Opinión

La guerra en Ucrania nos obliga a reflexionar

La compatibilidad entre la guerra y la democracia es muy complicada: el disfrute y prevalencia de los valores democráticos se pueden acabar resintiendo y depreciando por las duras consecuencias de un conflicto bélico.

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Ministerio de Defensa de Ucrania
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02
Ago
2022
ucrania

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Ministerio de Defensa de Ucrania

Con motivo de la guerra en Ucrania, la coherencia y la cooperación en el seno de la Unión Europea atraviesan una prueba de fuego que los Estados van superando de momento. Mientras, la ciudadanía europea se desespera ante los efectos, las convulsiones y las graves incertidumbres provocadas por el conflicto. No será fácil, con el contexto que se prevé en otoño, llevar la evolución de la situación con calma y resiliencia. 

Vivimos una etapa crítica para la humanidad y la vigencia de los derechos humanos. Lo digo no solo por esta nueva tragedia humana que acontece en Europa –otras guerras no han cesado en el resto del planeta– ni por las consecuencias económicas sobre nuestra sociedad del bienestar, sino también porque en este clima bélico avanza el pensamiento político único, la militarización de las conciencias y de la economía. También se asienta una cierta estigmatización de cualquier reflexión crítica del proceso seguido o de las posiciones que defienden la necesidad de gestiones continuas y a fondo por parte de la alta diplomacia para encontrar una salida a la guerra provocada por el tirano nacionalista Putin. 

Pero no podemos resignarnos a la cronificación de la guerra. ¿El sistema de lanzamisiles Himars de alta tecnología y los cohetes antiaéreos que Estados Unidos viene entregando a Ucrania servirán para cronificar la guerra en un empate de larga duración? ¿Provocarán una carrera de armamentos y una escalada militar de alcance nuclear, más aún tras el anuncio de Rusia del empleo de misiles hipersónicos? ¿O en cambio permitirán hacer ver a Putin que debe buscar un acuerdo diplomático? Siempre con el acero como material esencial de las guerras. 

«En este clima bélico avanza el pensamiento político único, la militarización de las conciencias y de la economía»

Mientras, la inflación, que ya empezó a subir en 2021 por los efectos de la pandemia en el mercado, está disparada por la guerra con el incremento de precio de las energías y los alimentos. Todo ello pone en claro riesgo de hundimiento a la economía europea en otoño, que aún dispone de los fondos de recuperación para afrontar el restablecimiento económico. Y no olvidemos la terrible incidencia del trigo secuestrado en los campos de Ucrania por la guerra y en la consecuente hambruna de la población de los países del sur. 

La Europa democrática es ahora más dependiente de Estados Unidos, que actúa, como siempre, en defensa de sus propios intereses económicos y geoestratégicos. Con Biden o con Trump, enfrascados en su propia lucha electoral, la guerra en Ucrania es un escenario más de su confrontación de cara a las próximas elecciones legislativas en noviembre. En todo caso, la invasión de Rusia a Ucrania ha facilitado el cierre de filas en torno al poderío de Washington, con el compromiso de todos sus socios de incrementar el gasto militar.

No pongo en duda el posicionamiento de la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos en favor de actuar para respetar la soberanía de Ucrania, con sanciones a Rusia, ayudas y entregas de armamento a Zelenski. Pero, a raíz de la Cumbre de la OTAN en Madrid y su Concepto Estratégico, sí creo necesario reflexionar sobre la realidad de la situación y hacia dónde vamos. Los nuevos conceptos de la estrategia militar están por encima de la vida de las personas, sus emociones y sus derechos básicos. Seremos muy ingenuos si pensamos, desde un punto de vista simbólico, que el trigo se puede imponer al acero, siendo ambas producciones de importancia vital para la economía de Ucrania. 

La revitalización de la OTAN ha significado señalar a Rusia como principal amenaza directa y a China como un desafío sistémico, así como acordar el rearme y resucitar los bloques. Sin embargo, no sabemos si se habló a fondo de buscar una solución diplomática para lograr un final de la guerra que sea suficientemente digna, segura y estable para las partes. Las cuestiones y términos hipotéticos de unas negociaciones no son difíciles de imaginar. 

«Son tiempos de ansiedad y sufrimiento, tiempos que requieren liderazgos sólidos e ideas democráticas globales»

Deberíamos preguntarnos si alguien cree posible una derrota militar de Putin, que de momento, y pese a las sanciones y daños recibidos, ha respondido cerrando más el grifo del suministro del gas ruso a países europeos en apuros, llevando al extremo su autoritarismo y ensayando armamentos más sofisticados.

Por otro lado, la acción sobre los retos de la emergencia climática y la transición ecológica se ve paralizada –cuando no retrasada– por la guerra, con la vuelta a las nucleares y al uso del carbón. Porque ya sabemos que la soberanía de los Estados reside en poseer fuentes propias de energía. Europa carece de la suficiente energía para hacer funcionar su economía, mientras que Putin hace descansar el sueño de su expansionismo nacionalista en el poder energético de Rusia para atacar y desgastar a la Unión Europea (aunque Biden, meses atrás, se comprometió a tratar de reemplazar el suministro de gas ruso).

La compatibilidad entre la guerra y la democracia resulta muy complicado de lograr, por no decir excepcional. Lo saben muy bien las fuerzas ultras y populistas que buscan aprovecharse del clima de tensión y desestabilización. Sucede que el disfrute y prevalencia de los valores de la cultura democrática se pueden acabar resintiendo y depreciando –también en los Estados homologados– por las duras consecuencias de una guerra: en ese contexto dominan objetivos que se ven prioritarios –como la defensa y la supervivencia colectiva– ante la inseguridad y el horror.

Son tiempos de ansiedad y sufrimiento, tiempos que requieren liderazgos sólidos e ideas democráticas globales. Una situación de alarma que exige una redistribución justa de sacrificios, esfuerzos y contribuciones fiscales de quienes más tienen. En especial, de imposiciones fiscales para quienes obtienen grandes beneficios de la guerra, como la banca y los sectores energéticos (o para quienes hacen negocio directo con la venta de armamento y de tecnología militar).

Estas reflexiones me surgen tras revivir la excepcional película de 1959 dirigida por Alain Resnais, Hiroshima, mon amour. Una nueva versión de aquella temática sería la demostración de que la barbarie, en este caso con motivo de la guerra de Ucrania, se volvió a imponer a la humanidad. 


Odón Elorza es diputado del PSE-PSOE por Gipuzkoa.

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