Opinión

Salvemos al capitalismo de los capitalistas

Una de las máximas éticas del capitalismo consiste en respetar la dignidad de todo ser humano: el intercambio libre entre dos individuos se debe basar en la consideración mutua, sin coerciones ni privilegios.

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13
May
2022
capitalismo

La secreta ventaja moral del capitalismo frente a otros sistemas económicos es que cuanto más usamos el dinero, menos cosas están a la venta. Piensen en cualquier sociedad medianamente compleja que no opere sobre una base monetaria, como los regímenes comunistas o las sociedades agrarias donde rigen los trueques. En ellas, casi todo está en venta: tus hijos para trabajar en el campo, tus hijas –o esposa– para pagar favores sexuales al burócrata del partido, tu tiempo, tu esfuerzo, tu vida. Y el precio no es público, abierto o reclamable frente a una autoridad de la competencia o una asociación de consumidores. 

En la zona rural en la que crecí, las familias intercambiaban todo tipo de bienes –de los huevos y la leche a los jerséis zurcidos y los tractores– y servicios –lo que incluía desde el corte de pelo a la recolección de las patatas–. En principio eran favores voluntarios, pero a pesar de su naturaleza bondadosa, estos generaban una red de obligaciones sujeta a un permanente arbitrio. 

El resultado podía ser maravilloso: una idílica comunidad de personas compartiendo sus vidas sin estar sometidos al vil metal. No obstante, el efecto también podía ser un conflicto continuo con los vecinos por la imposibilidad de medir con exactitud los bienes y servicios transferidos. No era infrecuente que, durante largos periodos de tiempo, la mitad del pueblo no se hablara con la otra mitad. No quiero ni imaginar cómo debieron sufrir mis compañeros de universidad de Europa del Este, que crecieron en sociedades donde a la ausencia del mercado libre se sumaba la presencia de la Stasi y la policía soviética.

El dinero es el mecanismo de intercambio más justo, así que bendito sea el capitalismo. Quizás el término capitalismo no sea el más adecuado, ya que los ‘-ismos’ nunca ayudan y su esencia no es la acumulación de capital, sino el libre intercambio –sin coerciones– entre las personas de bienes y servicios. El término ‘mercado libre’, por ejemplo, me parece más apropiado.

La virtud ética del capitalismo es que, al poner precio a unos productos, permite que otros no lo tengan. Las notas en la escuela o las recetas del médico no dependen hoy, como sí ocurría antaño en gran parte de España, de si le das una gallina o una botella de licor a la maestra o a la médica del pueblo. La compra de servicios públicos o de los cuerpos de los adolescentes de la familia está fuera de los intercambios monetarios permitidos. ¿No hay corrupción con dinero? Sí, cierto: hay profesores y facultativos que se venden a cambio de un sobre con dinero, pero no es un fenómeno generalizado en la mayoría de democracias capitalistas. Y en todo caso, está mal visto. Lo saben incluso los corruptos, que curiosamente nunca se pasan el sobre a plena luz del día, sino a escondidas.

«El dinero es el mecanismo de intercambio más justo, así que bendito sea el mercado libre»

Tanto los defensores del capitalismo como sus críticos más acérrimos suelen olvidar que el capitalismo, para funcionar, exige el cumplimiento de esa regla primera regla ética: al mercado lo que es del mercado; y lo que no es del mercado, no puede ir al mercado. Violarla supone un daño no solo a las partes implicadas, sino a la legitimidad del sistema, incluso aunque sea legal. Por ejemplo, no es correcto mercadear con las comisiones para llevar la Supercopa de España a Arabia Saudí, especialmente si la situación se da entre un directivo de la Real Federación Española de Fútbol, cuyo salario depende de los ingresos totales de la organización que dirige, y un futbolista que no solo tiene acceso privilegiado a dicha federación, sino también un fuerte interés como miembro de uno de los grandes clubes del país. 

La segunda máxima ética del capitalismo consiste en respetar la dignidad de los demás. Según la economista Deirdre McCloskey, la revolución capitalista –que se gestó en las provincias holandesas y la Gran Bretaña de los siglos XVII y XVIII, extendiéndose poco a poco por todo el mundo desde entonces– se fundó en la idea de que todas las personas eran merecedoras de una misma dignidad. Nadie, ni los miembros del clero o la aristocracia, debía gozar de privilegios: el intercambio libre entre dos individuos se tenía que basar en el respeto mutuo. El presidente de una eléctrica que llama «tontos» a los 10 millones de consumidores acogidos a la tarifa regulada –pagando hasta el triple de lo que le cuesta a la compañía– no está tratando con la dignidad debida a sus clientes. De nuevo, esta ruptura de los códigos éticos no escritos del capitalismo daña todo el sistema económico.

Si se suma a estos ejemplos los escándalos de la compra de mascarillas, con comisionistas sin escrúpulos que han exprimido las arcas públicas en un momento en el que el país exigía solidaridad, el resultado es éticamente deprimente. La supervivencia de nuestro sistema, la democracia de libre mercado, depende más de la enseñanza de ética en los negocios que de la coyuntura económica global. La inflación inmoral es más grave que la de los precios. 

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