Eve MacDonald
Cartago
¿Qué fue Cartago y quiénes eran los cartagineses? ¿Por qué los romanos los destruyeron con tanta saña?
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La ciudad está en llamas, presa de un incendio que han provocado los romanos tras tres largos años de asedio. Los últimos supervivientes se refugian en la gran ciudadela, conocida como la colina de Birsa. Entre estos pocos desesperados se encuentra la esposa del comandante de Cartago. Desconocemos su nombre, pero sabemos que su marido era Asdrúbal y que los dos hijos del matrimonio se encontraban con ella. Vestida con sus mejores galas, contempla desde las murallas la carnicería que tiene lugar a sus pies. Ve cómo arde su hermosa ciudad: estampas de un caos, una muerte y un sufrimiento inimaginables. Es testigo del fin de Cartago, de los últimos momentos de la ciudad, en el año 146 a. e. c. Durante seis días y seis noches, los soldados romanos han combatido y matado, abriéndose camino desde los puertos, a través del mercado, calle por calle, enfrentándose a la resistencia de la población local, hasta alcanzar la cima de la colina. Una resistencia tan feroz que los romanos han tenido que recurrir a un servicio de limpieza cuya única tarea ha consistido en apartar los cadáveres para que pudieran pasar los refuerzos que llegaban en masa. La infantería, armada hasta los dientes, los célebres legionarios, han sido implacables en su destrucción. De pronto, la esposa de Asdrúbal divisa desde la ciudadela al comandante romano, Escipión Emiliano, nieto adoptivo del famoso Escipión el Africano, el general que derrotó a Aníbal.
Mira con más atención y ve a su marido, Asdrúbal, rendirse ante Escipión, arrodillarse a sus pies.
Durante seiscientos años, Cartago fue una presencia dominante en la historia del mundo antiguo, una potencia fundamental del Mediterráneo occidental
La esposa de Asdrúbal se dirige entonces al general romano desde las murallas y, según cita un historiador posterior llamado Apiano, le dice: «No tienen los dioses por tu causa, romano, motivo alguno para indignarse, pues ejerces el derecho de la guerra». Con estas palabras absuelve a sus enemigos de la destrucción de su ciudad. Mientras le habla al invasor, fija la mirada en su marido, que no obtiene tal absolución: «Que los dioses de Cartago se venguen de este Asdrúbal, que ha traicionado a su patria y a sus templos, que me ha traicionado a mí y a sus hijos, y que tú, romano, seas su instrumento». Porque la traición de Asdrúbal es tanto pública, en su papel de magistrado supremo y defensor de Cartago, como personal, en tanto que marido que ha fallado en el cumplimiento de sus deberes. Asdrúbal ha renegado de sus juramentos a la ciudad y a sus dioses, y ha abandonado a su mujer y a sus hijos a su suerte. Ella lo llama miserable y traidor, y se burla de su futuro inmediato, el de convertirse en «adorno de un triunfo romano» cuando lo paseen por las calles de Roma como trofeo de guerra. Después lo acusa de ser «el más afeminado de los hombres» y de haber abandonado a su familia para que fuera pasto de las llamas. Tras estas palabras, las últimas pronunciadas por un cartaginés, se vuelve y mata a sus propios y aterrorizados hijos arrojándolos al fuego, para, acto seguido, lanzarse tras ellos. El fin de Cartago adviene con esta declaración definitiva de muerte antes que esclavitud, de suicidio antes que dejarse capturar.
Pero ¿qué fue Cartago y quiénes eran los cartagineses? ¿Por qué los romanos los destruyeron con tanta saña? Estas preguntas no han dejado de cautivarme desde que pisé por primera vez el lugar donde un día se alzó la antigua Cartago, cerca de la moderna ciudad de Túnez, en el país del mismo nombre. La belleza de aquel sitio me hechizó, junto con los persistentes recuerdos que lo pueblan y la multitud de rostros que pululaban por sus calles. Durante seiscientos años, Cartago fue una presencia dominante en la historia del mundo antiguo, una potencia fundamental del Mediterráneo occidental, pero su importancia fue barrida del mapa por los romanos durante los siglos posteriores a su conquista.
Este texto es un extracto de ‘Cartago’ (Taurus), de Eve MacDonald.
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