Opinión

Déjenme vivir en mi zona de confort

Desde hace algunas décadas, el lenguaje económico se ha adueñado del espectro semántico que trata de lo emocional y lo afectivo. Nos dicen que demos lo mejor de nosotros, que nos saquemos rendimiento, que aprovechemos las adversidades para crecer. Como si dependiese únicamente de nosotros mismos.

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09
Sep
2022

Cada vez es más habitual entrar en una librería cualquiera y encontrarla invadida por todo tipo de libros de autoayuda en los que, como reclamo principal, se nos invita a «salir de nuestra zona de confort». Estas obras, que cuentan con millones de lectores en todo el mundo, esbozan mesiánicas promesas que –presuntamente– nos permiten eludir el sentimiento de incertidumbre o la ansiedad, afrontar con éxito los momentos flacos de nuestra vida o que aseguran dotarnos de herramientas para sacarnos todo el partido posible en el desarrollo de lo que denominan «crecimiento personal».

Desde hace algunas décadas, el lenguaje económico se ha adueñado del espectro semántico que trata de lo emocional y lo afectivo. Es decir, el lenguaje economicista se ha apoderado de la esfera privada: «sé tu mejor versión», «rentabiliza tus relaciones y emociones», «sácate todo el rendimiento», «aprovecha las oportunidades de las crisis», etc. Sin embargo, como lectores críticos deberíamos preguntarnos qué supone el hecho de que este tipo de literatura, bajo una hábil capa de barniz que todo lo adorna con el augurio del éxito futuro, trate a los individuos como pequeñas empresas de las que hay que extraer todo el rédito posible en cualquier ámbito de la vida, desde las relaciones interpersonales, pasando por el trabajo hasta llegar a la relación con nosotros mismos.

En este contexto, todo se hace susceptible de ser rentabilizado, de ser tratado en términos transaccionales, de pérdida o de ganancia, de éxito y de fracaso. Incluso los trastornos psicológicos. No faltan los perversos gurús que aseguran que las depresiones se las causa el propio individuo, y que es él quien ha de salir del pozo en el que se ha metido. Nadie negará que existen circunstancias y decisiones que pueden conducirnos paulatinamente a lo que Arthur Schopenhauer llamó «los más oscuros abismos humanos», pero también es cierto –y es lo que debe preocuparnos– que, con terrible normalidad (y silenciosa violencia), se obvian, callan y justifican las causas de carácter sistémico y estructural que vertebran la aparición de todo tipo de dolencias psicológicas y psiquiátricas.

«Nos dicen que debemos autorregular nuestras emociones en lugar de pensar en –y abordar– los problemas sociales y económicos que las causan»

Con extremada finura (inmoral), esta manera economicista de referirse a lo emocional ha conducido a un modo análogo de comportarnos con las emociones: el individuo se ve encerrado en un lodazal al que le hacen creer que ha llegado en exclusiva por sus propios deméritos, es decir, porque no ha explotado sus propios recursos de la manera más eficiente. No solo los trastornos emocionales y cognitivos, sino también nuestra posición socioeconómica es achacada a errores solamente individuales: quien no cuenta con recursos económicos es porque quiere, quien no tiene trabajo es porque no se adapta al mercado laboral, quien no prospera es porque no ha sabido relacionarse. Pero no importa: siempre existirá un libro de autoayuda que nos permita aceptar la pobreza, el desempleo o la falta de contactos. Un vasallaje emocional que debe erradicarse, sobre todo, desde las instancias educativas, pero también desde las familias.

En este punto, el pérfido imperativo de «salir de la zona de confort» se convierte en un mantra que aboga por mantener en el tiempo, en la forma y en el espacio ciertas formas de dominación económica y social. Existe una corruptora rama de la autoayuda que se alinea con el mantenimiento del statu quo. Nos dicen que debemos autorregular nuestras emociones o sacar provecho de las circunstancias adversas, en lugar de pensar en –y abordar– los problemas sociales y económicos desde su raíz. Mientras la autoayuda y las nuevas espiritualidades (coaching, mindfulness, autoayuda de diverso calado, etc.) comercian con la felicidad y el bienestar como productos de consumo que invitan a vivir las crisis con plenitud, la filosofía reflexiona y cuestiona qué estructuras nos mantienen atados a esas crisis que nos hacen ver como inevitables e insalvables.

«Más que nunca, necesitamos a la filosofía: frente a la autoayuda, que parte de una perspectiva de sometimiento, la filosofía pide y ejerce la actividad»

Quizá convenga recordar algo que pudiera parecer evidente. La filosofía no es autoayuda. La autoayuda nos incita a gestionarnos y adaptarnos a lo dado, mientras que la filosofía cuestiona lo dado. La autoayuda es un negocio que promete felicidad a cambio de adaptación (ahora lo llaman resiliencia); la filosofía, por su parte, nos abastece de armas intelectuales y nos entrena para no ser esclavos emocionales. No es autoayuda porque, sencillamente, cuestiona lo que la autoayuda da por hecho. La autoayuda parte de una perspectiva pasiva y de sometimiento; la filosofía pide y ejerce la actividad. La autoayuda es un negocio que vende la felicidad como un producto de consumo, mientras que la filosofía piensa qué estructuras facilitan el imperativo de la felicidad. En definitiva, la autoayuda reacciona (tarde y desde lo ya establecido) y la filosofía actúa (desde el principio y desde los cimientos). El matiz es esencial.

Más que nunca, es imprescindible fomentar la lectura y el estudio de textos filosóficos, es decir, de textos que capaciten nuestra potencia para pensar la realidad y no dejarla como está, sino para cuestionar aquel statu quo que mantiene las desigualdades sociales y económicas, así como las estructuras que las permiten y sustentan. No puedo dejar aquí de recordar a Simone Weil, quien en uno de sus escritos políticos (Opresión y libertad) apuntó con gran acierto: «Quienes velan por el mantenimiento indefinido del statu quo son quienes quieren mantener intactos los privilegios y son los peores enemigos de la paz civil, pues así esconden formas de coacción y opresión aplastantes». Igualmente, en un artículo de 1968, Hannah Arendt defendía: «En política la actitud conservadora –que acepta el mundo como es y solo lucha por preservar el statu quo– puede llevar únicamente a la destrucción, porque el mundo está sometido a la ruina del tiempo a menos que estemos decididos a crear cosas nuevas».

El continuo imperativo para salir de la zona de confort se ha convertido en un mandato tan terrible como perverso. Para el común de los mortales, lo difícil es justamente construir una zona de comodidad y sosiego, desarrollar un ámbito de confianza mutua, de afianzamiento de conocimiento y experiencia. Nos venden que salir de la zona de confort supone el mayor éxito del emprendimiento. Quizá quieran hacernos olvidar qué significa vivir en ella para tener que habituarnos a un panorama permanentemente hostil. Lo difícil no es salir del confort, sino contar con las oportunidades para crearlo. 

Déjenme en paz. Déjenme vivir en mi zona de confort. Que suficiente esfuerzo cuesta conseguirla.

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