Agua

«No podemos buscar nuevas soluciones al cambio climático si tenemos la misma mentalidad que causó los problemas»

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08
Ago
2023
Céline Cousteau en conversación con Ethic

Céline Cousteau es directora de documentales, exploradora y heredera de la tradición de una familia comprometida con los océanos. Acaba de estar en España en un encuentro organizado por EDP, participando así en el We Choose Earth Tour, donde ha hablado con Ethic. La entrevista se realiza con un flujo natural entre el español que Cousteau domina a la perfección por sus años vividos en Costa Rica–, el francés y el inglés, como buena trilingüe.


La pregunta que todo el mundo te hará: ¿Qué ha supuesto llevar tu apellido, Cousteau, con la defensa medioambiental?

Pues el apellido, mucha presión (risas) No, no mucha presión, porque escogí hacer este trabajo. Trabajé en un hospital psiquiátrico porque estudié psicología. Lo que me interesaba en esa época era el comportamiento del ser humano. ¿Por qué somos como somos? ¿Por qué alguna gente que crece con el mismo entorno termina siendo muy distinta una de la otra? Y eso se convirtió en una curiosidad sobre el comportamiento del ser humano dentro del medio ambiente, porque algunos son apáticos y otros no…

¿La teoría del clima quizá?

Eso influye, sí, pero es muy interesante entender el comportamiento del ser humano, porque viene de algo más profundo. Empecé poco a poco, sin planificarlo, a hacer el trabajo que estoy haciendo. Mientras estaba trabajando como guía turística y viajando mucho, haciendo producción para los viajes de los turistas, mi padre estaba haciendo una serie de documentales. Me dije: «sé hacer logística, producción». Empecé así. Me encontré sobre el terreno y me enamoré de estar allí, buscando historias. Poder recoger todo eso y llevarlo al público era como tender un puente entre dos mundos. Esa parte me encantó de inmediato. Uno podría pensar «ah, por supuesto, porque tus papás lo estaban haciendo, tus abuelos también», pero realmente fue por mi propia experiencia.

Entrevistamos en 2017 a tu padre, Jean-Michel Cousteau. Así que ya contamos con dos generaciones entre nuestras páginas, que ojalá hubieran sido tres.

Creo que lo importante es entender que mi abuelo influyó en muchas personas, no solamente la familia, y eso nos conecta a todos. Ya sea en Honduras, aquí en España… En Asia hay gente que me dice: «Tu abuelo me inspiró y desde luego yo hice tal cosa, yo me enamoré de las ballenas, etc». Cada uno tenemos este potencial.

«Mi abuelo influyó en muchas personas, no solamente la familia, y eso nos conecta a todos»

¿Tú eres optimista sobre cómo están evolucionando los océanos?

Sí, yo escojo ser optimista. Porque, si no, nos paralizamos y no hacemos nada. Lo importante es decidir que podemos hacer un cambio y hacerlo. Si no, nos quedamos en casa llorando y ya. Además, creo que lo importante es que tampoco vemos todo el trabajo que se está haciendo. Solo vemos lo que está en la prensa o en la televisión o lo que se está hablado en eventos públicos como este, pero hay gente que está defendiendo causas, que están en el terreno trabajando todos los días. Es eso lo que me lleva justamente a tener esta esperanza y a ser optimista. Además, tengo un hijo y no voy a dejar de defender un mejor futuro para ellos.

Sin optimismo se hace la oscuridad. Quería preguntarte si te parecía que habíamos ignorado de alguna manera los gritos de alarma de los océanos, tras años de sobreexplotación y de llenarlo de plásticos.

Hubo un glaciólogo, Lonnie Thompson, a quien pregunté: «Mira, eres experto en glaciares. ¿Crees que vamos a llegar a tiempo para que no lo destruyamos todo?» Y me dijo: «Desafortunadamente, el ser humano no actúa hasta que tiene la espalda contra la pared». Creo que está en la naturaleza humana esperar hasta el último momento para decir: «Ah, ok, voy a solucionar esto». Tenemos que pensar en muchas generaciones. Los indígenas, por ejemplo, piensan en siete generaciones adelante. Eso me lo me lo enseñó en el Amazonas un cacique, un jefe de un pueblo, que me dijo: «Cuando corto un árbol para hacer una canoa voy a plantar otro, no para mi nieto, pero para el nieto de mi nieto». Parece muy simple, pero es así como tenemos que pensar, en siete generaciones. Y si lo pensamos así y no para pasado mañana entonces…

Sí, me recuerda a cuando estás en la universidad y tienes exámenes. De repente te quedan dos días y lo quieres hacer todo.  

[Risas] Pues así es.

¿Te parece que la pesca tal y como la conocemos hoy es compatible con la protección de los océanos?

Sí, lo que pasa es que es un tema muy variado, pero si miramos, por ejemplo, la pesca a pequeña escala, el individuo ahí con su barquito, ese no es el problema. El que va a pescar para el día tampoco. Son la pesca de arrastre, la que no está regulada ni reportada, la en mar abierto que no tiene gobernanza. El asunto es que no hay trazabilidad de todos los productos marinos que salen, así que, aunque quizás queramos hacer algo bien, no tenemos toda la información para hacerlo bien. Debemos tener más leyes que sean más estrictas o de trazabilidad desde el mar abierto hacia nuestros platos. Que entendamos cómo fue pescado y quién lo pescó. Porque en el 10% de la pesca comercial [los trabajadores] tienen condiciones de esclavos y eso no lo pensamos. Estamos pensando en plásticos y el plástico es importante, pero el ser humano que está ahí en los botes sufriendo en unas condiciones horribles lo es también.

Trazabilidad. Aquí sí que la tecnología nos puede ayudar.

Ahí sí, porque con la tecnología podemos ver lo que está pasando en medio de Amazonas y en medio del mar.

«Debemos tener más leyes que sean más estrictas o de trazabilidad desde el mar abierto hacia nuestros platos»

Parece que aún no hacemos lo suficiente, obviamente. ¿Qué debería modificarse drásticamente para frenar el cambio climático?

Creo que tenemos que hablar al nivel de la conciencia del ser humano, porque sin cambiarla no podemos hacerlo con los problemas. No podemos buscar nuevas soluciones si tenemos la misma mentalidad que la que causó los problemas. Tenemos que modificar la idea en el corazón de las personas y eso es más difícil porque muchas personas no quieren cambiar, no quieren escuchar, piensan en economía o en política y estamos muy consumidos por el miedo. Si convertimos ese miedo en esperanza, en amor por uno mismo, yo creo que ahí hay una parte de la solución. Es conectarse consigo mismo y tener un amor propio que sea mucho más profundo que el miedo, el caos y la vergüenza que son ahora los que nos están dictando [qué hacer].

¿Y qué papel tienen las empresas en esto?

Las empresas tienen que actuar de otra manera. Tienen el poder y el dinero para hacer un cambio. Dar ejemplo. Y nosotros, el consumidor, tenemos el poder también de no comprar de empresas que hacen las cosas mal.

El poder activista.

No hay ellos, hay nosotros. La solución es nosotros, no es ellos. Los malos somos todos. Estamos todos en el mismo barco. Tenemos que trabajar juntos y la única manera de avanzar es colaborando. No se puede decir ellos son los malos y nosotros los buenos, eso no funciona.

«Lo que me inspiró de mi abuela y mi madre es que no tenían barreras, que si las barreras estaban ahí las ignoraban y seguían igual contorneándolas»

Has hablado alguna vez de liderazgo transformador. ¿En qué consiste exactamente? ¿Cómo lo describirías?

Cuando hablamos de liderazgo, primero hay que entender de donde viene el término: el líder es alguien que enseña el camino. Sin embargo, lo que hace un líder son las personas que lo siguen, porque sin ellas no hay líder. El liderazgo transformacional es indagar en cómo puede cambiar un individuo y cómo puede cambiar la estructura de lo que está haciendo. Pero no dejaré de repetirlo: tiene que venir de dentro, porque el cambio sostenible es el que comienza por el individuo.  Y si no trabajamos con esos líderes –ya sean líderes de países o de corporaciones– no vamos a ir a ninguna parte porque es uno de los puntos donde se establece el poder. Pero para poder hablar a sus corazones, tienes que hablar de sus valores. Si sus valores son el dinero, encontremos la manera de tener esa conversación, en la que son capaces de hacerlo y de hacer el bien. Se trata de una situación de win-win.

Compartimos con nuestros lectores un viaje a Ecuador, una inmersión total en la naturaleza que visibiliza sus bellezas y sus problemáticas. Conecto esto con lo que dices en tu documental On the Edge: somos contadores de historias. ¿Pero al final de día, te quedas satisfecha con el rol que has asumido como contadora o piensas «y ahora qué»?

Lo difícil de hacer documentales es que uno no sabe el impacto que tiene y si la gente cambia de comportamiento o de mentalidad después de haberlo visto. Esa es la necesidad de creer. Sí, hay varias formas de confianza o convicción.

¿Te refieres a creer en algo, a tener fe?

Si uno tiene fe en sí mismo, va a actuar con la idea de que «yo puedo», aunque quizás no sepa cómo. Si uno tiene fe en el universo, lo que va a ser es lo que será. Se trata de una fe en algo mucho mayor. Cuando pones todo esto en común y lo miras… ¿Pero realmente crees en el otro? Sé que lo que estoy haciendo tiene sentido y sé que las coas serán de la forma que están llamadas a ser. No sé cómo será recibida mi película y a veces es muy difícil decir si estoy realmente haciendo que las cosas cambien. No voy a saber el impacto real que ha tenido sobre el espectador. Así que, efectivamente, me quedo a veces con un poco de frustración de no saber y al mismo tiempo tengo fe en que lo que estoy haciendo lleva a un cambio.

¿En algún momento piensas en pasar el testigo?

No. Yo no creo que sea algo que haya que pasar porque se pasa todos los días cuando se comparte lo que se hace. Eso es como decir: «Ok, ahora tú también». Pero no significa que yo vaya a parar.

Vas sumando.

Y eso es colaboración. Es como vamos a seguir adelante. Claro que habrá un día en el que haré menos viajes, menos conferencias o quizás vaya a empezar a plantar mi jardín para autoabastecerme. Y eso también va a ser mi manera de contribuir. Pienso que todo cuenta y no hay un día en el que te quieras jubilar [risas]. Entre comillas, voy a trabajar menos, pero a hacer el mismo trabajo.

Jean-Jacques Cousteau era la figura visible del clan y del movimiento, pero hablas también de las mujeres en tu familia, que no se ven tanto. ¿Qué ha pasado con ellas? ¿Están hoy todas las mujeres del clan Cousteau en el mismo barco?

Terminamos todos en el mismo barco [risas]. Mi abuela ya no está, mi madre todavía sí; pero ninguna de ellas ha querido ser una figura pública. Lo que me inspiró de mi abuela y mi madre es que no tenían barreras, que si las barreras estaban ahí las ignoraban y seguían igual contorneándolas. No era un tema de feminismo; era muy simple, más sano, sin pegas, sin pelearse. Simplemente con la idea de la pasión de quién eran ellas y qué querían hacer me enseñaron que esa barrera ya no existe y que sí existe le damos la vuelta. Yo no soy de pelearme por tener algo, porque siempre hay otra manera de llegar hacia donde vamos, que puede ser más sutil. Me ha servido ser una mujer en el terreno, porque, por ejemplo, con los pueblos indígenas me dejan entrar donde están los hombres porque soy extranjera y me dejan entrar donde están las mujeres porque soy mujer. Y no, los hombres no tienen el mismo acceso. Cuando dudan de mí en el terreno, no importa, yo sigo igual. No tengo nada que probar y voy a seguir.

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