Opinión

Elogio de Irene Montero

«La gestión de Irene Montero al frente del ministerio fue deficiente en muchos sentidos», escribe Víctor Lapuente. Pero, por eso, dice el columnista, «porque hay elementos objetivamente negativos en su paso por el ministerio, toca también valorar sus méritos».

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07
diciembre
2023

Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un liberal español vote al PP. En principio, los liberales parecen destinados al PP, como los adinerados al Reino de los cielos. Pero, en la práctica, no es así, o no es tan así como pudiera ser. Si les preguntas a muchas personas liberales a quién prefieren para tomar una caña, posiblemente elegirían a alguien del PP, pero luego votan al PSOE o a Sumar.

Hay algo en el liberalismo político español que ahuyenta a los liberales. Y ese algo explica en parte que, ante la duda, mucho votante liberal de centro se incline por el bloque de izquierdas. Y que, por mucho que incomoden, declaraciones como las que hizo durante su tiempo como ministra Irene Montero resulten más cercanas (gusten o no) para la población que las de políticos y políticas de derechas.

La disonancia entre mentalidad liberal y voto a partidos de centro-derecha es menos frecuente en otros países, donde los profesionales liberales optan masivamente por partidos de derechas. Pero algo en el PP los expulsa. Y ya no puede achacarse a que es un partido que va del centro a la extrema derecha. No, los elementos más conservadores (o reaccionarios) del PP se han pasado a Vox, con lo que el PP debería ser el receptáculo del voto liberal, más aún tras la debacle de Ciudadanos.

Tampoco la causa puede ser, como suele argumentarse, la carencia de un auténtico pensamiento liberal en España – motivo que, por cierto, se podría aplicar a cualquier país con la excepción de EEUU, Reino Unido y, parcialmente, Francia, porque tampoco ha habido grandes pioneros del pensamiento liberal en tantos otros lugares –. No creo que no se haya leído a Hayek o Friedman lo suficiente en nuestro país, sino más bien lo opuesto. Quizá los hemos leído demasiado. Creo que, entre ciertas élites políticas e intelectuales de España no hay poca, sino excesiva fe en la capacidad desabrida del individuo.

¿Cuántas personas no se han replanteado sus actitudes hacia el otro sexo a raíz de sus «polémicas»?

Nuestros liberales patrios creen en el mantra neoliberal de Occidente – el gobierno es el problema, no la solución – pero sin la contrapartida anglosajona o germánica – el respeto a la comunidad –. Y de ahí derivan algunas icónicas declaraciones de políticos populares, como el «¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber? Déjame que las beba tranquilo» de Aznar, frente a las restricciones del nivel de alcoholemia al volante; o el «¿De verdad van diciendo ustedes «sí, sí, sí» hasta el final?» de Álvarez de Toledo frente al consentimiento sexual. Fijémonos que, en el momento de ser manifestadas, estas declaraciones fueron recibidas con mucha simpatía en sectores importantes de la población. Pero, al poco tiempo, cayeron en el olvido y hoy no son reivindicadas ni por los seguidores más acérrimos de estos políticos. Han envejecido mal.

Al contrario, las declaraciones de Irene Montero han sido antipáticas, incómodas (sobre todo, para los hombres), desagradables incluso, pero, por lo general, envejecen mejor. Aun estando en desacuerdo con muchas de ellas, uno debe admitir que han encajado mejor con la preocupación latente de la ciudadanía respecto a los problemas de violencia sexual.

La gestión de Irene Montero al frente del ministerio fue deficiente en muchos sentidos. Las rebajas de penas a agresores sexuales por la Ley del Solo Sí es Sí son lamentables, y la negativa de Igualdad a rectificar todavía más. Montero debería haber dimitido. Pero, precisamente por eso, porque hay elementos objetivamente negativos en su paso por el ministerio, toca también valorar sus méritos.

A diferencia de sus fallos cuantificables, las ventajas de la discusión sobre el consentimiento sexual que Montero puso sobre la mesa son incontables. Pero están ahí, en los miles de conversaciones que, aunque sea para puntualizar a Podemos, aunque sea para discrepar con Montero, padres y madres en todo el país han tenido con sus hijos e hijas sobre qué es aceptable y qué no. ¿Hubiera reaccionado España con idéntica contundencia frente a Rubiales sin Montero y otras líderes moradas? ¿Cuántas personas no se han replanteado sus actitudes hacia el otro sexo a raíz de sus «polémicas»?

Montero debería haberse irse ido por sus acciones, pero nosotros debemos darle las gracias por sus palabras. Estuviéramos de acuerdo o no.

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