Cultura

Kant, el hombre que tuvo razón

En la obra del filósofo alemán, la razón ilustrada atraviesa las páginas con la facilidad de una daga. Más de dos siglos después, Kant sobrevive. Y lo hace a través de sus libros, pero sobre todo a través de algo más importante: la forma en que pensamos.

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04
octubre
2023

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El proyecto ilustrado no es una reliquia caduca ni el vestigio de un propósito extinguido. Al contrario: puede que ahora más que nunca se haga necesario repensar sus consecuencias de una manera más heterodoxa, con mayor rigor y entusiasmo. El siglo XVIII fue conocido como Siglo de las Luces no por casualidad, sino por la voluntad de un ramillete de pensadores de acabar con toda superstición para que el hombre se rigiera a sí mismo haciendo uso de la razón. Descartes, Voltaire, Rousseau, Locke, Hume, Diderot, Herschel, Montesquieu o Bacon son algunos de sus representantes. Y, por supuesto, Kant.

Immanuel Kant (1724-1804), nacido en Köningsberg (actual Kaliningrado), era un tipo de complexión enfermiza y chata estatura que disfrutaba de la amistad y la conversación. Célibe y radical sedentario (en vida, solo salió de su ciudad para recoger un ejemplar de El Emilio, de Rousseau), caminaba a diario y siempre a la misma hora (paseo que sus paisanos aprovechaban para ajustar los relojes, cuenta el mito), e invariablemente se acostaba a la diez y se levantaba a las cinco. Kant, el hombre que se encomendó a la razón y que cambió la manera de entender la ética, la libertad, la religión, el autogobierno y la relación entre los países. ¿Cómo entendía él la Ilustración?

Kant contaba con sesenta años cuando publicó uno de sus textos breves más lúcidos y profundos, ¿Qué es la Ilustración?, en el diario Berlinische Monatsschrift. La respuesta ocupa la primera línea del texto: «Es la salida del hombre de su inmadurez autoincurrida».

El propósito de la disertación kantiana no era otro que espolear a sus semejantes a emanciparse de toda tutela, a pensar por ellos mismos, para lo cual no se requiere ser un erudito. Basta, sostenía, con saber utilizar los recursos intelectuales que cada uno posee para preguntarse por las razones que explican una determinada conducta (descubriendo, así, si dicho criterio podría ser asumido por cualquier otro a modo de principio universal).

En la búsqueda de ese principio universal, aquel que piensa ha de abstraerse de toda emoción o aliciente personal, así como ha de suspender los prejuicios y la superstición, que solo conducen al fanatismo: «Pensar por sí mismo significa buscar en uno mismo (es decir, en su razón) la suprema piedra de toque de la verdad; y la máxima de pensar siempre por sí mismo es la Ilustración».

Las consecuencias de este pensamiento ilustrado, lejos de haberse consumado, laten en textos de radical vigencia, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como en nuestros actuales sistemas democráticos, que, aunque imperfectos, constituyen un fructífero marco de convivencia.

Las consecuencias de este pensamiento ilustrado aún laten en textos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Al abogar por la autonomía de la razón, Kant no dinamita la figura del maestro, que aspira a orientar a sus discípulos hasta que puedan valerse por sí mismos, pero sí censura a cuantos ejercen una suerte de tutela vitalicia sobre sus devotos, impidiéndoles su emancipación. Es consciente del coraje que requiere pensar por uno mismo, sabedor de que hay muchos —acaso la mayoría— que prefieren estancarse en un infantilismo moral e intelectual, dejando que sean otros los que les digan qué hacer y cómo hacerlo, en vez de encarar el fascinante desafío de asumir las responsabilidades propias. «El pueblo no cifra su máxima dicha en la libertad, sino en sus fines naturales», escribía. O lo que es lo mismo: en tener salud, dinero y consuelo frente a la muerte. Aquel que prometa cubrir alguna de estas áreas de manera rápida y contundente, por tanto, podrá someter a cuantos no ejerzan su soberanía racional.

Kant aspira a que cada uno de nosotros dirija sus vidas, afronte sus problemas y asuma las responsabilidades derivadas de sus decisiones. Ser «legislador de sí mismo», como explicó en la Crítica del juicio. Lo contrario nos condena: «Si la razón no quiere estar sometida a la ley que ella se da a sí misma, tiene que humillarse bajo el yugo de las leyes que otro le da».

El uso público y privado de la razón

Para pensar por uno mismo se requiere libertad, ya que no puede haber coacción, miedo o imposición que condicionen el pensamiento. De ahí que Kant considere algunas cuestiones intolerables, como imponer una determinada confesión religiosa como la única fe verdadera. Trataba de combatir, con ello, el intento de imponer cualquier forma de pensamiento único, y es que para ejercer la libertad, Kant defiende el uso público de la razón, la libertad de exponer al mundo el propio pensamiento. Una potestad que descansa, a sus ojos, «en la obligación misma de la razón humana universal».

No se trata simplemente de hablar a otros, sino de hablar con otros; de encontrar una tentativa de verdad mediante la confrontación de argumentaciones y razonamientos. El uso público de la razón supone, para él, una comunicación recíproca de pensamiento, siendo la vía para encontrar soluciones racionales para los distintos problemas.

La ilustración no fue solo un periodo de la historia; en cierto modo, fue (y es) un estado vital de la conciencia

Por el contrario, el uso privado de la razón tiene restricciones, puesto que se ejerce como representante de alguna institución o estamento. Así, un profesor puede pensar ciertas cosas que no tiene derecho a enseñar, y un militar ha de obedecer la decisión de su superior, aunque la considere equivocada. Lo que Kant no explicó —acaso no pudo imaginarlo— son las trágicas consecuencias de llevar al extremo este uso privado. Pensemos en aquellos funcionarios nazis que excusaron su participación en el engranaje de la muerte bajo el pretexto de cumplir órdenes. La banalidad del mal, lo llamó Hannah Arendt.

No obstante, la respuesta de Kant a qué es la Ilustración continúa formando parte de nuestro presente y de la trama misma de la historia. Porque si el hombre abdica de su posibilidad de pensar, no encontrará otro destino que la esclavitud y el vasallaje. La libertad ha de ser una aspiración innegociable. La ilustración no fue solo un periodo de la historia; en cierto modo, fue (y es) un estado vital de la conciencia.

 

 

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