Cultura

El arte se rebela contra quien vigila

Drones, satélites de reconocimiento, plataformas sociales… En pos de la seguridad, estos artefactos de vigilancia masiva han ganado presencia en nuestra vida cotidiana. Tradicional herramienta de subversión y rebeldía, el arte se mantiene como una forma de denunciar las invasiones tecnológicas contra nuestra privacidad.

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31
Mar
2021

Aunque ahora viajar nos parece algo que llevamos siglos sin hacer, imagina que cada vez que hubieses pisado un aeropuerto hubieses invertido unos segundos en tomar una foto de alguno de sus rincones. Que te hubieses parado a retratar sus escaleras mecánicas, sus cintas de equipajes, sus puertas de embarque… o todas y cada una de las comidas que te han servido durante años en los aviones. O las camas de los hoteles en los que has dormido. Si viajas una o dos veces al mes y llevas un par de décadas siguiendo ese ritmo, la colección es ingente. Puede parecer una locura porque, al fin y al cabo, ¿quién iba a querer conservar detalles tan nimios de su cotidianidad? «Muchos no se dan cuenta de que, hoy en día, sus teléfonos móviles rastrean su vida de forma aún más precisa», explica Hasan Elahi, artista y profesor de Arte en la Universidad de Maryland.

Elahi es autor de Tracking Transience, un trabajo basado en un archivo masivo de fotografías con ese tipo de detalles que recopiló para el FBI en sus viajes durante los últimos veinte años. Y, ahora ya, para cualquiera. El inicio de su historia parece propio de una película: en el año 2002, cuando regresaba a Estados Unidos tras una exposición en el extranjero, unos agentes federales le detuvieron para interrogarle tras confundirle con un terrorista. Después de seis meses de entrevistas esporádicas con el servicio de inteligencia estadounidense, Elahi decidió que, para evitar problemas, les llamaría voluntariamente cada vez que tomase un avión para darles los detalles del viaje. Con el tiempo, las llamadas se convirtieron en correos electrónicos que empezaron a incluir fotografías y, de repente, se dio cuenta que tenía un enorme trabajo artístico basado en su propia vigilancia. «El FBI tiene un expediente sobre mí, pero quién sabe cuán detallado es. El acceso restringido a esta información es lo que hace que esta commodity tenga valor, así que he creado mi propio expediente y lo he hecho público», explica el autor. Y añade: «Haciendo esto, estoy inundando un mercado –el de la inteligencia– y devaluando una divisa –la información–».

Elahi: «El arte puede mostrar sistemas escondidos que no son visibles para los ciudadanos»

El profesor Elahi no es el único que ha tenido una idea similar. Paolo Cirio es otro artista cuyo trabajo también denuncia el abuso de poder y la intromisión de las agencias de inteligencia en la vida privada de los ciudadanos. En su obra Overexposed series (2015), expone los rostros de nueve oficiales del FBI, la CIA o la NSA mencionados en las declaraciones de Edward Snowden. Las fotos las obtuvo de distintas plataformas públicas de la red sin que los funcionarios pudieran hacer nada por impedirlo, y con ellas creó imágenes a gran escala que colocó en distintos sitios públicos de París, Londres y Nueva York. No era la primera vez que Cirio denunciaba la apropiación indebida de la privacidad de las personas: con Google Ghost (2012) señaló a Google por la usurpación que su herramienta Street View hace de ciudadanos anónimos al captar sus imágenes vía satélite sin permiso. Entonces, cogió al azar fotos que transformó en pósteres tamaño real y que luego pegó en los rincones exactos donde la compañía había captado la instantánea, haciendo pública estas prácticas corporativas. «El arte puede mostrar sistemas escondidos que generan formas de vigilancia masiva o escenarios y consecuencias que todavía no son visibles para los ciudadanos», explica.

Sin anonimato

Desde que George W. Bush comenzara la llamada «guerra contra el terror» tras los atentados del 11-S, aparatos como drones, satélites de reconocimiento o todo tipo de plataformas y redes sociales han ido ganando terreno. De hecho, en pos de la seguridad nacional, todos ellos se han convertido de una u otra forma en elementos comunes de nuestro entorno. Lejos de limitarse a ser meras medidas de protección ciudadana, son testigos –o espías– de nuestras rutinas, el ojo omnipresente que capta todo y analiza el comportamiento de unos ciudadanos que están sometidos a una constante vigilancia. El anonimato no existe en el espacio público, pero tampoco la privacidad cuando estamos en casa: de los aparatos tecnológicos –ordenador portátil, smartphone, Alexa– a las redes sociales, todo contribuye para exponernos a un control y escrutinio del que no podemos escapar. «Con mi obra espero que, al menos, la gente empiece a sospechar un poco más sobre las verdaderas motivaciones detrás de estas plataformas», explica Benjamin Grosser, otro artista cuyas obras exponen las artimañas de las redes sociales.

Con cada foto que subimos, comentario que hacemos o nuevo seguidor que sumamos, dejamos un reguero de información que las plataformas sociales miden, cuantifican y clasifican para, sutilmente, dirigirnos por un camino determinado, siempre sin darnos cuenta. En su obra Twitter Demetricator (2018), Grosser propone una extensión de navegador que oculta los datos y las métricas de esta red social. Estos datos miden y presentan nuestro valor social y actividad online, enumerando nuestros seguidores, likes, retweets y demás. De esta forma, el autor busca desentrañar el efecto que estos números tienen en las personas que seguimos, en lo que publicamos o incluso en lo que sentimos al usar esta red. Su objetivo es hacer desaparecer los likes o los seguidores para invitar al usuario a ver qué sucede cuando se le despoja de la presión social marcada por el algoritmo. «Busco alterar las métricas de las redes sociales, revelar cómo guían nuestro comportamiento y preguntar quién es el que más se beneficia de un sistema que cuantifica nuestras interacciones públicas online», explica.

artveillance

Parte de la obra de Elahi.

Con Not For You (2020), Grosser vuelve al ataque, esta vez con TikTok, la red social más de moda. «El arte tiene una responsabilidad, no solo una oportunidad, para ayudar a la gente a ver lo que estas plataformas están haciendo y darle la oportunidad de presionarlas», afirma. Con ello, no implica que haya que dejar de lado las nuevas tecnologías y redes sociales, sino empezar a tratarlas «no solo como espacios de consumo, sino de experimentación». Porque, al fin y al cabo, sus algoritmos están diseñados para enseñarnos la realidad más cautivadora y mantenernos enganchados el mayor tiempo posible.

Sean Parker, cofundador de Napster y presidente de Facebook en 2004-2005, ha explicado en alguna ocasión cómo el proceso de creación detrás de Facebook trata de conseguir que los usuarios inviertan la mayor cantidad de tiempo y atención consciente posible en la plataforma. Eso significa que el algoritmo tiene que estar constantemente ofreciendo pequeñas cantidades de dopamina para que a un usuario le guste o comente una foto, algo que hará que contribuya con más contenido, generando más interacciones y poniendo en marcha un círculo vicioso altamente adictivo. «Se trata de una retroalimentación de validación social con la que se explota una vulnerabilidad de la psicología humana», explicaba en una conferencia. Los creadores y responsables de estas redes sociales lo entendieron perfectamente.

Grosser: «Debemos tratar las redes no solo como espacios de consumo, sino de experimentación»

«No es casual que Facebook nos pregunte ‘¿qué estás pensando?’, porque sus ingenieros quieren conocer nuestros estados anímicos más íntimos y profundos», explica Cristina Martín, doctora en Ciencias de la Comunicación, periodista de investigación y escritora. Desde los orígenes de las civilizaciones humanas, la manipulación de los gobernantes y dominadores se ha asentado sobre la raíz del miedo. «Hemos de preservar la intimidad de nuestros miedos porque el big data pretende acceder a este bastión de la identidad individual y colectiva. Quien conoce tus miedos, puede controlar tu comportamiento». Así, nuestros sentimientos y emociones son datos muy preciados por estas compañías, que los usan para condicionar nuestros pensamientos y comportamientos.

«Los proyectos artísticos ofrecen la oportunidad de descubrir ciertas realidades a través de la experiencia estética», opina Grosser. Así, apunta a que el arte tiene la capacidad de mostrar al espectador aspectos de la realidad que tal vez no sean obvios, invitándole a cuestionarse ciertos asuntos. «No trata tanto de encontrar soluciones como de exponer problemas y generar debate en torno a una realidad que tiene que cambiar», añade. Algo que comparte Cirio, quien con su trabajo pretende «discutir y resolver la perplejidad sobre la privacidad y la vigilancia, y abogar por nuevas leyes y nociones sobre estos nuevos espacios sociales y sus normas».

La era tecnológica está cambiando la realidad en la que vivimos, transformado nuestro rol en la sociedad. Adaptarse se perfila como la opción más sensata para algunos. «En el futuro, cada momento de nuestra vida estará monitoreado y archivado, y la única manera de preservar nuestra privacidad es ser completamente transparente», opina Elahi. Paradójicamente, aunque él no aparece en ninguna foto, podemos saber una enorme cantidad de datos personales con sus instantáneas, que revelan infinidad de detalles de su vida. «Es la invisibilidad escondida a plena cara», concluye.

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