Pensamiento

Nuevas miserias de la mente literal

Para algunas personas, la ironía resulta misteriosa: se quedan con el significado exacto de las palabras y no tienen en cuenta lo implícito en el contexto. Con ello, empieza una concatenación de malas interpretaciones y de desencuentros que, en el mundo actual, ha comenzado a tener consecuencias.

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Tyler Hewitt
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08
junio
2023

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Tyler Hewitt

La mente literal no entiende la mente irónica, y siempre la ve como una fuente de peligro, escribió Christopher Hichens, que en otro lugar añadió que el literal, perplejo por la ironía, pide más explicaciones, lo que hace que la situación sea aún más graciosa. A veces es divertida y a veces es peligrosa: la frase de Hitchens proviene de un artículo sobre la fetua contra Salman Rushdie, que estuvo a punto de ser asesinado hace unos meses, 33 años después de que el ayatolá Jomeini lo condenara a muerte por haber escrito Los versos satánicos. La ironía, el sarcasmo o la ambigüedad también causan problemas en las democracias. El estupendo libro de Juan Soto Ivars, Nadie se va a reír (Debate), cuenta «un juicio a la ironía»: Anónimo García, autor de performances satíricas, fue condenado por «trato degradante» a la víctima de la violación de La Manada. Había creado una página web que ofrecía un ficticio «tour de La Manada»; su objetivo era denunciar el sensacionalismo de los medios de comunicación. Fue declarado culpable, condenado a un año y medio de prisión y al pago de una multa, y perdió su trabajo en Greenpeace.

Su caso demuestra los peligros de la incomprensión: la mente literal no entiende el significado de un mensaje. Puede tratarse de una incomprensión sincera o deliberada. A veces hay una combinación: alguien denuncia a un adversario por un lapsus o por una frase sacada de contexto, sabiendo que hay una tergiversación, y luego otros, movidos por la pereza y el sesgo, pero inconscientes de la manipulación, hacen que el malentendido circule. Ha cambiado la velocidad, pero el fenómeno no es nuevo. Permite mostrar tu virtud y señalar a tus enemigos; es también una forma de ganarse la vida. Hay gente que se dedica a las humanidades y desarrolla una carrera basada en la incomprensión lectora: que uno pueda prosperar en su especialidad –por ejemplo, el periodismo cultural– ignorando o despreciando la destreza más básica de ese campo es una diferencia entre las ciencias y las letras que suele pasar inadvertida.

«El enfrentamiento entre la mente irónica y la literal viene de lejos y nos acompañará mucho tiempo»

La mente literal tiende a lo absoluto. Cuando decimos algo, hay intenciones diferentes, interlocutores distintos y situaciones variadas, sabemos que no es lo mismo una novela que un testimonio, que la ambigüedad de Cervantes es desaconsejable en el manual de instrucciones de una lavadora, que la indefinición buscada de un verso es poco conveniente en una ley, que una broma puede adoptar la forma de una amenaza y una amenaza camuflarse de broma. Alan Pauls ha explicado que sacar las cosas de su contexto es una estrategia frecuente de Borges: la literatura «menor» como literatura «mayor», el ensayo como cuento, la glosa que se vuelve el texto principal. Ese procedimiento no está lejos de técnicas de la parodia o la sátira: el ejemplo clásico es Una modesta proposición de Jonathan Swift. La novela, decía Kundera, es el lugar donde se suspende el juicio moral; en parte precisamente por eso es un espacio de experimentación, de libertad.

La mente literal, escandalizada ante un libro infantil o un cuadro mitológico, no niega el contexto: cree que el suyo es el único válido. Impone una interpretación: a menudo tiene que ver con la idea de lo sagrado (o lo que esté de moda, suponiendo que haya diferencia). Cree que su lectura monomaníaca, desprovista de vacilación, juego o incertidumbre, es la única legítima. El enfrentamiento entre la mente irónica y la mente literal viene de lejos y nos acompañará mucho tiempo. Se debe, entre otras cosas, a que esa lucha se produce también dentro de nosotros mismos, como tarde o temprano descubrió aquel pregonero que, según cuenta Luis Alegre, anunciaba por las calles de un pequeño pueblo turolense: «Por orden del señor alcalde se hace saber que a partir de hoy quedan prohibidos los piropos con doble sentido, como por ejemplo: “Te voy a follar y a follar”».

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