Sociedad

La depresión sonriente

Tienen momentos de auténtica euforia, saludan, siguen yendo a trabajar y (aparentemente) ríen con los suyos. Como si todo fuera ‘normal’. Sin embargo, quienes padecen estos cuadros depresivos con unos síntomas distintos de los que asociamos normalmente a estos trastornos, tienden a creer que sentirse tristes se trata de un simple rasgo de su personalidad.

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06
Oct
2022

Desde fuera, nada hace pensar que algo está mal en quienes padecen sus efectos. Sin embargo, su salud mental se está resintiendo hasta un nivel en el que urge la ayuda inmediata de un profesional. El mal que aqueja a esas personas se llama depresión sonriente, un enemigo invisible de su bienestar mental. «El término depresión sonriente hace referencia a los cuadros depresivos que cursan con la sintomatología típica asociada a dichos trastornos, pero en los cuales el sujeto diagnosticado muestra un afán de ocultamiento», apunta en una análisis la profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Vanessa Rodríguez Pousada. «Y este anhelo redunda en una posición activa para que las personas que lo rodean no perciban el malestar al que está haciendo frente».

En resumidas cuentas, quienes padecen depresión sonriente –también conocida como depresión silenciosa o distimia– no muestran los patrones depresivos que la sociedad espera. Desde fuera, se asume que todos los procesos vinculados a esta enfermedad mental serán iguales, cumpliendo con ciertos criterios, cuando la realidad es mucho más compleja. Incluso, para los propios pacientes, estos estereotipos dificultan identificar qué le está pasando. Como señala a la BBC una persona que ha sido diagnosticada con distimia, «tenemos una visión distorsionada de la depresión». «Yo tenía momentos de alegría, picos muy altos de euforia. Luego eso se acababa y venía la tristeza», resume.

Las personas que están atravesando este tipo de depresión, así, sonríen, interactúan con los demás, mantienen patrones de vida que semejan su normal o incluso viven momentos de gran alegría. Sin embargo, la realidad es otra, mucho más compleja. Por dentro, sus sentimientos son mucho más pesimistas y se sienten deprimidos, desesperanzados, culpables o inútiles. A veces, uno de los puntos problemáticos está en que se confunden esas emociones con algo vinculado a la personalidad. Esto es, se asume que si esa persona muestra un recurrente pesimismo no es más que porque es así.

La depresión sonriente no es un término técnico para la ciencia, pero el interés por este síndrome se ha disparado en los últimos años

Aunque para la ciencia la depresión sonriente no es un término técnico –aunque sí lo es depresión atípica–, tal y como recuerda en un análisis la especialista de la Universidad de Cambridge, Olivia Remes, el interés por este síndrome se ha disparado. La ciudadanía le pregunta cada vez más a Google qué es, pero también se han multiplicado –y una búsqueda rápida en el buscador lo demuestra– los artículos y reportajes que intentan comprender qué supone padecerla.

¿Ha estado siempre ahí la depresión sonriente sin ser identificada como tal, o es la sociedad actual un espacio propicio para padecerla? La cuestión es difícil de responder, aunque el contexto de los últimos años no lo ha puesto nada fácil a la hora de escapar de los efectos de la distimia.

Pousada: «El problema lo encontramos en que presupone que estar bien o no depende exclusivamente de uno mismo»

Para empezar, la crisis del coronavirus ha tenido un efecto muy negativo en la salud mental general de la población. Un estudio publicado en The Lancet tras el primer año y medio de pandemia ya alertaba de cómo la crisis había exacerbado los condicionantes que empeoraban la ansiedad o la depresión entre la ciudadanía. De forma más específica, en España, la pandemia aumentó en un 47% los problemas de salud mental en la infancia y adolescencia, según una investigación del Grupo de Trabajo Multidisciplinar sobre Salud Mental en la Infancia y Adolescencia, o empujó a una caída «en picado» para la población en general, según alerta la Confederación Salud Mental España.

La pandemia no está sola en esta escalada, porque, para continuar, la digitalización ha creado un paradigma en el que no estar feliz parece imposible. En las redes sociales hay que demostrar en todo momento que se tiene una vida perfecta, lo que no solo añade una carga de presión, sino que además crea «un juego de espejos engañoso» cuando se compara la propia existencia con la de los demás, como alertan desde la UOC. Esto no solo implica un choque interno, sino que también lleva a que se oculten los sentimientos reales porque lo único que se espera que se transmita son fotos bonitas y mensajes optimistas.

Incluso fuera de la red, la sociedad del siglo XXI ha convertido la tristeza en un lastre. «Vivimos en una sociedad en la que ser feliz es un imperativo», afirma la profesora Rodríguez Pousada, recordando que esa «dictadura de la felicidad» convive con un creciente individualismo en el que «se tiende a minusvalorar las circunstancias personales, sociales y estructurales». «Se presupone que estar bien o no estar bien depende exclusivamente de uno mismo», critica. Todo ello hace que callar y sonreír al mundo pueda sentirse como más lógico de lo que podría parecer a primera vista.

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