Sociedad

«Asistimos a una auténtica reivindicación de la minoría de edad de la humanidad»

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25
Oct
2022
manuel cruz

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El catedrático de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Barcelona y expresidente del Senado, Manuel Cruz (Barcelona, 1951), indaga a lo largo de más de 400 páginas las causas que han propiciado lo que denomina «eclipse de la razón en el mundo actual», que debilita las democracias, las relaciones afectivas o la convivencia y propicia la pérdida del espacio público, el diálogo y la incertidumbre global. Con su estilo minucioso, no exento de humor, el ensayo ‘El Gran Apagón‘ (Galaxia Gutenberg) se inicia en la Ilustración, punto neurálgico en el que la razón se convierte en el epicentro de la vida para concluir con un epígrafe ambivalente: Caminando entre escombros.


¿A dónde nos puede conducir este ayuno de racionalidad?

Sin duda, depende del ámbito en el que se produzca, puesto que el apagón al que se refiere el título del libro afecta a todos los ámbitos de la vida, aunque sin duda, por la repercusión que tiene, la ausencia de racionalidad en la vida pública implica un deterioro de la democracia, en la medida en que para ella el debate argumentado entre las diferentes posturas resulta por completo esencial.

¿Le produce miedo, cólera, asombro o hilaridad la sentimentalización del discurso a escala planetaria? 

Digamos que uno va pasando por diversos momentos. La sorpresa inicial se va desvaneciendo conforme se constata que determinadas actitudes se generalizan tanto que han terminado por convertirse en la nueva normalidad; la hilaridad también se va perdiendo a medida que determinadas actitudes no cesan de repetirse (y el chiste, por así decirlo, a fuerza de reiterado acaba por perder toda su gracia) y la cólera, asimismo, acaba desapareciendo para dar paso a un sentimiento que se encuentra a medio camino entre el miedo, la preocupación y la desazón ante unos efectos a menudo difíciles de anticipar. 

«La ausencia de racionalidad en la vida pública implica un deterioro de la democracia»

El hecho de que la verdad haya dejado de importar en primera instancia y de que prefiramos aferrarnos a la primera paparrucha (o fake news) que refuerce nuestra manera de pensar, ¿tiene remedio posible?

Al hecho que plantea la pregunta cabría oponer otro, y es el de que la propia pregunta está expresando la existencia de puntos de vista diferentes y alternativos –por fortuna no del todo desaparecidos– a aquel por el que se pregunta. Hemos de aceptar, por supuesto, que hay ámbitos en los que parece imperar una especie de relativismo absoluto (que yo tendería a calificar de bobo), en los que se pretende que puedan resultar de validez en todos los ámbitos tópicos del estilo de «sobre gustos no hay nada escrito». Hay gente, en efecto, que suelta con asombrosa desenvoltura y desparpajo frases como «esta es tu verdad, pero yo tengo la mía», como si la verdad fuera un producto de supermercado, que uno puede escoger incluso a capricho. Pero, constatado lo anterior, no es menos cierto que en muchos otros ámbitos a nadie se le ocurre pretender funcionar con este subjetivismo banal. En ámbitos de tanta importancia como el judicial se siguen utilizando expresiones como «hechos probados», y a nadie se le ocurriría sostener ante un juez que cada cual tiene su verdad y que no hay forma humana de dirimir cuál es la acertada porque todo es cuestión de interpretaciones, por decirlo a la nietzscheana. 

¿Qué peso tiene la situación económica en esta época de gran apagón?

Constituye un elemento determinante desde muchos puntos de vista. De hecho, no es casualidad que la época de hegemonía ideológica del neoliberalismo fueran las dos décadas que separan la caída del Muro de Berlín, a finales de los ochenta, y la crisis económica de 2008; esto es, los años en los que, por así decirlo, el capitalismo se queda en una soledad –sin contrapeso económico-político alguno– que dejó en evidencia unas profundas contradicciones sustanciadas posteriormente en el desastre económico que se llevó por delante el modelo ideológico –insuperable según el Fukuyama del final de la historia–, dejándonos sumidos en este gran apagón sin discurso alguno. Pero, sin ser el determinante, hay otro elemento que está dando lugar a efectos destacables en la esfera pública, y es la forma en la que el desarrollo tecnológico está propiciando un auténtico deterioro del debate político. Las grandes empresas de la comunicación han ido transformando no solo el contenido, sino también el formato de sus programas para adecuarse a un nuevo escenario dominado por la hiperinformación, en la que cualquier ciudadano recibe en su móvil las noticias al instante. Este acceso casi universal a la información ha obligado a los medios a variar la naturaleza de su oferta, poniendo mucho más el acento en la opinión que en la información, en gran parte devaluada. Simultáneamente, esta aparente facilidad en el acceso a la información ha incrementado notablemente la competencia empresarial, lo que, de forma desafortunada, ha empujado a muchos a prácticas periodísticas en la frontera misma del escándalo o el amarillismo para capturar la atención del ciudadano, el bien más preciado en los últimos tiempos. Como es natural, ello ha deteriorado severamente el espacio público.  

¿El no ser capaces de imaginar un sistema alternativo al capitalismo tiene que ver con que hemos llegado, en un sentido etimológico, a la capacidad máxima de progreso?

Esta última opción, la de que habríamos llegado a la capacidad máxima de progreso, era la que venía a defender Fukuyama a finales de los años ochenta tras el hundimiento del modelo socialista representado por la URSS. El problema es que cuando, apenas 20 años después, en la crisis del 2008, el aparentemente triunfante capitalismo mostró sus enormes debilidades, hubo quien, como Sarkozy, llegó a proponer su refundación. Todo un indicador de que aquella vieja plantilla con la que pensar la historia –la que creía poder sustanciar el signo de esta en una idea de progreso que no iba más allá de secularizar la aún más vieja idea de providencia– ha devenido obsoleta por completo. Por si todo ello fuera poco, el espacio público, el lugar en el que habría que debatir la posibilidad de imprimir un rumbo distinto a nuestra sociedad, ya no cumple esa función, en gran medida porque las formaciones políticas son incapaces de presentar modelos alternativos de sociedad, limitándose a recoger las reivindicaciones sectoriales de determinadas minorías sin una perspectiva de conjunto que aborde e integre en una mirada global cuestiones como la de la propiedad, el trabajo o el Estado; es decir, las grandes cuestiones de la filosofía política clásica.

«Las formaciones políticas son incapaces de presentar modelos alternativos de sociedad»

Que quien ostentaba la autoridad (el profesor, el filósofo, el poeta o el político) haya sido desplazado en cierto modo por el youtuber, el tertuliano o el famoso, ¿marca el tono de los tiempos, augura un fin del criterio?

En la pregunta se señala un elemento esencial que define el signo de los tiempos actuales: la pérdida del concepto de autoridad, apenas sustituido en algunos ámbitos como el de la crítica, muy tímidamente, por el de prescriptor. De hecho, cualquier lector puede comprobar cómo en aquellos diarios que, en su versión digital, aceptan las opiniones de los lectores, tras el texto de un autor del más reconocido prestigio en lo suyo, incluso a nivel internacional, nunca faltan lectores que, bien a cara descubierta, bien escondiéndola tras un pseudónimo, se lanzan a descalificar lo expuesto en el artículo como si ellos fueran interlocutores de idéntico nivel, cuando en el mejor de los casos no hacen otra cosa que verter insultos o lugares comunes. Creo que la ausencia de criterio es un efecto de la incapacidad para reconocer en el otro autoridad alguna, categoría que muchos se resisten a utilizar ante la posibilidad de ser objeto del reproche de autoritarios. El temor es completamente infundado, y en realidad se basa en una gruesa confusión conceptual entre poder y autoridad. No hay rasgo más democrático que la autoridad, en la medida en que son siempre los otros los que la atribuyen o la retiran. Se puede conquistar el poder por la fuerza o por medios innobles, pero la autoridad nunca se conquista: se hace uno merecedor de ella o no. 

¿Cómo saber que somos lo suficientemente críticos con nosotros y con el mundo que nos rodea? 

Desde sus orígenes, la filosofía ha propuesto un método para evitar la ausencia de crítica, que es el diálogo. En el diálogo genuino –aquel en que estamos dispuestos a aceptar que nuestro interlocutor nos ofrece mejores argumentos o nos llama la atención sobre lo equivocado de nuestros planteamientos– ponemos a prueba nuestras ideas y las sometemos al escrutinio de otras mentes, aceptando que el horizonte deseable para todos es un pensamiento que haya sabido dar respuesta a las preguntas ajenas. No en vano, si se me permite la simplificación, uno de los rasgos de la figura del soberano es que no admite preguntas. Preguntar es cuestionar, igual que responder de manera convincente equivale a dar un paso en dirección a la verdad. 

La memoria es algo que usted reivindica en el ensayo. Nunca antes ha habido mayor capacidad de registro (con las imágenes, internet o los medios audiovisuales) y, por tanto, mayor capacidad de memoria y, sin embargo, nuestro olvido parece a veces más veloz y feroz que nunca.

Hay algo de paradójico en la situación actual, en que asistimos en ciertos ámbitos (como el de la escuela) a la marginalización de la memoria como facultad con el argumento de que ya está todo almacenado y disponible en los nuevos dispositivos. Los apologetas de las nuevas tecnologías han llegado a la conclusión de que carecen de sentido los viejos ejercicios de aprender de memoria los datos, las cifras, las tablas de multiplicar o los poemas, como si el sentido de retener determinadas cosas fuera puramente técnico-instrumental. Hace escasas semanas, el ensayista italiano Nuccio Ordine evocaba en una entrevista periodística las palabras de Primo Levi cuando afirmaba en Si esto es un hombre que lo único que los nazis no le habían podido robar eran las cosas que había aprendido de memoria. Y añadía Ordine: «Tú puedes perder todos los bienes materiales que has adquirido, pero nunca lo aprendido, lo leído, la música». La sustancia de la paradoja en la que vivimos instalados en nuestros días es que esta enorme disponibilidad a la que hacía referencia, que sin duda alcanza unos límites nunca antes conocidos, no da lugar a una escuela y a una sociedad en las que el pasado tenga una presencia importante, sino, al contrario, mucho más olvidadizas. Entre otras razones porque el volumen de lo almacenado (y, por tanto, recordable) es tan desmesurado e inmanejable que en la práctica es como si lo hubiéramos olvidado. Esta sería, por tanto, la formulación sintética de la paradoja: lo específico de la desmemoria de nuestro tiempo sería que habríamos terminado desembocando en ella precisamente por una sobredosis de memoria.

«La paradoja actual es que la desmemoria de nuestro tiempo surge precisamente por una sobredosis de memoria»

Como sociedad, ¿nos estamos infantilizando?

En cierto sentido, sin duda. Me refiero al que señalaba Kant cuando, defendiendo la idea de Ilustración, se refería a la mayoría de edad de la humanidad como horizonte al que se debería tender. Frente a esto, a lo parece que estamos asistiendo es casi a una auténtica reivindicación de la minoría de edad. No parece estar ocurriendo otra cosa con determinadas reivindicaciones que parecen haberse generalizado en el espacio público. No se trata de cuestionar esta idea, de noble inspiración kantiana, sino de señalar su forma pública de empleo para rehuir la adulta responsabilidad personal y reclamar una especie de inocencia infantil. Viendo la continua apelación a aquella, uno no puede dejar de pensar que para algunos es concluyente como argumento exculpatorio un planteamiento del tipo: es cierto que mi comportamiento no ha sido el adecuado, pero la culpa es tuya –del progenitor, el educador, el político o quien sea al que se le exige la ejemplaridad– por haberme dado mal ejemplo.

Que en una democracia sean las minorías las que vayan «determinando el perímetro del debate», ¿es una perversión?

En principio es una distorsión que, evidentemente, puede mutar en perversión. A menudo, acorde con el victimismo que parece contaminarlo todo, escuchamos a algunas personas, a modo de justificación de la atención prioritaria que se le concede a la problemática de una determinada minoría, afirmar: «Es que lo han pasado muy mal». No se trata de cuestionar la importancia de dicho sufrimiento, sino de plantearse si semejante constatación constituye un argumento concluyente, ya que el listado de grupos que lo han pasado muy mal en nuestra sociedad es, desgraciadamente, muy alto. Pero la política es, en lo sustancial, gestión de prioridades, por lo que al responsable político le corresponde dar cuenta en voz alta de los motivos por los que coloca a unas por delante de otras. Y si el argumento de haberlo pasado mal no es concluyente en absoluto, el de constituir una minoría no es ni tan siquiera mínimamente satisfactorio, entre otras cosas porque hay minorías (por ejemplo, de privilegiados) que no lo pasan mal en absoluto. Como es obvio, si la apelación por parte de un grupo a los padecimientos sufridos resulta tan efectiva en el espacio público es porque coloca a quien los denuncia en la posición de víctima, cuyos padecimientos, por definición, no pueden resultar susceptibles de ser relativizados.  

Otro de los asuntos en los que ahonda en su ensayo es la libertad de expresión. ¿Hemos perdido el humor, la cintura, el norte? ¿En qué momento se convertirá lo políticamente correcto en una bomba de relojería?

Probablemente hemos perdido a la vez, y en diferentes grados, todas esas cosas. No debería resultar tan difícil compatibilizarlas con el avance que sin duda supone el respeto a determinadas sensibilidades hasta ahora desatendidas, el rechazo a los menosprecios enquistados en muchas ocasiones en expresiones o comportamientos completamente generalizados. Pero sabemos que el infierno está empedrado de buenas intenciones y parece evidente que en demasiadas ocasiones corremos el peligro de deslizarnos hacia un hiperprohibicionismo teñido de moralina que le hace un flaco favor a las causas que proclama defender. Sin duda, constituiría una notable falta de tacto andar contando chistes de humor negro en medio de un entierro, pero condenar ese tipo de humor en cualquier ocasión o circunstancia con el argumento de que siempre habrá alguien a quien se le haya muerto recientemente un ser querido y que, por tanto, podría ver herida su sensibilidad, podríamos aceptarlo como una manifiesta exageración. 

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