Sociedad

No eres tú, soy yo: ¿tenemos realmente un límite de 150 relaciones personales?

La teoría esgrimida por el sociólogo Robin Dumbar a finales del siglo XX, que defiende que es imposible construir más de 150 relaciones sin perder la coherencia de estas, ha definido el tamaño de comunidades como los amish o numerosas unidades militares a lo largo de la historia.

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30
Jul
2021

Al contrario de lo que puediera argumentar Mark Zuckerberg o cualquier magnate de las redes sociales, las relaciones humanas son concretas, definidas; no pueden contarse por miles y son difíciles de acotar. De hecho, suelen contarse con los dedos de las manos y resultan más complejas que un like o un comentario: la intensidad del entramado emocional y la historia personal entre ambos miembros son las que marcan el camino. Por este motivo, resulta casi imposible contar con más de cinco amigos en la vida –en el sentido más estricto e íntimo de la palabra—. Algunos defienden, de hecho, que existe un límite matemático en la cantidad de relaciones que una persona puede manejar con éxito. Según la teoría esgrimida por el antropólogo británico Robin Dunbar a finales del siglo XX, tan solo podemos mantener —o soportar— 150 relaciones personalizadas (esto es, con una cercanía mínima). 

El conocido como ‘número Dunbar’ basa su conclusión en la interpretación del tamaño del neocórtex, la parte del cerebro asociada con la cognición y la lógica, como factor clave en la presencia social. A mayor tamaño de la zona, mayor número de relaciones potenciales. Según defiende el británico, las evidencias relativas al tamaño de este área cerebral, así como los datos sobre los diversos primates no humanos y el tamaño histórico de distintos grupos humanos, señalarían este tamaño máximo que podría generar un grupo social complejo y cohesionado.

Esto no quiere decir que no puedan existir grupos humanos de más de 150 personas. La conclusión sugiere, en realidad, que la coherencia de los conjuntos humanos se mantiene sólida tan solo hasta esa cifra. Una vez superada la barrera, ésta se evaporaría. Así, al menos, lo argumentaba Dunbar: las aldeas de Cerdeña, las comunidades amish, la organización neolítica mesopotámica e incluso múltiples unidades militares a lo largo de la historia se estructuraron alrededor de este número redondo. Hoy, no obstante, esta teoría se halla de nuevo en plena discusión. ¿Podemos contar con más relaciones?

La sombra de la duda

A pesar del temprano éxito cosechado por esta hipótesis, un grupo de investigadores de la Universidad de Estocolmo ya rechazó rotundamente el límite cognitivo cuando lo propuso el antropólogo. A través de conjuntos de datos y métodos estadísticos, los investigadores no solo sugieren que el límite de conexiones humanas no viene determinado por el cerebro, sino que, en realidad, ni siquiera se podría establecer con precisión. Estudio, este, que el propio Dunbar calificó en su momento como «completamente descabellado».

La cercanía es la que juega un papel fundamental para medir las relaciones: cuantas más conexiones, menor intiidad

En la actualidad, la crítica continúa aflorando desde diversos flancos. ¿Realmente el tamaño del cerebro define nuestras posibilidades sociales? Si así fuera, las consecuencias abarcarían mucho más que la amistad, afectando incluso a nuestro propio desarrollo. Así, muchos sostienen que esta teoría ha perdido validez a causa del presente desarrollo de internet y las redes sociales. Pero ¿podemos hablar de nuestras 500 conexiones en Facebook como relaciones reales? No es que sean irreales por ser virtuales, pero la mínima cercanía sí juega un papel fundamental para medir una relación personal: cuantas más conexiones, menor intimidad. A pesar de todo, aún con datos relativamente recientes, continúa habiendo –como el realizado por la Universidad Carlos II– que refuerzan las conclusiones de Dunbar. En el estudio práctico español, por ejemplo, la distribución teórica y matemática de las relaciones en comunidades inmigrantes más o menos aisladas coincidiría con las conclusiones del británico.

Volviendo al estudio desarrollado desde Estocolmo, sin embargo, la focalización del antropólogo británico «ignora los mecanismos culturales, las prácticas y las estructuras sociales que los humanos desarrollan para contrarrestar potenciales deficiencias». Su defensa se basa, en primer lugar, en las principales corrientes de investigación acerca de la evolución de los primates, donde las limitaciones cognitivas no juegan un rol tan fundamental como pudiera parecer. En las pesquisas académicas de esta clase, «el tamaño del grupo social de los primates está determinado principalmente por factores socioecológicos determinados por la depredación, el infanticidio y la selección sexual; no en el neocórtex». No obstante, desde ni siquiera desde Suecia se acepta el estudio de primates en la obra de Dunbar, pues «es fácilmente observable que el cerebro humano funciona de forma diferente a la de otros primates, como evidencia la existencia de la evolución cultural en las sinfonías musicales o la ciencia». A este respecto, el número de Dunbar, carece entonces de casi cualquier base científica. Es, en realidad, un elemento de la cultura popular. O un buen argumento para evitar la sobreexposición social.

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