Siglo XXI

«Hay que buscar la forma urgente y rápida para poner fin a la guerra en Ucrania»

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24
Ago
2022
guerra

Conversar con Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) es hacerlo con la voz de la experiencia. El reconocido y premiado periodista y fotógrafo español, que ha estado sobre el terreno en conflictos de violencia inusitada, como El Salvador, Afganistán, la guerra de los Balcanes o Ruanda, habla desde una vitalidad infatigable y con la mirada serenada por el peso de una evidencia que se repite: los seres humanos tenemos una lamentable afición por la guerra.


Si me permite podemos comenzar la entrevista hablando de Ucrania…

Yo no he estado en Ucrania [cubriendo la actual guerra]. Puedo hablar sobre lo que es un conflicto armado, pero no me gusta mucho hablar de cosas que no conozco. En España, uno de los vicios principales es que hay muchísima gente que habla a miles de kilómetros de lo que pasa, como si fuera un experto. No me gustan los «expertos de salón». Ahora mismo, en Ucrania, ha habido centenares de periodistas –o más de un millar si cogemos todas las nacionalidades–, pero pocos han estado en primera línea de combate. La gente ha informado desde 300, 400 o 500 kilómetros de donde caían las bombas, como si estuvieran en la guerra.

¿Se ha acentuado actualmente este problema por la carencia de envío de profesionales al conflicto?

Me parece que no es un problema de inversión, porque sí estaban allí. En todo caso, me parece una mala inversión: si vas a contar algo desde 300 kilómetros, cuéntalo desde Madrid, que es más barato. El problema más grave, desde mi punto de vista, es que se pone un tema en la primera línea de los acontecimientos y durante días, semanas e incluso meses se habla del tema, hasta que acaba siendo expulsado de los medios; luego, por supuesto, ya no hay tema ni hay seguimiento. Y esto es lo que está pasando hoy en día en la prensa. Ocurre, además, que Ucrania es un país europeo. Uno podía coger un vuelo desde Madrid y volar hasta Kiev o Lviv por 30 euros. Mucha gente ha ido para allá sin darse cuenta de que cubrir un conflicto armado «en serio» es extremadamente difícil, costoso y peligroso. Yo he visto muchísimas intervenciones en televisión, radio y prensa escrita en los que se han elaborado historias a partir de lo visto en otras televisiones. Es lo que se llama «periodismo de corta y pega», que se hace en España y que se puede justificar cuando se está a centenares o a miles de kilómetros del sitio. Esto ha pasado en todos los conflictos armados. Yo comencé en El Salvador, y allí había periodistas, con nombres y apellidos, que esperaban el informativo de la tarde –que daban las imágenes recogidas por los reporteros que iban a la zona de conflicto– para documentar los combates, escribiendo según lo que veían en la televisión. En los Balcanes pasó lo mismo. Con las redes sociales y el «periodismo-espectáculo», además, se ha multiplicado este modus operandi. Hay gente que está obsesionada con contar películas en Twitter o en Instagram. Y claro, están muy bien [estas redes sociales], y contar una historia muy buena es fantástico como multiplicador, ya que puede llegar a muchísima gente. Lo que no puede ser es contar historias sin estar en el lugar de los hechos.

«Con las redes sociales y el «periodismo-espectáculo», se ha multiplicado el modus operandi del ‘periodismo de corta y pega’»

¿Estamos ante un periodismo que explota las emociones más que la objetividad?

Las guerras son lo peor que le puede pasar a una sociedad: sus consecuencias van a durar décadas. Pase lo que pase en Ucrania, dure la guerra seis meses, un año o cinco, las secuelas van a durar décadas. En los Balcanes, aún hoy, 25 años después del fin de la Guerra de Bosnia, siguen presentes las consecuencias de aquella guerra en múltiples facetas, desde la destrucción económica del país a la destrucción de los puentes de convivencia entre las distintas comunidades. Cuando acabe la guerra en Ucrania, la relación entre ucranianos y rusos va a ser imposible, ya que las comunidades se radicalizan en este tipo de situaciones. En medio de estos aspectos brutales aparecen las escenas más dramáticas, vinculados a momentos de fuerte emoción: los muertos, los heridos, los bombardeos salvajes, la destrucción física, la destrucción psíquica de la sociedad. Todo esto, evidentemente, hay que documentarlo y denunciarlo, pero debe hacerse de una manera absolutamente integral, sin dejarse absorber por la propaganda, que es el «pan nuestro de cada día» de cualquier conflicto, suceda donde suceda. Y también hay que ser capaz no solo de hacer un seguimiento en los momentos más mediáticos, sino también cuando el conflicto queda silenciado o cuando los medios de comunicación dejan de interesarse. Piensa en Afganistán: el año pasado, los talibanes ocupan el país y, durante semanas, España se convierte en un «teatro de vanidades» en el que miles de personas hacen «ex cátedra» de un país que ni siquiera conocen.

¿No interesa lo humano una vez pasados los sucesos más vistosos?

Es el problema de cómo funcionan los medios de comunicación: en los españoles –el mundo anglosajón es bastante más serio trabajando– no hay continuidad de los temas. Es una manera de plantear las coberturas, con una presencia que se da solamente en momentos de gran impacto emocional.

En su experiencia, ¿qué hace que un pacífico ciudadano se convierta de la noche a la mañana en el verdugo de sus semejantes?

Acabo de publicar un libro hace poco, Violencia, mujeres y guerras (Blume), en el que aparecen fotografías de 26 conflictos armados. Con ello quiero decir que he cubierto mucho más de 20 conflictos armados en 40 años de carrera profesional, y en todos la tendencia es manipular a la población, crear enemigos por motivos étnicos, religiosos o ideológicos. Solamente es posible entender que un hutu asesine a un tutsi vecino [grupos étnicos africanos], viole a su mujer y les corte la cabeza a sus hijos si se ha creado previamente la idea de que el tutsi es el enemigo; es decir, si se ha deshumanizado al vecino. En Ruanda, mucho antes de que diera comienzo el genocidio, los ideólogos radicales hutus, a través de la propaganda, crearon la idea de que los tutsis no eran personas: los llamaban «cucarachas». Cuando llegaron a matar a los tutsis ya no dijeron «mate usted a su vecino», sino «mate usted a las cucarachas». Lo primero que hay que hacer para que una guerra funcione, por tanto, es destruir los puentes de convivencia entre las comunidades. Una vez que se consigue, todo es mucho más fácil a la hora de provocar el conflicto armado. De otra manera, la guerra sería imposible. No son culpables solo los que matan, los que disparan, los que llevan a la gente a los campos de concentración o los que la meten en la cámara de gas. También son culpables los que señalan a quién hay que matar, los que jalean a los que matan y los que miran para otro lado. Tras una guerra es difícil encontrar inocentes. A veces ni siquiera los niños se libran de la culpabilidad: en algunas guerras africanas, latinoamericanas o asiáticas, también ellos han cogido las armas.

¿Viviremos un retroceso desde la política de paz continental a una política de desconfianza mutua y rearme?

Hasta 1989 estaba la Guerra Fría. La Unión Soviética se descalabró totalmente y los europeos –y también Estados Unidos, que posee una gran influencia sobre Europa occidental– aprovecharon la coyuntura para golpear a la potencia defenestrada. Estonia, Letonia y Lituania, que evidentemente no querían estar bajo la batuta soviética, se convierten entonces en países independientes; en el este se colocan nuevos regímenes; en el oeste otros… Todo ello fue sucediendo con suma facilidad, ya que la Unión Soviética estaba totalmente destrozada por un proyecto económico e ideológico que moría posiblemente por sus propias sinergias. Y una potencia herida y maltratada y humillada… Los europeos han estado utilizando a Rusia como suministrador: nos interesa vuestro gas, nos interesan vuestras materias primas, nos interesa todo aquello que nos interesa económicamente. Sin embargo, no hemos sido capaces de darnos cuenta de que ese país estaba muy golpeado, con una población humillada y que podría aparecer, como de hecho ha aparecido, un tal Putin que se ha ido atrincherando, rearmando su país. Ha estado haciendo prácticas militares en Siria ante la pasividad absoluta de los europeos, y lo que han hecho allí no tiene perdón de Dios: bombardear salvajemente con su aviación a las poblaciones civiles porque supuestamente había yihadistas, quienes evidentemente se meten donde les da la gana, matando a civiles ante la inoperancia absoluta de Estados Unidos y los países de la comunidad europea. Hasta ahora, en que han decidido dar un nuevo paso que, claro, ha cogido a todos los europeos durmiendo, como ya pasó con los Balcanes en los años noventa. 

«Es alucinante que la Unión Europea no tenga hoy en día una política de defensa militar autónoma de Estados Unidos»

¿Desprevenidos completamente?

Bueno, «dormitando». La diplomacia europea y los políticos europeos en general… No los de ahora, que son en general bastante mediocres, sino los de los noventa. Me río mucho cuando dicen «es que en aquellos tiempos había mejores políticos». Mitterrand, Felipe González, Helmut Kohl, John Major, el mafioso Andreotti… ¿Eran mejores políticos que los actuales? ¿Esos mismos que miraron para otro lado cuando el patio trasero de la Europa de Maastricht, Yugoslavia, quedó destruida por cuatro o cinco fanáticos, entre ellos encabezados por Milošević? ¡No me hagan reír! La situación en Ucrania está tensionando fuertemente el mundo occidental, como ocurre con la subida del precio de los carburantes. Va a provocar que a partir de ahora las inversiones en armas se multipliquen, lo que va a proporcionar grandes dividendos a los «mercaderes de la muerte». No obstante, también está presionando al Tercer Mundo, ya que los productos básicos de primera necesidad no están llegando a los mercados, haciendo que se disparen los precios con una inflación galopante. Esto significa que vamos a tener que volver al carbón, a las nucleares y también, evidentemente, a una situación cada vez más compleja.

Con el aparentemente imparable auge de China o India y la creciente tensión no solo en el escenario asiático, sino con Estados Unidos, ¿hasta qué punto las naciones emergentes pueden jugar un papel protagonista en las nuevas guerras del futuro?

Lo que ha pasado en estos últimos 30 años –es decir, desde el fin de la Guerra Fría– es que ha habido un gran ganador, que es Estados Unidos, que junto con sus peones europeos –hemos sido tratados como peones en la OTAN– ha intentado humillar, o ha humillado, al gran perdedor, que es la Unión Soviética. Y de paso ha intentado darle una lección a la otra gran potencia mundial, China. Esto ha funcionado durante un tiempo: Rusia parecía, por decirlo de algún modo, un mosquito sin veneno para hacer nada, hasta que en 20 años de silencio han ido modernizando su arsenal bélico, tomando decisiones estratégicas, interviniendo aquí o allá y ayudando a gente que les interesaba, relacionándose con países que Estados Unidos y sus peones europeos los consideraban enemigos por sus regímenes, como es el caso de Irán o Venezuela. Ni a Rusia, ni a China, ni a India les interesan los problemas de los europeos: si en estos momentos pueden sacar beneficio aprovechando que «a río revuelto, ganancia de pescadores», lo van a hacer sin pensárselo dos veces. De nuevo, volvemos a lo de siempre: ¿qué ha pasado en Europa desde los últimos 30 años para que los peones europeos no hayan sido capaces de darse cuenta de que hay que cambiar las relaciones diplomáticas y relacionarse de una manera distinta con los países emergentes desde un punto de vista político, militar y económico?

¿La Unión Europea no proyecta respeto ante las grandes potencias?

La Unión Europea es un fenómeno de gigantismo económico y, al mismo tiempo, de enanismo militar, diplomático y estratégico. Es alucinante que una potencia de naciones tan poderosa no tenga hoy en día una política de defensa militar autónoma de Estados Unidos. Claro que para tener una política así hace falta tener un ejército europeo autónomo de Estados Unidos, no depender de un hermano mayor que dé las soluciones. 

A esta línea parece ajustarse la propuesta del presidente francés, Emmanuel Macron. 

Bueno, a Macron lo que le interesa es que el ejército europeo sea francés. Macron proviene de todo lo que ha sido la historia de Francia desde De Gaulle, que se creen que son la hostia (sic), como si ellos hubiesen liberado Europa durante la Segunda Guerra Mundial: Francia fue liberada gracias a Estados Unidos y, sobre todo, a los soviéticos. De lo contrario, no se hubiese liberado el país. De hecho, la mitad era colaboracionista del nazismo, una verdad que no han querido aceptar hasta hace muy poco. Necesitamos una política de defensa europea, un ejército europeo con un músculo militar capaz de hacer una intervención humanitaria en los Balcanes sin esperar a que Estados Unidos pegue un puñetazo encima de la mesa. Yo no soy ni pacifista ni militarista, simplemente analizo lo que está ocurriendo: si siempre tenemos que depender de un «hermano mayor», este nos va a utilizar como le dé la gana y cuando le interese a él, en función de temas propios. 

¿Ha llegado a su fin la época de la llamada pax americana y el orden mundial que conocemos?

No creo que un conflicto en el este de Europa provoque el hundimiento del mundo. Yo he estado en América Latina y en África y allí nadie habla de Ucrania. Les importa un carajo (sic). La gran damnificada del impacto de la crisis ucraniana es Europa. En la antigua Yugoslavia, en Bosnia, en Serbia y en Croacia hay gente que es muy radical, y de hecho a Putin sí que le gustaría coger algunas de estas piezas y utilizarlas. Pero claro, la Unión Europea debe ser lista y decirles: señores serbios, no jueguen con fuego, porque si ustedes, por cualquier razón, intentan implicar en un conflicto a los Balcanes, la UE no lo va a tolerar nunca jamás. Para eso antes hace falta creer en lo que son los derechos y los deberes de una potencia como es la Unión Europea. Y otra cosa importante: la OTAN, en vez de sumar países, debería limitar la influencia de Estados Unidos. A la OTAN, o la cambiamos de nombre… La OTAN debe ser un organismo de defensa europeo, con una menor participación de –e influencia– Estados Unidos.

«Los europeos, que vamos por ahí dando lecciones a todo el mundo, nos hemos estado matando de manera brutal hasta 1945»

¿Crees que existen o pueden existir motivaciones legítimas para hacer la guerra?

La guerra es ilegítima, debería ser el último estadio al que acudiésemos una vez que fuera imposible solucionar los problemas de otra manera. Llevamos, por tanto, toda la existencia matándonos. Los europeos, los «listos» de los últimos decenios, que vamos por ahí dando lecciones a todo el mundo, nos hemos estado matando de manera brutal hasta 1945. En el siglo pasado hubo dos guerras mundiales organizadas por los europeos y el campo de batalla central de la guerra fue Europa, con decenas de millones de muertos. Entre ambas guerras, de hecho, hubo más de 100 millones de muertos. Nos gusta la guerra, nos gusta matar. Mucha gente podría decir «yo no mataría en una guerra», pero yo digo lo mismo siempre que me encuentro con estudiantes de secundaria: «Estos niños que veis aquí enfrente mataron a sus padres en su primera misión bélica». Siempre aparece el chico o la chica más sensible diciendo «yo nunca mataría a mi padre o a mi madre». Y les digo siempre lo mismo: «No lo harías en Zaragoza a estas horas. En Sierra Leona, en Nigeria, en los Balcanes, en América Latina, en Asia, tú matarías porque, o matas, o te matan». Hay algo que es incuestionable: todos los seres humanos queremos vivir, y si para ello tenemos que matar, matamos. Dejemos de engatusarnos o de mirarnos el ombligo creyendo que somos mejores porque somos blanquísimos y europeos y porque hemos conseguido llegar a un supuesto final del camino, la democracia, antes que los demás. Seguimos siendo incendiarios, brutales.

Cuénteme más sobre el trabajo que ha llevado a cabo acerca de desapariciones forzosas.

Estuve 12 años trabajando sobre desaparecidos y fosas comunes en Colombia, en los Balcanes, en Bosnia, en Camboya, en Centroamérica y en España. Es un proyecto que presenté en 2011 y, desde entonces, sigo trabajando en España. Los huesos hablan, cuentan las brutalidades que les realizaron los carniceros en que se convirtieron nuestros vecinos, nuestros colegas, nuestros abuelos e incluso nuestros padres.

Es difícil establecer criterios de comportamiento ante el caos y el peligro de muerte ante un conflicto armado.

Es que hay muchas maneras de comportarse en un conflicto armado. Quienes hicieron las listas de la gente que había que sacar de sus casas para ejecutarlas en las guerras las hicieron gracias a la colaboración de multitud de personas. Los que hicieron las listas en Francia para llevarse a los judíos las hicieron gracias a los colaboradores franceses, entre ellos ciudadanos magníficos y maravillosos: el panadero, el tendero, el profesor de piano, la vecina que siempre deja a sus vecinos un par de huevos cuando les faltan para una cena… Esta gente fue colaboracionista y lo repito: no solamente se es culpable por acción, sino también por omisión.

¿Es el desafío contra el gregarismo es completamente minoritario? 

Los que intentan cambiar de manera violenta las circunstancias de la vida de las personas no se andan con chiquitas. 

Así es.

Yo trabajé mucho con niños soldado en Sierra Leona. Eran secuestrados a edades muy jóvenes –10 u 11 años– y eran convertidos en máquinas de matar. Las niñas soldado eran utilizadas como esclavas sexuales y muchas de ellas morían por la violencia sexual y las violaciones en cadena; en el caso de los niños su primera misión era en muchas ocasiones regresar a la aldea para matar a sus padres. Les pregunté a varios de ellos que habían matado a sus padres: «¿Tú mataste a tu padre?». Y decían: «Sí. Maté a mi padre, a mi madre y a mis dos hermanos». Y cuando les preguntaba por qué no se negaban. Decían: «Porque si me hubiera negado me hubieran matado a mí».

Pasando a otras cuestiones: ¿cree que tiene vida el fotoperiodismo en tiempos de redes sociales y trending topics

El fotoperiodismo, como el periodismo en general, sobrevivirá si los medios de comunicación son capaces –los dueños, los gerentes de los medios– de valorar económicamente y con seriedad los trabajos que realizan las personas especializadas. Mientras que un columnista de un periódico o un tertuliano gane más dinero desde su casa que un periodista que está sobre el terreno, vamos hacia el fin. Y como yo conozco las tarifas desde hace muchos años, puedo asegurar que estas se han ido deteriorando hasta niveles verdaderamente escandalosos. Y esto no solamente ha ocurrido por la crisis económica. Si alguien cuenta que esa es la razón hay que decirle con mayúsculas que está mintiendo. En los tiempos más boyantes, cuando los medios de comunicación españoles ganaban muchísimo dinero, ya existía una anomalía brutal en relación a lo que se pagaba a los periodistas independientes y a los colaboradores de prensa. 

«El periodismo sobrevivirá si los medios de comunicación son capaces de valorar económicamente el trabajo de las personas especializadas»

¿Y a qué cree que se debe esta tendencia? ¿A un tipo de censura, a un intento de que no exista un relato más racional que emocional…?

Se trata de un problema de desprecio al valor del trabajo. Algunos se creen que, por estar acomodados como directores de un medio en la oficina, con aire acondicionado, han de tener unos derechos económicos que no tiene que tener un periodista que está sobre el terreno y que, además, les permiten abrir sus periódicos con una historia de primera. Esto lo digo en el caso de España; hay países donde las cosas se hacen mejor. Pero insisto, llevo 40 años siendo trabajando ininterrumpidamente como periodista independiente en España y he trabajado con casi todos los medios de comunicación del país. En casa tengo guardadas las tarifas y las valoraciones económicas, algunas de las cuales es para que a las personas que estaban al frente se les cayera la cara de vergüenza. Y yo he luchado, batallado, y en ocasiones he dicho: «No, por ese dinero no trabajo». Pero también lo puedo hacer porque tengo más margen de maniobra: mis ingresos me pueden llegar de diferentes cosas, y si en una cobertura gasto tanto, luego tengo la posibilidad de tener derechos de autor, exposiciones, conferencias… Tengo alternativas. No obstante, quien intente sobrevivir solamente con el periodismo…

¿Qué le llevó a elegir el periodismo y en concreto esta rama de la profesión?

Cuando era muy pequeño, cuando tenía menos de 10 años, empecé a coleccionar sellos y aprenderme las capitales del mundo. Los sellos me llevaron a aprenderme las capitales del mundo. Todas, absolutamente todas: me sabía mejor aquellas ciudades que las tablas de multiplicar. Y lo que hacía cuando veía un sello era imaginar que un día podría ir a esos lugares. Veía Bahréin y quería ir a Bahréin; veía un sello del Alto Volta [actual Burkina Faso] y me imaginaba ir allí. Estaba todo el día imaginándome viajes y viajes. Sobre los 14 años comencé a decir que quería ser periodista porque quería viajar. Relacioné viajar con el periodismo. O si no, piloto de avión o comandante de avión, para poder viajar. Al final, ni los periodistas ni los comandantes de avión viajan, ya ves tú: viajan por el cielo, llegan a tierra, van a hotel a dormir…

Y no tienen tiempo para visitar nada, claro.

El caso es que mis compañeros del instituto me aseguran que yo era el único que tenía claro qué quería hacer ya con 14 años. Con 15 años fui el único estudiante de mi instituto –entre un millar– que iba con un diario bajo el brazo. Era un diario deportivo, pero que yo lo leía de punta a punta porque lo compraba con mi dinero. El mismo verano que cumplí los 16 empecé a trabajar de camarero, comenzando a leer periódicos de información general, como El País o La Vanguardia. Por supuesto, leía siempre mucho sobre la sección de «Internacional», ya que yo quería ser periodista para visitar muchos países, sobre todo aquellos en los que había conflictos. 

Le pilló justamente una época que era de gran efervescencia internacional.

En septiembre de 1980, los militares dieron un golpe de Estado en Turquía. Yo tenía un viaje previsto con mis amigos y, de repente, sucede aquello. Ellos querían suspender el viaje, así que yo me inventé que había hablado con la embajada de Turquía, que me aseguraban que no pasaba absolutamente nada en el país… [risas]. Yo me dije: «Coño, es ahora cuando hay que ir» (sic). 

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