Salud

Primates al este del Edén

«Somos primates cabezones», afirma el biólogo y catedrático de Fisiología Animal Juan Ignacio Pérez Iglesias en su libro ‘Primates al este del Edén. El organismo humano a la luz de su evolución’ (Crítica, 2023). Pero, ¿para qué sirve un encéfalo tan grande y caro?

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
27
diciembre
2023

Andamos sobre los pies, nuestra piel tiene una apariencia de desnudez casi total, podemos llegar a sudar de forma muy copiosa y, también, tenemos un encéfalo desproporcionadamente grande. Unos más que otros, por supuesto, pero somos primates cabezones. Y eso que los primates, de suyo y en general, son de testas prominentes. Asociamos ese mayor tamaño encefálico con capacidades cognitivas superlativas. Es el rasgo de nuestra anatomía que esgrimimos con mayor frecuencia para colocarnos a nosotros mismos en el pináculo de la evolución. De hecho, siempre acabamos recurriendo a nuestras grandes, magníficas cabezas a la hora de justificar la elevada opinión que tenemos de la especie humana. Y hasta Woody Allen afirma que es su segundo órgano favorito.

No se trata solo de que, efectivamente, un encéfalo tan grande sirva para desarrollar y desplegar capacidades cognitivas especialmente sofisticadas. Es que, además, ese extraordinario desarrollo ha condicionado numerosos e importantes rasgos de nuestra especie.

[…]

El punto de vista clásico vincula el tamaño encefálico grande a desafíos ecológicos, flexibilidad de comportamiento, innovación y capacidades de aprendizaje social. Una mejor cognición habría permitido un mejor desempeño en un entorno ambiental con diversidad de formaciones vegetales —en mosaico— y, sobre todo, muy cambiante.

El conocimiento de los lugares y la época en que encontrar ciertos frutos —que son efímeros y se distribuyen de forma más irregular que las hierbas y hojas—, de las técnicas para acceder y extraer ciertos alimentos que no están disponibles de forma fácil e inmediata, de la gestión de la secuencia de actividades en el curso estacional o de los hábitos de depredadores potenciales, por poner solo unos ejemplos, son parte de un conocimiento ecológico de importancia crítica, sobre todo en periodos de especial escasez.

En este marco de respuesta al desafío ambiental, algunos investigadores han propuesto que la selección natural ha favorecido los cambios en el encéfalo de los primates que mejoran la flexibilidad de comportamiento y capacitan a sus dueños para inventar soluciones apropiadas para problemas nuevos y para aprender nuevos comportamientos de los miembros de la propia especie.

La selección natural ha favorecido los cambios en el encéfalo de los primates que mejoran la flexibilidad de comportamiento

Los beneficios que se derivan del aprendizaje y la innovación habrían generado las presiones selectivas que favorecieron la expansión y el desarrollo de las partes del encéfalo vinculadas al aprendizaje, la planificación y la flexibilidad de comportamiento. La capacidad para innovar y para aprender de otros pudieron, en definitiva, mejorar la habilidad para hacer frente a los retos ecológicos.

El otro punto de vista tiene su origen en la década de los ochenta del siglo pasado, pero ha sido promovido, especialmente, por Robin Dunbar. Se puede denominar como la «hipótesis del cerebro social», aunque ha recibido otras denominaciones y ha tenido diferentes versiones. En esencia, lo que proponen sus defensores es que en los primates el sistema social tiene más importancia que en ningún otro orden o grupo de mamíferos, y que la «navegación» o desempeño dentro del grupo social conlleva necesidades cognitivas muy exigentes. En el seno del grupo los animales compiten por el alimento, la pareja reproductiva, los compañeros de acicalamiento y otros recursos valiosos.

La vida en el interior de esas sociedades conlleva prácticas tales como el engaño táctico, por ejemplo, cuya gestión desde el punto de vista cognitivo es muy compleja. También forman vínculos que influyen en su participación en coaliciones, redes de intercambio, acceso a recursos y demás. Cuanto mayor es un grupo, más difícil resulta mantener vínculos sociales y registrar la secuencia de relaciones en su seno. La habilidad para operar de manera efectiva en este mundo social complicado puede recompensar una mayor flexibilidad en el comportamiento y favorecer la expansión de las partes del encéfalo vinculadas al aprendizaje y la planificación.

No está claro si los retos ecológicos o los sociales fueron los factores primarios que favorecieron la evolución de grandes encéfalos en el orden al que pertenecemos. Además, esas dos familias de hipótesis no son mutuamente excluyentes. Los primates pueden haber obtenido beneficios tanto de haber sido capaces de hacer frente de forma más efectiva a los retos sociales como de haber sido capaces de dominar retos ecológicos. Alternativamente, las capacidades cognitivas que evolucionaron para uno de los propósitos pueden ser aplicadas en los otros contextos. El debate entre los defensores de unas y otras hipótesis sigue abierto.

Cuando se ha evaluado el efecto que pudieron tener las condiciones ambientales del pasado sobre los hitos más sobresalientes de desarrollo encefálico en los representantes del linaje humano no se han alcanzado conclusiones firmes. No parece que haya una relación clara entre el tamaño del encéfalo y el paleoclima y, de haberla, no es una relación directa. Lo más probable es que la encefalización progresiva haya obedecido a varios factores. El medio ambiente probablemente jugó un papel, ya como una presión directa o por haber obligado a los homininos a modificar su comportamiento haciendo uso de hábitats periféricos y más peligrosos, vivir en grupos más grandes o utilizar recursos novedosos.

Sin embargo, las variables climáticas no pueden explicar por sí solas ese proceso. Desafortunadamente, hoy no hay forma de conocer la estructura o complejidad de los grupos sociales a partir del registro arqueológico, de manera que no es posible evaluar una posible relación longitudinal entre desarrollo encefálico, por un lado, y tamaño y estructura social por el otro.


Este texto es un fragmento del libro ‘Primates al este del Edén. El organismo humano a la luz de su evolución’ (Crítica, 2023), de Juan Ignacio Pérez Iglesias.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

El cerebro del futuro

Facundo Manes

Describir los desarrollos científicos revela lo que los investigadores realizan en sus laboratorios de forma silenciosa.

La nueva desinformación

Ignacio Jiménez Soler

Hoy más que nunca hay que estar bien alerta. Y cuando de estar alerta se trata, la capacidad de atención es crítica.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME