Opinión

Lectura de verano

Igual que el guerrero prepara con esmero su panoplia y con la misma ilusión que de niños doblábamos la equipación la noche antes del partido, muchos veraneantes acuden con disciplina a las librerías para abastecerse de la lectura que los acompañará durante el descanso. Porque es en esta época estival cuando se lee como respiran las ballenas: tomando un aire que habrá de hacerse imprescindible cuando llegue, otra vez, la oscura rutina del invierno.

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29
Jul
2022

Lo mejor de cualquier fiesta o de cualquier viaje es siempre la víspera. Nadie puede decepcionarse durante los preparativos y la imaginación es ese lugar donde se asienta naturalmente la ilusión de los mortales. En la previa de una cita todo sale como lo soñamos y la antesala de las vacaciones es más prometedora que el más perfecto de los viajes.

En nuestra ensoñación estival no hay vuelos con retraso, temperaturas extremas ni una pareja de recién casados que amenace con querer hacer amigos. La expectativa de casi todo es más feliz que la experiencia y este es el motivo por el que uno de los momentos más prometedores del verano es ese día en el que se hace el acopio de lectura.

Igual que el guerrero prepara con esmero su panoplia y con la misma ilusión que de niños doblábamos la equipación la noche antes del partido, muchos veraneantes acuden con disciplina a las librerías para abastecerse de la lectura que los acompañará durante el descanso. 

Este es el verdadero prólogo de las vacaciones, aunque esas lecturas albergarán también su peligro y su aventura. A esos pobres libros de verano les aguarda su desafío pues no hay edición que sobreviva al salitre o al levante, como tampoco hay tinta que resista la bendición del dedo marcado por el cloro.

«A veces nos gustaría que nuestro gusto fuera otro y solo un necio no querría ser mejor lector de lo que es»

Es un instante amable, aunque también es la ocasión en la que tentamos la distancia entre lo que somos y lo que desearíamos ser. A veces nos gustaría que nuestro gusto fuera otro y solo un necio no querría ser mejor lector de lo que es. Así, existen libros que nos miran de reojo, a los que año tras año nos encomendamos hasta el siguiente verano. Y hay lecturas que sabemos que querríamos acometer y ante las que estos días nos arrojan, maldito sea el kairós, a ese dilema del ahora o nunca.  Al menos en mi caso, suele ganar la segunda opción.

Enmendando a Tolstói diremos que aunque todas las lecturas malas se parecen, las buenas lo son cada una a su manera. A la canción del verano se le presuponen ciertos rasgos, muchos de ellos discutibles. Pero la lectura estival admite características contrarias. Todo está permitido y en ese amplio horizonte librescamente libertino nos toca felizmente resolvernos.

«El verano es ese momento donde una actividad tan íntima y privada como la lectura se celebra a la luz de todos»

Como tantas veces –así ocurre con todo lo que importa–, existen dos extremos. Algunas personas eligen una lectura especialmente ligera y otras optan por ese clásico sesudo imposible de asumir durante el año. Hay novelas que saben a piscina y que son capaces de devolverte al verano aunque las leas en pleno enero. Pasa con Trueba y pasa, a veces, también con Casavella. Son libros excelentes pues la capacidad de escribir ligero es una de las mayores expresiones en las que se manifiesta la gracia.

Pero hay otras lecturas de hondura que requieren de cierto letargo terminal para poder ser afrontadas. Son gigantomaquias que uno sólo asume cuando sabe que le quedan semanas por delante para poder derrotarlas. Y como en todo duelo o gesto heroico, son imprescindibles los testigos. Porque esa es otra: el verano es ese momento donde una actividad tan íntima y privada como la lectura se celebra a la luz de todos. Hasta hay quien lee para contarlo, y no me parece mal.

Existe un último justo. Es ese lector rutinario, padre antiguo, como de la Transición, que mantiene su inveterada costumbre de comprar la prensa en papel, bajar a la playa y vigilar de reojo a los niños para que no se nos ahoguen. Y allí lo encontrarán, anclado en Salobreña, un marinero en tierra bregándose con las páginas del tabloide, como si fueran las velas de una goleta, entre el viento y la arena.

Sea lo que sea, hay que leer en verano y, sobre todo, defender el silencio que todo texto exige. Porque de las lecturas de agosto viviremos el resto del año. Porque en verano se lee como respiran las ballenas: tomando un aire que habrá de hacerse imprescindible cuando llegue, otra vez, la oscura rutina del invierno.

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