Siglo XXI

Quimiofobia o la incomodidad de lo imperceptible

El concepto hace referencia al rechazo generalizado a las sustancias químicas, como las vacunas, los medicamentos o los productos fitosanitarios, pero ¿se sostiene más allá de un sesgo emocional?

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20
Jul
2022
quimiofobia

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Las limitaciones de nuestra percepción nos empujan a la ignorancia; esta, a su vez, genera incertidumbre, la cual a su vez genera miedo. Y es el miedo, en definitiva, la principal amenaza de nuestra integridad física y mental. Por eso tantos evitan la oscuridad o los insectos voladores. Incluso, sorprendentemente, los compuestos químicos.

Durante los últimos años, el impulso ecologista y la salud nutricional se han convertido en el talismán de algunas marcas de gran consumo. En este sentido, la incomodidad de lo imperceptible se capitaliza mediante publicidad y titulares engañosos, entre los se encuentran: «Así es el champú sin químicos que triunfa en (…)».

Pero los químicos, a pesar de nuestra percepción, no son malos per se: nuestro cuerpo es química, el aire que respiramos es química y, desde luego, todo lo que nos rodea es química. Quizás el producto que buscamos, por alergias u otras razones, lo preferimos sin parabenos (o ácido para-hidroxibenzoico), sin silicona o envuelto en un envase de cartón, pero no existe nada sin químicos. 

Este rechazo injustificado e inmediato de ciertos compuestos, como si fueran virus creados en laboratorios, recibe el peculiar sobrenombre de quimiofobia, un neologismo que podría ser consecuencia de otro fenómeno emergente, la biofilia (o la necesidad de estar en constante conexión con la naturaleza). La sensación de convivir en sintonía con los ecosistemas naturales nos da satisfacción, lo que puede reducir los niveles de estrés, ansiedad, enfado y dolor. No obstante, la voluntad de regresar a nuestras raíces sin entenderlas puede conducir a reflexiones falaces. Ni lo natural es sinónimo de beneficioso, ni lo artificial es sinónimo de perjudicial: el tétanos es natural, la vacuna que lo previene es artificial. La miopía es natural, las gafas que usamos, no. Tampoco significa que todo lo artificial sea beneficioso, ni mucho menos.

Ni lo natural es sinónimo de beneficioso, ni lo artificial lo es de perjudicial: el tétanos es natural, la vacuna que lo previene es artificial

La cuestión preocupante, sin embargo, surge cuando los titulares en diarios o la publicidad engañosa, remolcados por la moda vigente, tergiversan los hallazgos científicos (o la ausencia de ellos) para clasificar categóricamente los químicos. ¿Es que acaso hay químicos buenos y malos? A pesar de que se contestó por primera vez hace 500 años, todavía hoy nos cuesta integrar aquella sentencia de Paracelso: dosis solafacit venenum, o sea, solo la dosis hace el veneno. Cualquier sustancia puede ser beneficiosa o perjudicial: lo que realmente determina el resultado es la cantidad que se consume.

El ejemplo más revelador es el agua, un químico necesario para la vida, pero mortal si ingerimos siete litros de golpe. Sucede lo mismo con el oxígeno y la sal, pero también con el bótox que nos infiltramos para quitarnos años. Absolutamente cualquier cosa puede convertirse en un «químico perjudicial para la salud» si utilizamos las palabras adecuadas; si no, recuerden aquella campaña realizada contra Coca-Cola por sus colorantes cancerígenos: no se equivocaban, eran cancerígenos, pero únicamente si se bebían 1.000 refrescos al día.

Es algo que ocurre especialmente en el sector alimentario: no importa cuántos nutricionistas insistan en que el enemigo más peligroso de nuestra dieta es la grasa saturada o el exceso de azúcar, porque el miedo acaba depositado en los aditivos y conservantes. En efecto, hay compuestos añadidos artificialmente cuyo consumo abusivo –aunque humanamente realista– pueden provocar una alteración de la microbiota o contribuir al desarrollo de enfermedades metabólicas, según apuntan algunos médicos, pero estos casos no son generalizados; los afectados suelen ser, en realidad, las personas que basan su dieta principalmente en productos ultraprocesados y comida rápida.

La ley alimentaria española está regida por el principio de la precaución, que consiste en actuar rigurosamente contra posibles riesgos, incluso aunque no haya evidencia científica previa sobre los motivos que los han causado. Cada vez controlamos mejor nuestro entorno y lo adaptamos a las necesidades humanas, lo cual queda reflejado en el bienestar colectivo: prevenimos más enfermedades que nunca, las curamos y la esperanza de vida no deja de aumentar. Desafortunadamente, también hay errores y negligencias que, en ocasiones, pueden protagonizar titulares tramposos, razón por la que tan solo cabe aspirar a la mejora constante. Esa sería la mejor ilustración de nuestras capacidades perceptivas, que poco a poco nos irán alejando de la ignorancia y la incertidumbre y, con suerte, también del miedo.

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