Opinión

Votantes zombies

El virus que se propaga por la política y que alumbra monstruos que se creen capaces de dominar a hordas de zombies es el déficit de creatividad ideológica.

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15
Feb
2022
Democracia

Como muchas otras cosas, los zombies son un invento norteamericano aunque, como muchas otras cosas también, son fruto de su enorme capacidad de asimilación y adaptación libre de las ideas de otros. Los zombies ya existían antes de que Estados Unidos ocupase Haití en 1915. Su origen y evolución están vinculados con el vudú, la esclavitud y el temor a que un virus provoque una pandemia. ¿Le suena al lector esta última vinculación?

Cuenta la leyenda que en la época en la que Haití era una colonia francesa los ‘médicos brujos’ (oxímoron como un campanario) tenían la capacidad de hacer que una persona pareciese muerta y reanimarla convertida en un esclavo. La supuesta magia consistía en anular su voluntad para que trabajase sin rechistar en las plantaciones.

Los estadounidenses combatieron arduamente contra la religión nativa, el vudú. Sin embargo, acabaron por importar sui generis algunas de sus creencias de la mano de sus escritores. El primero de ellos fue William Seabrok, quien viajó a Haití en 1927, donde obtuvo la inspiración para escribir su libro La isla mágica. En el capítulo titulado Muertos vivientes que trabajan en los campos de caña de azúcar describe así a los supuestos zombies: «Caminaban lenta y pesadamente como salvajes, como autómatas. Sus ojos eran lo peor. En verdad eran los ojos de un hombre muerto; no ciego, sino fijos, desenfocados, que no miraban nada».

Realmente eran trabajadores exhaustos, hambrientos y muertos de sueño tras una jornada maratoniana en los campos de cultivo. No es extraño que buscasen en otros mundos la magia necesaria para huir de una realidad inhumana.

Broadway y Hollywood, las dos grandes factorías del american way of life, se encargaron del resto. El 10 de febrero de 1932 se estrenó en Nueva York una obra de teatro de Kenneth Webb titulada Zombie, basada precisamente en el libro de Seabrook. Aunque la pieza teatral tuvo poco éxito y fue retirada tras 21 representaciones, los propietarios de una pequeña productora de cine independiente, Edward y Victor Halperin, repararon en ella. Por encargo de los hermanos Halperin, Garnett Weston escribió un guion basado en la obra de teatro.

«El vudú político consiste en dormir ideológicamente a los votante para que luego muerdan al insano (el que no comulga con las mismas ideas)»

Webb, autor de la obra dramática, intentó detener el rodaje del filme al considerarlo un plagio, pero no tuvo éxito en su empeño y la película fue estrenada el 4 de agosto de 1932. Solo una sexta parte del metraje de White Zombie era sonoro, por lo que el filme cosechó malas críticas. Por contrapartida, el público la respaldó, convirtiéndola en un trabajo muy rentable para los Halperin.

Los zombies han sido malvados y brutales durante 80 años. Al igual que ocurrió con los vampiros, reconvertidos en jóvenes y bellas personas por la saga Crepúsculo, los muertos vivientes ofrecen una perspectiva menos atemorizante desde el estreno de la película de Jonathan Levine Memorias de un zombie adolescente en 2013. En ella, el amor entre un joven contaminado y una joven sana abren una puerta para la esperanza en medio de un mar de sangre, mordiscos y mutilaciones.

La nueva visión más amable de vampiros y zombies se acerca mucho  –tal vez no sea casual–  a la que los partidos políticos tienen de sus votantes. El vudú político consiste en dormirles ideológicamente en un sueño eterno para despertarles en un mundo donde no cabe más opción que morder al insano (el que no comulga con las mismas ideas) para satisfacer el insaciable deseo de tener razón sin dejar de ser cool. Poco importa ya que ese mundo no mejore con la sangre derramada.

El virus que se propaga por la política y que alumbra monstruos que se creen capaces de dominar a hordas de zombies es el déficit de creatividad ideológica. El liberalismo, en su expresión pura, se sabe superado por la desigualdad y, sin embargo, persiste en sus encantamientos amarrados al libre albedrío del ser humano. El socialismo, en su versión más radical, también se sabe superado por las lecciones que ha dejado la historia y por la imposibilidad de anular los instintos más básicos que inspiran el comportamiento humano, pero persevera en sus contradicciones.

El zombismo político tiene un buen caldo de cultivo en la desconfianza y en la polarización. La primera ha crecido básicamente porque los políticos no cumplen lo que prometen, no sienten lo que dicen porque realmente no se lo creen. Es un juego de opiniones y contraopiniones (no contraargumentos) que convierte a muchas ocurrencias en titulares y a versiones interesadas en juicios sumarísimos, muchos de los cuales se ejecutan en la barra del bar. El drama es que con su actitud están minando la credibilidad del propio sistema democrático.

La segunda es ideal para que los zombies encuentren una justificación a sus mordiscos: la polarización reduce la capacidad del pensamiento crítico y menoscaba la diversidad de opiniones, una de las grandes riquezas de la democracia. Los muertos (políticamente) vivientes no se preguntan por qué atacan a sus congéneres ni por qué no se sacian, simplemente siguen el rastro de sangre que dejan los argumentarios de los partidos.

«El Trust Barmoeter advierte que la desconfianza y la radicalización de las opiniones hace que Gobiernos y medios sean vistos como agentes de división»

La combinación entre la desconfianza o falta de credibilidad y la radicalización de las opiniones (que no del pensamiento) tiene como consecuencia que Gobiernos y medios de comunicación sean vistos como agentes de división. Esta es una de las principales conclusiones del Trust Barometer 2022 que la agencia de relaciones públicas Edelman presenta anualmente en el World Economic Forum. En la edición de este año se aprecia también que los Gobiernos, a ojos de los entrevistados, no están resolviendo los principales problemas sociales, lo cual alimenta el circulo vicioso de la desconfianza.

Si el mundo actual está mal, es imprescindible soñar con una versión mejor. Sin embargo, una de las características de los zombies es que no sueñan. La inmensa mayoría de los políticos, que son una inmensa minoría de la población, han dejado de soñar con un mundo mejor. Su mirada está clavada en el poder, al que conciben como una oportunidad para realizarse en vez de una plataforma para realizar. La multitud zombie sigue partidariamente a esos otros cuerpos con escasa vida intelectual en la persecución de un poder que no quita la sed ni el hambre de tener más, lo cual ofrece cobertura tanto para la ostentación como para la detentación.

Soy consciente de que he construido una metáfora cruel e injusta por la generalización del comportamiento político de los ciudadanos en un país democrático, incluso yo mismo he actuado como un zombie en más de una ocasión. Sin embargo, me rebelo contra la falta de criterio que anula la voluntad de muchos votantes para regocijo de quienes son receptores de tales votos. Claro que se puede votar con el estómago y con las emociones, pero siempre que la cabeza participe en las deliberaciones internas.

Los ciudadanos tenemos que salir de este estado de obnubilación ideológica que nos aleja cada vez más de los políticos y, por mor de ellos, de la política. La pandemia provocada por un auténtico virus nos ha recordado la importancia de las decisiones políticas basadas en la ciencia y orientadas a servir al bien común. Los médicos no son brujos y los spin doctors no son médicos, porque mientras los primeros curan, los segundos inoculan a la población el virus que los puede transformar en zombies; basta con que empiecen a pensar que la política solo es cosa de los políticos.

La mayoría de las películas de zombies no finalizan hasta que la esperanza renace. Empecemos por la más fácil: dejemos de morder a los que no piensan como nosotros y mordámonos cada vez que olvidemos que la duda no es un signo de debilidad, sino de inteligencia.

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