Cultura

«El individualismo no tiene sentido alguno»

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Isaac Flores
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10
Feb
2022
Rodrigo Cuevas

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Isaac Flores

Conversamos con él mientras camina acompañado por las burras a las que lleva a la finca. El camino se vuelve escarpado por momentos, se advierte en el jadeo del habla. Al otro lado, el artista Rodrigo Cuevas (Oviedo, 1985), dinamitero de convenciones, pontífice entre lo antiguo y lo posmoderno, provocador. De sus últimas actuaciones destaca la del Pabellón de España en la Expo de Dubai, lo que le valió ser tildado por algunos como «asturiano supremacista». Cuevas hace del folclore una manera de estar en el mundo. También una manera de cantar. Estudió piano y tuba, y después sonología. Su primera formación musical, ‘La Dolorosa Compañía’, interpretaba la copla ‘freek-pop​’. En solitario, acaba de presentar su tercer disco, ‘Manual de cortejo’.


Hubo un tiempo en que el folclore inundaba casi todo: Joan Baez o Pete Seeger, pero también en España Eliseo Parra, Nuevo Mester, Grupo Mayalde o Joaquín Díaz. Aunque ahora le preguntaré por el resurgimiento del género, antes quería saber qué ocurrió para que, de pronto, el folclore resultase rancio y dejase de escucharse allí donde siempre había sonado, quedándose reducido a los entendidos y el ámbito rural. 

Se dan varios factores. Aunque estos análisis, un poco improvisados, puedan dejar fuera algunas otras cuestiones importantes, desde luego influye la apropiación del folclore por una parte de la sociedad; peor: de un régimen, el franquista, desde el nacionalcatolicismo. Eso produjo mucho rechazo y supuso que el folclore resultase algo casposo, muy cerrado, muy conservador, cuando nunca había sido así. También es importante el abandono de los pueblos durante los años 60, sobre todo de gente que quiso abrazar la modernidad y vivir una vida menos miserable que la del campo. Para toda esa gente que emigró a las ciudades, lo que oliese a pueblo era rechazado. Creo que estos dos hechos explican por qué el folclore tuvo mala prensa en un determinado momento.

Ahora, además de usted, artistas como Fetén Fetén, Niño de Elche, Califato, Maria Arnal i Marcel Bagés o Magüi lo reivindican con una lozanía y una frescura insólita. ¿Hay algo de oportunismo en esta coyuntura?

Por parte de alguno, sí. Estoy seguro de que algo de oportunismo hay, incluso de apropiación cultural, porque el folclore no es una canción, sino que tiene que ir ligado a un estilo de vida en el que el campo es el centro. Es cierto que desde lo urbano se ha producido una fascinación por el lenguaje folclórico, que se desconocía, y muchos artistas han abierto los ojos a él. Eso es lo que hace el folclore: abrir los ojos. Así, el folclore rural acaba por conquistar la ciudad. Todo el mundo quiere bailar la jota o la muñeira, aprender ese lenguaje corporal común. Bailar a lo suelto, que no hace falta agarrado, pero juntos.

¿Qué aporta la cosmovisión tradicional a nuestro modo posmoderno de entender el mundo?

El concepto de comunidad. Permite darnos cuenta de que las cosas en comunidad son mejor que de manera individualista, que juntos se consiguen cosas más grandes, emocionantes y potentes, que la comunidad es lo que da sentido a lo humano. Nos recuerda que el individualismo no tiene sentido, que no trasciende y no satisface emocionalmente porque no crea vínculos, que es lo que da el folclore.

«La censura ya no la ejercen los poderes (o no solo), la ejercemos nosotros mismos»

Vienen a la mente aquí cupletistas de los años veinte, también Tórtola Valencia, que podría confundirse con Ana Curra en su estética, o Maruja Mallo vestida con algas (Lady Gaga hizo lo mismo con carne décadas después). La libertad creativa de antaño frente a la de ahora. ¿Nos hemos vueltos más mojigatos?

No lo creo… ten en cuenta que todas los que has mencionado escandalizaron muchísimo en su momento y que antes todo tenía menos repercusión, ya que lo alternativo se movía en círculos muy pequeños: no había casi ni radio, solo prensa escrita y, por lo general, lo que pasaba dentro de un local se quedaba ahí, sin llegar a todo el mundo. Lo que es increíble es que a día de hoy haya gente tan mojigata. En el Foro de Cultura de Valladolid estuvimos hablando de eso, de la nueva censura, que ya no se ejerce desde los poderes, o no solo, sino que la ejercemos nosotros mismos, lo cual es terrible.

¿Por qué preferimos censura a libertad?

Porque nos creemos muy posmodernos, pero somos igual de criticones que antaño y somos incapaces de darnos cuenta de cuándo algo no nos incumbe en absoluto. Y cuando se critica, se censura. Somos un marujones.

«No necesitamos potenciar la natalidad: la solución está en la inmigración, pero no estamos preparados»

¿Pero cómo se distingue el artificio de lo auténtico?

No hay una técnica precisa, pero es muy fácil: a mí me encanta el artificio en cuanto lo veo. Son los matices, la expresión corporal y la verbal, el movimiento, las miradas, lo que se dice… Al impostor se le cala rápido, pero es algo más intuitivo que racional.

¿Cómo concibes entonces a la ganadora de este Benidorm Fest y representante en Eurovisión, Chanel?

No creo que sea el caso, a Chanel la veo auténtica en lo que hace. Lo vive, le gusta. No la veo impostada. Pese a que lo que hace me parece un producto, ella es muy natural en la interpretación.

Usted vive en una aldea de 15 habitantes. ¿Alguna solución para la España vacía?

Es bastante difícil… Hay una historia de la que no se habla mucho pero que habrá que poner encima de la mesa en algún momento: no necesitamos tener más niños, ni potenciar la natalidad. En este mundo empezamos a estar al límite en cuanto a número de seres humanos. La solución está en la inmigración, pero no estamos preparados para ella.

Carlos III ya lo pensó por entonces e invitó a inmigrantes de Flandes, sobre todo, para repoblar zonas de Andalucía…

Pero hay tanto miedo a los extranjeros… bueno, a los extranjeros pobres, porque a los guiris, a los norteamericanos que viene aquí y lo gentrifican todo, no, a esos no los tenemos miedo. Solo a los pobres.

«Nos creemos muy posmodernos, pero somos igual de criticones que antaño»

Cuando alguien consigue despertar tanto interés, cuando se está tan presente en el foco mediático, ¿es difícil escapar de lo que se espera de usted? ¿Se siente uno cohibido por las expectativas que ha generado?

Las expectativas son un rollo. Las propias y las ajenas, porque hay que lidiar con ambas. Nos limitan, pero también nos hacen crecer. Gracias a la pandemia me di cuenta de que estaba cediendo mucho a esto que preguntas y me cohibía muchísimo al ir por la calle. Pero justo al salir después de los tres meses de encierro, que veía a la gente más cercana, me fui relajando hasta darme igual esa sensación de sentirte observado todo el tiempo. Así que me prometí agarrarme a la esa naturalidad como una garrapata, o como una cabarra, que decimos aquí.

¿Cómo se lleva el Rodrigo Cuevas personaje, enfundado en su gorro picón, con sus madreñas (o descalzo), con el que Rodrigo Cuevas que no está sobre un escenario?

Es muy cercano, aunque no lo parezca. En el escenario, lo que hay es una exageración de las cosas que pienso y siento, pero no hay conflicto. Lo que ocurre es que al Rodrigo Cuevas artista hay que bajarle las revoluciones porque si no sería insoportable tenerlo en casa todo el día.

Hasta hace bien poco era habitual escuchar por los patios interiores de las casas a la gente cantar mientras faenaba. ¿Por qué cantamos menos?

Porque nos volvimos muy vergonzosos, porque externalizamos el ocio, no nos autogestionamos. Eso es de las cosas que más me fascinan del folclore: que no hace falta Spotify, altavoces, escenarios… Tú te coges dos cucharas y haces la fiesta. Eso lo perdimos, nos metimos la vergüenza dentro, y eso es malísimo. Ahora, salvo que vayas a ser un profesional de la canción, nadie canta. Qué mundo más triste desde que la gente no canta.

¿Cuál sería la regla de oro del Manual de cortejo?

La regla de oro es utilizar la seducción, no solo con fines sexuales o reproductivos, sino para todo; para impregnar la vida de seducción, porque la vida es más guapa con seducción y cortejo. La gente de antes compraba en la carnicera y cortejaba, jugaba con el doble sentido, al chiste, y eso es precioso… pero nunca sucede en los supermercados. Hay que esforzarse, llenarlo todo de seducción para hacer un mundo más poético.

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