Biodiversidad

Una breve historia de las abejas

En ‘Una historia con aguijón’ (Capitan Swing), el afamado conservacionista Dave Goulson incluye investigaciones originales sobre los hábitos de las abejas, su origen e historia, así como consejos sobre cómo protegerlas para las generaciones futuras.

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16
Jun
2022
abejas

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Retrocedamos 135 millones de años en el tiempo. El inmenso continente de Gondwana empezaba a fragmentarse: América del Sur se separaba de África occidental y Australia se alejaba majestuosamente hacia el este, condenando a la mayoría de sus especies a una gélida sepultura de la que solo se librarían aquellas con mayor capacidad de adaptación. El océano Atlántico Sur y el océano Índico se encontraban en su lento proceso de formación.

En estos tiempos remotos, una era que los geólogos denominan el Cretácico, los continentes estaban cubiertos de bosques de helechos, cícadas, enormes colas de caballo y coníferas como pinos y cedros. Fue en este periodo geológico cuando el reino de los dinosaurios alcanzó su momento de máximo esplendor, aunque no con las especies tan conocidas por los niños de todo el mundo. Entre los árboles pacían manadas de grandes herbívoros, como el iguanodón, que se apoyaba en las patas traseras para alcanzar las ramas altas del follaje; animales como el Gastonia, un dinosaurio parecido a un tanque, arrasaban el suelo provistos de imponentes armaduras; y manadas de fieros carnívoros, como el Utahraptor, salían a cazar sus presas. El aire estaba plagado de insectos primitivos, entre los que no faltaban las libélulas gigantes y las primeras mariposas, y esta era también la época de apogeo de los pterosaurios, los animales más grandes que jamás han sobrevolado la Tierra, con una envergadura de alas de hasta doce metros. Otros dinosaurios, más pequeños, también habían empezado a volar. Las plumas, que estas criaturas desarrollaron probablemente en un principio con el fin de conservar el calor, se volvieron más largas en las patas delanteras, para permitirles deslizarse primero por el aire y más tarde volar activamente.

Estos dinosaurios fueron las primeras aves. Nuestros antepasados eran por aquel entonces muy pequeños, seres que merodeaban como ratas entre la maleza y salían de noche, asustados, a picotear insectos, semillas y frutos caídos de los árboles. Si pudiéramos viajar a este planeta, la preocupación por los peligros que entrañaban aquellas criaturas enormes no nos permitiría fijarnos en que allí no había flores. Ni orquídeas, ni ranúnculos, ni margaritas, ni flores de cerezo, ni dedaleras en los claros del bosque. Y, por más que aguzásemos el oído, no oiríamos el peculiar zumbido de las abejas. Pero todo eso estaba a punto de cambiar.

Hace 135 millones de años, prácticamente todas las plantas esparcían el polen con ayuda del viento

El sexo siempre ha sido difícil para las plantas, debido a que no pueden moverse. Cuando uno no se puede mover, encontrar un compañero con el que intercambiar las células sexuales resulta complicado. El equivalente al esperma de las plantas es el polen, y el desafío al que se enfrenta una planta es el de conseguir que el polen llegue a los órganos reproductores de otra planta femenina. Esto no es fácil cuando uno está enraizado en el suelo. La primera solución, que todavía siguen utilizando algunas plantas, es servirse del viento. Hace 135 millones de años, prácticamente todas las plantas esparcían el polen con ayuda del viento y albergaban la incierta esperanza de que alguna partícula aterrizara, por casualidad, sobre una flor femenina. Como cabe imaginar, el sistema era muy ineficiente, por no hablar del derroche que representaba, pues cerca del 99,9% del polen se perdía en el intento: o caía al suelo o llegaba hasta el mar. Para compensar la pérdida, las plantas tenían que producir ingentes cantidades de polen.

Como la naturaleza aborrece el derroche, era solo cuestión de tiempo que el inexorable avance de la evolución encontrase una fórmula más segura: los insectos. El polen tiene un alto valor nutritivo. Algunos insectos voladores empezaron entonces a alimentarse de polen y no tardaron en especializarse en esta tarea. Al volar de flor en flor en busca de alimento, los insectos llevaban por azar granos de polen adheridos al cuerpo, atrapados en el pelo o en las articulaciones de sus segmentos. Cuando un grano de polen caía en los órganos femeninos de una flor, esta se polinizaba, y fue así como los insectos se convirtieron en los primeros polinizadores o facilitadores del sexo para las plantas. Había comenzado una relación de ayuda mutua que iba a transformar el aspecto del planeta. Aunque los insectos consumían la mayor parte del polen, esta práctica supuso una notable ventaja para las plantas, en comparación con los inciertos resultados del viento.

En un principio, los insectos tenían que localizar las discretas flores marrones o verdes entre el follaje. Ahora, las plantas contaban con la ventaja de anunciar la presencia de sus flores, de manera que atraían a los insectos más deprisa y los alejaban de sus competidores. Fue así como comenzó la campaña de publicidad más larga de la historia, cuando los primeros lirios de agua y las magnolias empezaron a producir unos pétalos blancos que llamaban poderosamente la atención en mitad de los bosques verdes. Es posible que los primeros polinizadores fueran los escarabajos, de los que muchos lirios de agua siguen dependiendo hoy en día. Gracias a este nuevo y fiable método de polinización, las plantas polinizadas por los insectos se reprodujeron y diversificaron con enorme éxito. Las diferentes especies de plantas empezaron a disputarse la atención de los insectos, desarrollando vivos colores y formas muy complicadas, y la Tierra se vistió de flores. En esta batalla por atraer a los polinizadores, algunas flores recurrieron a un arma adicional: comenzaron a producir el dulce néctar como recompensa extra. Con la proliferación de estas plantas, aumentaron las oportunidades de los insectos para especializarse en la recolección, y las mariposas, además de algunas moscas, desarrollaron unos órganos bucales largos y en forma de tubo que les facilitaban la succión del néctar. Fue entonces cuando apareció el grupo de especialistas más eficiente, las abejas, que siguen siendo las maestras en el arte de la recolección del néctar y el polen.

Es posible que los primeros polinizadores fueran los escarabajos, de los que muchos lirios de agua siguen dependiendo hoy en día

Las abejas se alimentan más o menos exclusivamente de néctar y polen a lo largo de toda la vida. Mientras que muchos otros insectos, como las mariposas y los sírfidos, se alimentan de flores cuando son adultos, muy pocos lo hacen también en la juventud. La distribución de las flores en el entorno es escasa, y los insectos inmaduros no pueden volar de unas a otras, ya que solo los adultos tienen alas. La innovación única de las abejas consiste en que las hembras adultas recolectan el alimento para su prole y, por tanto, las larvas no necesitan moverse en absoluto. En su fase larvaria, las abejas son como los gusanos: no tienen patas y son en general seres muy débiles, indefensos y dotados de una capacidad de movimiento muy reducida. Dependen totalmente del alimento que les ofrecen las abejas adultas.

Las primeras abejas evolucionaron a partir de las avispas, que eran y siguen siendo depredadoras. Su nombre evoca la imagen de insectos amarillos y negros que a menudo construyen grandes nidos en desvanes y cobertizos de jardín y pueden llegar a ser sumamente molestos a finales del verano, cuando su población se multiplica y la escasez de alimento les obliga a entrar en las casas y acercarse a nuestras mesas de pícnic. Lo cierto es que hay una enorme variedad de especies de avispas, y en su mayoría no se comportan así. Muchas de ellas son parásitas y tienen un estilo de vida truculento que probablemente sirvió de inspiración para Alien, la película de ciencia ficción. Las hembras de estas avispas depositan sus huevos en el interior de otros insectos, inyectándolos a través de un tubo con la punta afilada. Una vez incubadas, las larvas devoran las entrañas de sus anfitriones y abandonan finalmente el cuerpo de la víctima agonizante para formar la crisálida. Otras especies de avispa cazan para alimentar a sus larvas en el nido, construido normalmente en una madriguera subterránea, donde depositan los cadáveres o los cuerpos paralizados, aunque vivos todavía, de sus presas predilectas. Atacan a una amplia diversidad de insectos y arañas, como pulgones, saltamontes o escarabajos, según las preferencias de cada especie. En algún momento de la evolución, una avispa esfécida hizo la prueba de abastecer su nido con polen en lugar de insectos muertos. Como el polen es rico en proteínas, debió de ser un buen suplemento nutricional, sobre todo en los momentos en que escaseaban las presas. La primera abeja apareció cuando la avispa empezó a alimentar a su prole exclusivamente con polen.

Las primeras abejas evolucionaron a partir de las avispas, que eran y siguen siendo depredadoras

No sabemos con exactitud cuándo ocurrió, pues es raro encontrar insectos fósiles y eso nos obliga a reconstruir su historia a partir de la dispersa información disponible. De vez en cuando, un insecto queda atrapado en la resina de los árboles, que al fosilizarse se convierte en ámbar y conserva para la eternidad en un hermoso fragmento sólido al ejemplar cautivo. Los insectos que andan despacio, como las hormigas, quedan atrapados con mayor frecuencia, pero las abejas no suelen ser tan incautas, de ahí que apenas se encuentren restos fósiles. La abeja más antigua conservada en ámbar tiene alrededor de ochenta millones de años y es un ejemplar de una especie conocida como abeja sin aguijón, similar a las que hoy viven en América del Sur. Pertenece a una especie de abejas sociales muy avanzadas, que se agrupan en inmensas colonias, por lo que es fácil deducir que las primeras abejas ya volaban mucho antes que ella.

Una fuente de información muy distinta sobre la evolución de los insectos la ofrece el análisis de la secuencia de ADN, que nos permite calcular la antigüedad de los diferentes linajes evolutivos. Los estudios comparativos del ADN de las avispas y las abejas sugieren que las primeras abejas aparecieron hace unos 130 millones de años, 50 millones de años antes del primer fósil de abeja conocido y probablemente muy poco después de la aparición de las flores, en el Cretácico.

A lo largo de milenios, las abejas han desarrollado diversas estrategias de adaptación para alimentarse de las flores. Muchas especies se han vuelto peludas, porque el pelo les ayuda a desprender el polen de las flores y también a transportarlo durante el vuelo. La abeja cortadora, por ejemplo, almacena el polen entre la densa capa de pelo que le cubre el abdomen; por eso las abejas a menudo tienen el vientre de un color amarillo claro. Los abejorros y las abejas de la miel tienen unas pilosidades duras en las patas traseras con las que forman un cestillo en el que guardan el polen. Cuando alguien visita las flores en busca de polen, es natural que recolecte también el néctar, rico en azúcar necesario para resistir el vuelo. El néctar es costoso de producir para las plantas, de ahí que muchas flores hayan desarrollado con el tiempo diversos sistemas de ocultación, asegurándose de que solo los insectos que les proporcionan un suministro de polen fiable puedan disfrutar de este alimento. Muchas abejas han desarrollado lenguas cada vez más largas para extraer el néctar escondido en las flores. Algunas tienen ahora la lengua más larga que el cuerpo.


Este es un fragmento de ‘Una historia con aguijón‘ (Capitan Swing), por Dave Goulson. 

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