Sociedad

La (nueva) importancia de la salud mental

En la actualidad, más de dos millones de personas toman ansiolíticos a diario y uno de cada veinte adultos ingiere antidepresivos. ¿Hay alguna solución para un problema que parece convertirse en una nueva y angustiosa pandemia?

Fotografía

Fernando Frazão/Agência Brasil
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01
Oct
2021
salud mental

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Fernando Frazão/Agência Brasil

Juegos Olímpicos de Tokio 2020: la gimnasta artística norteamericana Simone Biles, ganadora de cuatro medallas en las anteriores olimpiadas de Río de Janeiro, sorprende al mundo con su retirada de la competición en la prueba final por equipos. ¿El motivo? Proteger su salud mental. Según las declaraciones más recientes de Biles, los abusos sexuales sufridos por parte del –ya expulsado– médico de la selección estadounidense, Larry Nassar, le causaron unas consecuencias emocionales que le impidieron, desde el inicio de la competición, concentrarse para alcanzar las elevadas metas que exige la participación de máximo nivel. «Culpo a Larry Nassar, pero también a todo el sistema que permitió y perpetró el abuso», declaró la gimnasta en su reciente comparecencia ante el Senado de los Estados Unidos. Las reacciones ante su decisión –y las razones que produjeron su abandono– se propagaron desde el primer instante entre el apoyo y la crítica más feroz.

Biles se ha convertido en el rostro mediático de un problema en creciente e imparable expansión entre la población mundial: el deterioro de la salud mental. El suicidio es el causante de al menos 800.000 muertes al año en el mundo. Otras manifestaciones de patología mental más comunes, como son la ansiedad y la depresión, también sufren un aumento constante. La propia OMS alerta con preocupación de que en 2030 esta clase de trastornos serán la primera causa de discapacidad en el mundo. ¿Hay solución para un problema que parece estar convirtiéndose en una nueva –y difícil– pandemia?

Ansiedad y angustia, dos caras de la misma moneda

Los trastornos en la salud mental llevan acompañando al ser humano desde el origen de los tiempos, despertando toda clase de cuestiones en la piel de los eruditos. Filósofos, psicólogos y psiquiatras –incluyendo ahora, también, neurobiólogos– llevan siglos trazando una causa común a la génesis de dos de las patologías más frecuentes entre la población: la angustia y la ansiedad. Ambas son enfermedades mentales que, a diferencia de las que poseen exclusivamente un origen químico e incluso genético, tienen desencadenantes ambientales, familiares o sociales; dicho de otra manera, están vinculados con nuestra educación –o la falta de ella– a la hora de exponernos a las dinámicas sociales.

La angustia y la ansiedad son enfermedades mentales cuyos principales desencadenantes suelen ser ambientales, familiares o sociales

Solo en España, según los datos recogidos en la encuesta ENSE en 2017, un 10% de los adultos padecen alteraciones en su salud mental. Hoy más de dos millones de personas toman ansiolíticos a diario y 1 de cada 20 adultos toma antidepresivos, todo ello sin contar quienes renuncian a someterse a supervisión médica por el profundo estigma al que se someten esta clase de afecciones; la cifra de afectados, según se sospecha, podría ser incluso mayor. Esta situación, no obstante, no es algo que ataña solo a nuestro país: se repite, con datos similares, en el resto del primer mundo.

Tanto la ansiedad como la angustia, así como otros trastornos de índole mental, están inevitablemente ligados a los trepidantes ritmos de nuestra época, que de forma constante centrifugan la necesaria dosis de calma que precisamos los seres humanos para afrontar con bienestar el día a día. Así lo demuestran numerosos estudios clínicos que se alinean con el trabajo de especialistas en otros campos, como el teórico de la cultura Mark Fisher, que asocian el estrés vital a la desnaturalizante competitividad y a factores socio-económicos adversos.

Cabe también mirar al pasado, donde pensadores como León Tolstói ya dieron la voz de alarma. Es el caso que ocupa su ensayo, El reino de Dios está en vosotros. Los intelectuales decimonónicos, así, ya advertían que las promesas de los modelos capitalista y marxista, que sitúan en el horizonte un paraíso de perpetua abundancia a cambio de que el obrero sacrifique sus necesidades humanas, como disfrutar de tiempo suficiente de reposo, es experimentado por las masas como lo que es: un engaño descubierto demasiado tarde. Según Tolstoi, no obstante, esto ocurre cuando ya están atrapados en el sistema, lo que conduce, en su opinión, a las bajas pasiones, el vicio, el consumismo desmedido y la violencia como intentos paliativos de un desorden anímico y mental que aumenta progresivamente con el deterioro de sus economías familiares. En palabras más actuales: la precariedad laboral y la incertidumbre hacia el futuro inmediato aumentan considerablemente el riesgo de sufrir angustia, ansiedad y, si degenera, depresión o trastornos aún más graves.

La salud mental, una cuenta pendiente con el bienestar común

¿Qué hacer, entonces, para frenar el progresivo avance de las enfermedades que afectan a nuestra psique? En tiempos de pandemia –la cual ha multiplicado la aparición de trastornos de esta clase– la solución radica en centrarse en la prevención de aquellas afecciones con causas externas que pueden evitarse o, al menos, mitigarse lo que incluye aspectos tan dispares que van desde las reformas socioeconómicas hasta la atención sanitaria.

A nivel personal, es posible recurrir a los consejos de los autores clásicos y de los filósofos de la antigüedad, que vivieron un contexto político y social relativamente semejante al nuestro, puede ser un recurso magnífico en ese proceso de educarnos a nosotros mismos en la virtud, algo que perfeccionaron los pensadores estoicos hasta elevar el hecho de vivir en un arte. Marco Aurelio, en sus Meditaciones, ya aconsejaba que uno había de abarcar «pocas actividades si quiere mantener el buen humor». Es preciso recapacitar personalmente en cada cosa: «¿No estará esto entre lo que no es necesario?». Mejor realizar pocas actividades que nos permitan reflexionar y analizar cómo nos sentimos; actividades nos resulten placenteras y nos permitan encontramos lo mejor posible con nosotros mismos que caer en la trampa de la competitividad y la codicia de la admiración ajena. León Tolstói añadía en sus textos un último esbozo a la fórmula personal para mantener el equilibrio. Es la construcción de una vida sencilla, que no simple: dedicarnos al oficio que más nos satisfaga y mantener el volumen de riqueza y de compromisos justo en la medida de nuestro alcance; esto proporciona, en palabras del erudito, la base para aspirar a una vida feliz.

Más allá de lo que podamos ser capaces de hacer para contribuir a nuestra propia salud, son necesarias profundas reformas sociales y económicas

Más allá de lo que podamos ser capaces de hacer como individuos para contribuir a nuestra propia salud, son necesarias profundas reformas sociales y económicas. Ante todo, es esencial no estigmatizar las enfermedades mentales como una muestra de la debilidad por parte de quienes las padecen. Además, los experto insisten en que el Estado debería contribuir a regular que las condiciones laborales y salariales, el acceso a la vivienda y las necesidades básicas de sus ciudadanos puedan ser garantizas mediante el tesón de su esfuerzo y del estudio con dignidad y, en la medida de lo posible, en proporción al mérito, reduciendo así la desesperanza, el riesgo de exclusión y la brecha social.

Por último, resulta indispensable reforzar la atención primaria en salud mental, tanto en psicología como en psiquiatría, en el ámbito público, manteniendo una formación continua y de calidad para sus profesionales en las diferentes afecciones específicas que constituyen el abanico de las dolencias mentales. Sólo mediante la concienciación social y el compromiso sanitario y político puede atajarse un reto de gran calado y convertir en una realidad el famoso aforismo de Juvenal: mens sana in corpore sano.

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