Opinión

El dinero mancha

Aparentemente, lo que impide a muchos jóvenes ahorrar para comprarse una casa es el gasto en tostadas de aguacate. La realidad, sin embargo, es otra: si los jóvenes gastan supuestamente sus ahorros en frivolidades es precisamente porque saben que estos no podrán llevarles nunca a adquirir una propiedad.

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28
Abr
2022

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Cada vez que hago una compra de la que me arrepiento (porque me criaron así, en una frugalidad llena de culpabilidad), recuerdo el texto Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg. En él, la escritora italiana dice que «el dinero, cuanto más pasa el tiempo, más sucio es». Ginzburg piensa que a los niños hay que enseñarles «no el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero», y que es mejor pensar que el dinero es algo estúpido.

El dinero está para gastarlo, lo que no quiere decir que haya que hacerlo indiscriminadamente. Pienso que mi generación entiende el ahorro de una manera muy distinta a las generaciones anteriores.

Circula en internet desde hace años una referencia a una entrevista con un multimillonario australiano que se quejó de los hábitos de consumo de los jóvenes y su poca mentalidad de ahorro: «Cuando estaba intentando comprarme mi primera casa no me estaba gastando el dinero en aguacates aplastados por 19 dólares y cuatro cafés a 4 dólares cada uno».

«Para mi generación, el dinero mancha: no porque lo malgaste, sino porque es consciente de que el ahorro solo es un colchón»

Aparentemente, lo que impide a muchos jóvenes ahorrar para comprarse una casa es el gasto en tostadas de aguacate y café de origen. La realidad, obviamente, es otra: si los jóvenes se gastan supuestamente sus ahorros en frivolidades –si es que esto fuera cierto– es precisamente porque saben que sus ahorros no podrán llevarles a comprar nunca una casa. El ahorro tiene un significado completamente diferente para mi generación que para la generación de mis padres.

Me recuerda a algo que se decía durante los años duros de la crisis financiera: «¿Dónde está la crisis? Si las terrazas están llenas». Claro, es el gasto que uno podía hacer: tomarse unas cañas. Es como el pobre que se compra un iPhone o una tele de plasma. Quizás sea un gasto irresponsable, pero no es frívolo: no puede permitirse otra opción de ocio. No puede salir a cenar, lleva años sin irse de vacaciones.

Mi generación –hablo de la mayoría: gente de clase media con educación universitaria en grandes ciudades que tiene que compartir piso con 30 años– no ahorra. En primer lugar, porque normalmente no puede. En segundo lugar, porque sabe que, aunque pudiera, nunca le serviría para comprarse, por ejemplo, un coche o una casa, como hicieron nuestros padres. Por eso, para mi generación el dinero mancha. No porque lo malgaste, sino porque es consciente de que el ahorro solo es un colchón para los malos tiempos, no un esfuerzo que uno hace para comprarse algo importante en el futuro.

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