Cultura

‘La casa de Bernarda Alba’, una ventana al machismo de la época

La obra teatral de Federico García Lorca, última del autor antes de morir, sirve para entender muchos aspectos de la situación de las mujeres en el siglo XX, cuando el marco legislativo no era nada favorable a la hora de proteger sus libertades más básicas.

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18
Feb
2022

«Nacer mujer es el mayor castigo», asegura Amelia, una de las hijas de Bernarda Alba en el acto segundo de La casa de Bernarda Alba, la obra teatral de Federico García Lorca que no pudo estrenarse ni publicarse hasta 1945. La tragedia está aún por llegar, aunque el clima angustiante que domina la obra se palpa ya en esas líneas. Amelia no es una de las hermanas más relevantes para la historia, pero su cita sirve para entender muchas cosas. «Y ni nuestros ojos siquiera nos pertenecen», le responde su hermana Magdalena, antes de que la escena cambie.

En La casa de Bernarda Alba, una madre, sus cinco hijas y la criada que las conoce desde siempre viven el día después de la muerte del padre. Bernarda Alba impone un luto riguroso, siguiendo las más duras normas sociales de entonces, mientras sus hijas sienten caer sobre ellas todo el peso de lo que supondrá. Pepe el Romano, que corteja a la rica primogénita, se convierte así en un pasaporte a una vida diferente y el catalizador de toda la tragedia. Lo que ocurre al final se ha convertido en el spoiler que nadie recuerda cuándo le hicieron, pero está ahí: cuando la familia se entera de que Adela, la hija pequeña, y Pepe el Romano se han convertido en amantes, estalla la tragedia. Adela se suicida y Bernarda Alba pronuncia sus ya famosas líneas: «Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho!». Nada hará cambiar las apariencias.

De este modo, la obra se convierte en una hábil denuncia de las apariencias, de la hipocresía y, sobre todo, del asfixiante papel que deben cumplir las mujeres de cara a la sociedad. Lorca la escribió en 1936, un período de grandes cambios sociales: durante los años 20 y los 30, tanto en España como en el resto del mundo occidental, estaba irrumpiendo la «mujer moderna», una nueva idea de cómo ser mujer en la que se habían conquistado más libertades, más espacios y más derechos. Sin embargo, y por muy revolucionaria que esta nueva mujer fuese o cambiasen las dinámicas, su situación estaba muy lejos de haberse sacudido de los problemas. El machismo seguía marcando sus vidas, algo que Lorca captura perfectamente. Puede que los hombres sean en La casa de Bernarda Alba sombras en el fondo de la escena, pero son ellos, sus deseos y sus expectativas, los que marcan finalmente todo lo que les ocurre a las protagonistas.

La obra es una hábil denuncia de las apariencias, la hipocresía y, sobre todo, del asfixiante papel que deben cumplir las mujeres de cara a la sociedad

Durante el siglo XX, en nuestro país no se hablaba de la violencia de género, aunque existiese. De hecho era noticia habitualmente, aunque la prensa denominaba estos asesinatos como crímenes o dramas pasionales, tal y como recordaba hace unos meses la exposición Pobre Asunción!: La violencia de género en la prensa, en Santiago de Compostela. La Asunción del título fue la víctima del primer caso documentado de violencia de género en Galicia, pero sirve como un ejemplo perfecto de una historia que se podía encontrar en cualquier otro lugar del país. Fue asesinada en 1891, cuando un vecino la mató porque ella no correspondía a sus sentimientos.

A esto hay que sumar que el marco legislativo no le era favorable a las españolas. «Conozco muy a fondo las leyes españolas, que son oprimentes para la mujer», aseguraba en una conferencia en defensa del divorcio en 1923 la escritora Mercedes Pinto. Ella misma lo había vivido. Su matrimonio se convirtió rápidamente en una pesadilla, pero como el divorcio era ilegal estaba atada para siempre a su marido. Para poder separarse tuvo que dejar España tras haber logrado con un golpe de suerte –una mujer casada no podía tener pasaporte si no tenía la autorización de su cónyuge– su propio pasaporte. En esa España, que un marido matase a su esposa llevado por los celos ante una infidelidad podía pasar desapercibido para la ley, como recuerda en una de sus novelas cortas la periodista Colombine. Si llegaba a oídos de la justicia, la pena era simplemente un destierro temporal. El artículo 438 del código penal asumía que existían atenuantes.

Casi un siglo después, perderse entre las líneas de La casa de Bernarda Alba sigue generando una cierta sensación de angustia. Porque es una obra literaria magistralmente escrita, pero también porque Lorca logró captar el impacto que las estructuras machistas de la sociedad tenían en las mujeres. Y, aunque todo ese mundo pueda parecer muy lejano, no lo es tanto: la base todavía sigue presente. Desde que en 2003 el Estado empezara a registrar las víctimas mortales de violencia de género en España ya se contabilizan un total de 1.129 asesinatos. Ya a lo largo de este 2022, y al momento de escribir este artículo, el Ministerio de Igualdad ha registrado tres asesinatos machistas.

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