Sociedad

El poder de (volver a) la rutina

Unas pilas cargadas, una agenda repleta de planes y un miedo atroz a caer en las viejas costumbres: autoexigencia, ansiedad y pensamiento acelerado. ¿Y si lo malo no es volver a la rutina, sino cómo la afrontamos?

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22
Sep
2022

La vuelta al colegio o al trabajo no implica conformarnos ni renunciar a la libertad, sino construir un rincón agradable en nuestra zona de confort, un término maltratado por los discursos vacíos de autoayuda. Desde el punto de vista de la Psicología, esa rutina de la que con tanta fuerza huimos aporta grandes beneficios: amortigua el estrés, mejora la calidad del sueño, estabiliza el estado anímico, facilita el aprendizaje y potencia relaciones interpersonales sólidas. No es cuestión de magia, sino un ejercicio consciente.

Decía el escritor Luis Mateo Díez que «la vida se hace de lo que cada día la conforma, no de lo que pasa de vez en cuando o de lo que excepcionalmente sucede». La rutina es poderosa si la cuidamos con mimo, pues el problema no está en el hecho de hacer siempre lo mismo, sino en las obligaciones que ensucian nuestra agenda.

Si tu día a día consistiese en amanecer sin despertador en la cama cómoda de una casa amplia, desayunar sin prisas, invertir unas pocas horas en un trabajo que te apasiona bien remunerado, llegar a casa con la comida hecha y la cocina limpia y dedicar el resto del día a tu autocuidado, ¿dirías que odias la rutina? Lo más probable es que no. Lo que nos resulta agotador es tener que desenvolvernos en una cultura que exige la perfección sin ofrecernos ni tiempo ni recursos para acercarnos a ella. La gran incógnita es cómo convertir a la rutina en una aliada cuando la lista de obligaciones no entusiasma.

El descanso cognitivo implica desconectar de las tareas que, si bien son parte de la rutina, no tienen lugar en un preciso momento

En primer lugar, debemos definir la rutina como los hábitos que aportan continuidad a nuestra vida y que, en mayor o menor medida, nos permiten lidiar con la incertidumbre y proteger nuestra salud física y mental. Para poder alcanzar esta función, deben cumplirse tres requisitos: la flexibilidad o capacidad de poder adaptar nuestra rutina si surgen imprevistos, la tolerancia a la improductividad –o la capacidad de ordenar nuestras prioridades sin sentirnos culpables– y el descanso cognitivo, que implica desconectar de aquellas tareas que, si bien forman parte de nuestra rutina, no tienen lugar en ese preciso momento.

En conclusión, crear una rutina saludable supone asumir que es imposible llegar a todo. Pero ¿de dónde sacar tiempo? Parémonos a pensar en todas las tareas irrelevantes que forman parte de la rutina. ¿Cuánto podemos reducirlas? El ejemplo perfecto lo encontramos en las redes sociales: es muy difícil dejar de lado el móvil, pero sí es viable disminuir 15 minutos su consumo para dedicarlos a algo tan sencillo como necesario que es aburrirnos. No es cuestión de invertir nuestro tiempo libre en ser más productivos, sino en estar más tranquilos. 

La autoexigencia suele ser el primer síntoma de una rutina

En la búsqueda de una rutina saludable, la asertividad también es fundamental para crear nuevos límites en aquellas relaciones sociales que más desgastan. Aprender a decir «no» nos ayuda a invertir ese tiempo ganado en relaciones que aportan salud mental. Por último, es importante saber identificar las señales de alarma que indican que algo no va bien en tu rutina. La autoexigencia suele ser el primer aviso: te sobrecargas de responsabilidades, pero nunca te sientes satisfecho con tu rendimiento y logros.

Poco después comienzas a priorizar las obligaciones en detrimento de las actividades reforzantes, es decir, dejas de lado aquellos planes que te aportan calma, felicidad o distracción porque necesitas satisfacer la voraz autoexigencia. Finalmente, aparece el síndrome del pensamiento acelerado, que se caracteriza por un exceso de ansiedad que desemboca en cansancio, frustración y falta de sentido vital. Si esto ocurre, la solución no es añadir más tareas a nuestra rutina, pues corremos el riesgo de menoscabar nuestra ya dañada salud mental. La clave es parar y, sobre todo, aprender a pedir ayuda a nuestros seres queridos o a un profesional de la psicología. No siempre vas a poder con todo tu solo y aunque pudieses, contar con apoyo externo facilita el proceso.

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