imparciales, no podemos pensar que los jueces son del todo imparciales: ellos también votan y tienen sus valores. Hemos creado la ficción de que no se pueden cuestionar una serie de poderes del Estado porque eso sería poner en peligro la convivencia: no se puede hablar mal del Ejército, de los jueces, de la Policía… Es un lugar común que los políticos son todos unos sinvergüenzas, que todos los periodistas son unos vendidos, pero no puedes decir que la judicatura se equivoca y mucho menos que se equivoca a veces de forma intencionada. Tienen que ser casos muy concretos, de otra manera no está aceptado decirlo. Claro que hay decisiones judiciales sospechosas que indican que hay lawfare, pero no ahora, sino desde hace muchas décadas.

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