Sociedad

En la cima de la ansiedad social

En pleno apogeo de las redes sociales y plataformas digitales, no cumplir con las expectativas que la sociedad impone nos conecta con el miedo al rechazo. Por eso, es fundamental clarificar y fortalecer nuestro sistema de valores, nuestra brújula vital.

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17
Mar
2022
ansiedad social

¿Y si no doy la talla? ¿Y si resulta que no cumplo con las expectativas? ¿Qué van a pensar de mí? Alcanzar y mantener cierto estatus social a veces cuesta. Y el miedo que puede llegar a generar no conseguirlo es comprensible. Pero hay que tener cuidado, porque cuando ese miedo se transforma en ansiedad aparece el problema. «Es comprensible porque si no alcanzamos o mantenemos cierto estatus, perdemos beneficios y oportunidades. El problema surge cuando lo vivimos de manera extrema y absolutista, como si fuéramos a perder todo por cada posible error que cometiéramos y nos perdemos en escenas mentales de fracaso y expulsión», afirma Rocío Lacasa, psicóloga experta en ansiedad y estrés. Y advierte: «Dejarse atrapar por ese miedo tiene efectos muy diversos que repercuten en el estado de ánimo y el comportamiento: ansiedad, depresión, trastornos, adicciones». 

No cumplir con las expectativas que la sociedad impone, nos conecta con el miedo al rechazo, a la humillación, a la exclusión. «Al final, somos seres sociales y, desde un punto de vista evolutivo, seguimos condicionados por un cerebro primitivo para el que la exclusión significaba la expulsión de la tribu y, por tanto, la muerte», explica Lacasa. La necesidad de aceptación y pertenencia eran –y son– mecanismos de supervivencia. En la actualidad, la exclusión no supone tal riesgo, pero nuestro organismo sigue activando los mismos recursos de autoprotección ante «amenazas y pérdidas que hoy tienen que ver con perder el estatus social o la imagen positiva que otros puedan percibir de nosotros», señala.

En pleno apogeo de las redes sociales y plataformas digitales, la sensación de fracaso si no se logra cierta posición social es apabullante. Y los niveles de ansiedad que esto genera son preocupantes. La economía digital ha transformado la manera en la que trabajamos, nos comunicamos, nos relacionamos, modificando con ello las normas sociales. «Ahora estamos más expuestos y somos constantemente evaluados, lo que dispara la presión social», explica esta psicóloga. «Cuanto más inmediata y masiva sea la presión social, más influencia tiene sobre un individuo».

La tendencia de las redes sociales es fomentar un ideal de persona que representa lo que nos gustaría ser o lo que potencialmente deberíamos ser –según las fluctuantes normas sociales–y al compararnos con ese ideal surge la sensación de fracaso. «Las características propias de las redes sociales hacen que esa comparación parta de estándares irreales», dice Lacasa.

Lacasa: «El contexto actual facilita encontrar posturas polarizadas que promueven el juicio social y tambalean nuestra seguridad»

Estas herramientas digitales están diseñadas de tal forma que permiten una manipulación estratégica en la que el individuo «es consciente de que puede falsificar o distorsionar su presentación ante los demás con el fin de causar una determinada impresión»; ese es uno de los motivos por los que los usuarios invierten tal cantidad de tiempo escogiendo la información que suben a las redes y pensando en su efecto. Además, añade, el anonimato de algunas de estas plataformas permite expresar y explorar partes más ocultas de uno mismo o incluso exteriorizar ese ser deseado que nos aleja del Yo real. Algo que no pasa en una interacción cara a cara, donde la presencia corporal hace más difícil pretender ser alguien que uno no es.

Ya sea en el mundo analógico o digital, la comparación con un ideal disminuye la confianza en uno mismo y dificulta la aceptación plena de quiénes somos realmente. En el capitalismo del me gusta (como tan acertadamente lo ha etiquetado el filósofo surcoreano Byung-Chul Han), la necesidad de dar y mantener una imagen que atraiga al mayor número de seguidores posibles llega incluso a ir en contra de nuestros valores. Y esta situación se ha acrecentado durante la pandemia, debido a que hemos multiplicado nuestra exposición en las redes sociales y plataformas digitales. Nuestra nueva realidad (cada vez más virtual) viene moldeada por un algoritmo que nadie entiende, pero que determina qué es éxito y qué fracaso, que está de moda y qué demodé y que, además, genera información sesgada, amplifica las emociones negativas y fomenta la competitividad y la confrontación. «El contexto actual facilita encontrar posturas polarizadas que promueven el juicio social y tambalean nuestra seguridad», explica Lacasa.

Por eso es tan importante clarificar y fortalecer nuestro sistema de valores, nuestra brújula vital. «Cuando nos enfocamos en las metas en lugar de en nuestros valores, generamos satisfacción inmediata, en el corto plazo. Eso nos confunde y nos mantiene en dinámicas adictivas en búsqueda de conseguir y mantener la aprobación y admiración externas». La solución, propone Lacasa, pasa por una auto-aceptación incondicional que suavice las exigencias internas, más que en una autoestima frágil y dependiente de logros que nos hace fácilmente manipulables. Pero, sobre todo, implica «custodiar nuestra atención, decidiendo qué uso vamos a hacer de las redes sociales [y] reconociendo su inevitable efecto», concluye.

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