Biodiversidad

La desaparición de las mariposas

Las mariposas se están extinguiendo: algunas especies han llegado a sufrir un descenso de un 80% en los últimos años. En ‘La desaparición de las mariposas’ (Crítica), el zoólogo Josef Reichholf desgrana las causas de este declive y las graves consecuencias que podrían acarrear.

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28
Ene
2022
mariposas

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Lograr que la agricultura industrial sea sostenible desde el punto de vista ambiental en un futuro es un objetivo que debe perseguirse a toda costa, pero no es algo que pueda esperarse a corto plazo. Como un superpetrolero demasiado cargado, seguirá avanzando cueste lo que cueste. Y somos nosotros quienes estamos pagando la travesía. Muchos granjeros abandonan el campo. Las condiciones generales les obligan a hacerlo; en las últimas décadas, miles de agricultores se han visto obligados a abandonar sus pequeñas explotaciones. Como escéptico, uno supone que un sistema tan complejo como el de la agricultura de la Unión Europea ha de venirse abajo antes de poder ser reformado. El colapso de la Unión Soviética en 1990 ya nos mostró cómo funciona una implosión de este tipo.

Como optimista, uno seguirá creyendo en la fortaleza de la democracia parlamentaria y aguardará esperanzado las reformas que esta debería ser capaz de llevar a cabo. Según el dicho popular, la esperanza es lo último que se pierde. La situación en el ámbito municipal y estatal tendría que ser mucho más favorable porque no se trata meramente de extraer beneficios, sino de ahorrar unos gastos considerables al abandonar las excesivas y a todas luces innecesarias medidas de conservación.

Sin embargo, la experiencia ha demostrado que esta forma de proceder no es tan fácil de cambiar como cabría pensar. Muchas cosas están firmemente arraigadas y por lo tanto estancadas. Aquellos que han asumido que han hecho siempre un buen trabajo se resistirán a los cambios que desprecian su labor por considerarla mala. Y más aún cuando las alternativas apuntan contra la obsesión de los alemanes por la limpieza. Dejar tal cual el desorden natural, permitir un crecimiento incontrolado de la naturaleza, aunque sea por poco tiempo, va en contra del carácter de los alemanes. Al menos ese es el cliché.

Lograr que la agricultura industrial sea sostenible es un objetivo que debe perseguirse a toda costa

Todo se vuelve más problemático en el momento en que se cuestionan leyes y reglamentos que han estado en vigor durante años y que han de modificarse. Esto entra en conflicto con el principio de seguridad jurídica. Antes se procedía así y estaba bien. Ahora hay que cambiarlo y no debería llegarse a eso. Esta resistencia está muy arraigada en nuestro interior. No es una argucia legal. Los juristas tienen que enfrentarse a desafíos de diferente cariz porque se les hace muy difícil aceptar la naturaleza y su diversidad tal como realmente es. Por razones comprensibles, quieren poner cada cosa en un «cajón» para que no surjan zonas grises de legalidad dudosa.

Hasta las grandes asociaciones de conservación de la naturaleza actúan según este principio para no atenuar lo que han logrado, por muy sensatos y amargamente necesarios que sean los cambios. Prefieren que sus propios activistas se muevan en las «zonas grises» solo porque es imposible proteger jurídicamente todo lo que sirva a la conservación de la naturaleza y aumente el conocimiento sobre los animales y las plantas. Porque uno no sabe con qué va a encontrarse. La mariposa de una especie protegida que acaba estampada contra la rejilla de ventilación del coche sigue estando protegida aunque esté muerta, y ni siquiera puede ser retirada con la mano sin contar con el permiso correspondiente. A los talleres de lavado no se les aplica esta prohibición, y lo mismo sucede con el veneno que mata a las mariposas protegidas cuando se utiliza legalmente en terrenos cultivados o en el jardín.

¿Y qué puedes hacer cuando una mariposa tornasolada vuela hasta tu mano o un licénido revolotea junto a tu pecho mientras tomas el sol? No podemos detallar aquí la infinidad de situaciones absurdas a las que han de enfrentarse los responsables de la conservación de la naturaleza porque vienen impuestas por los reglamentos de protección natural. Hace tiempo que sabemos lo que nos estamos jugando. Las leyes y los reglamentos de protección de especies tendrían que estar más claros y mejor adaptados a la realidad. La directriz más importante debería ser que solo se imponga o permita lo que es de forma manifiesta necesario y que aporte algo en materia de protección. Una solución tan razonable como esta liberaría de trabajo a las autoridades, que sin duda tienen cosas más importantes que hacer, y brindaría un mejor acceso a la naturaleza y su diversidad biológica a todos los interesados, desde los niños hasta los científicos aficionados y los investigadores universitarios. En la situación actual, uno llega a la conclusión de que las leyes de conservación de la naturaleza en exceso restrictivas solo sirven a quienes provocan las pérdidas de especies, ya que mantienen al público crítico alejado de sus principios.

Las leyes de protección de especies tendrían que estar más claros y mejor adaptados a la realidad

¿Qué postura pueden adoptar los realistas ante esta situación? Estoy convencido de que el camino debe ir de abajo arriba, desde la base hasta la cima de las asociaciones, las autoridades y los organismos políticos. El objetivo debe ser que el público vuelva a interesarse por las especies. La belleza, la singularidad y las características especiales de mariposas, escarabajos, abejas y otros insectos, así como de nuestras flores silvestres, deberían ser nuestro punto de partida, y no la amenaza de extinción porque una u otra especie se halle en peligro. Los enfoques adoptados por las asociaciones locales de conservación de la naturaleza y por tantos representantes de la ciencia ciudadana no pueden ser elogiados suficientemente aquí. Porque cuando los niños y adolescentes, capaces aún de entusiasmarse por la naturaleza, y los adultos que se sienten responsables de la preservación de la biodiversidad en nuestro país contemplen (de nuevo) las mariposas, sigan la vida de sus larvas y conozcan además los otros insectos y todo el mundo animal y vegetal, todos ellos alcanzarán el estatus cultural que corresponde a las criaturas que nos rodean.

El entusiasmo no nace en la lejanía. Crece en la proximidad. La oruga ha de tener la posibilidad de arrastrarse sobre nuestra mano y el gran esfíngido (¡«férreamente protegido»!) ha de poder posarse en los dedos o el pecho para proporcionarnos una experiencia directa. También tenemos que explicarles a los niños por qué ya no hay mariposas sobre los prados y los campos. Deberían saber cuál es la razón de que ya no se oiga a las alondras cantar. La naturaleza no debería estar sujeta a permisos, no debería permanecer cerrada allí donde todavía se puede contemplar un sinfín de animales y plantas. Los niños tendrían que poder volver a jugar en la naturaleza.

Para ello es preciso que haya zonas medio naturales y sin edificar en las grandes ciudades, y que se pueda acceder al campo de las afueras por medio de senderos que atraviesen los prados y las tierras y por supuesto también los bosques. El «prohibida la entrada» es el peor principio de protección que existe. Solo debe aplicarse cuando sea de verdad necesario proteger a las especies sensibles de las posibles perturbaciones. Y ha de extenderse a todas las personas por igual. No debemos seguir aceptando que en las reservas naturales no se permita la entrada a los interesados en la naturaleza, mientras que cientos de pescadores campan a sus anchas, pisotean los juncos de la orilla o utilizan glifosato para eliminar vegetación, y a veces hasta se les permite navegar con sus barcas, tanto si esto perturba a las aves que hay que proteger como si no. También es inaceptable que se permita a los cazadores alimentar a los jabalíes en los claros de reservas naturales donde viven mariposas raras. Los jabalíes escarban en la tierra y además cambian la vegetación porque la comida que se les ha puesto como cebo altera la base vegetal. Los cazadores y los jabalíes gozan de libertad; los amantes de la naturaleza, no. La oposición a esta medida debe partir de abajo, de la población local, dirigida por conservacionistas experimentados. De esta manera es más probable que se establezca una cooperación constructiva con los cazadores y los pescadores, porque no se enfrentan a extraños sino a la gente del pueblo.

No se debe aceptar que en las reservas no se permita la entrada a los interesados en la naturaleza

Y lo mismo se aplica a las autoridades de conservación de la escala inferior. Llevan la mayor carga de trabajo in situ y conocen bien los problemas específicos de la zona. Por consiguiente, también estarán dispuestas a llegar a un entendimiento con las asociaciones paisajísticas, el servicio de carreteras y los equipos municipales de protección natural a fin de poder adoptar procedimientos prácticos en el cuidado de los espacios verdes. La organización encargada de los bosques estatales estará de igual modo sujeta a estas medidas, pero cooperará para preservar y mejorar los hábitats y abstenerse de una destrucción innecesaria. Como, por ejemplo, cortar las flores de los márgenes de los caminos a principios de verano. Iniciativas como «cada comunidad tiene su biotopo» de Peter Berthold, el antiguo director de la estación ornitológica de Radolfzell, son una buena prueba de que la imposición desde abajo funciona mucho mejor que la implantación de leyes y reglamentos desde arriba.

Para las asociaciones de conservación de la naturaleza, esto significa que han de invertir la mayor cantidad de recursos posibles en la adquisición de tierras y en el tratamiento de estas zonas conforme a criterios conservacionistas, y que para ello tendrán que abandonar muchas de las «acciones» que al final resultan ser ineficaces. No se salva el mundo con profecías apocalípticas, sino con buenos ejemplos y una buena actuación en el lugar. La iniciativa del «cada comunidad tiene su biotopo» podría complementarse de maravilla con otra que rece «cada lugar tiene su propia pradera de mariposas». Para que los niños puedan volver a sentir las mariposas en la mano. Y también saltamontes, grillos y otros bichitos.

Hay suficientes espacios verdes para ello. Las organizaciones de conservación de la naturaleza también podrían arrendar por un tiempo tierras de labranza –por ejemplo, durante cinco o diez años– para mostrar todo lo que puede vivir en ellas y que no sea envenenado ni fertilizado hasta la muerte. Las antiguas zonas de barbecho, que fueron subvencionadas con fondos de la PAC (Política Agraria Común), apuntaban en esta dirección. Sin embargo, su efecto fue demasiado limitado, pues o bien permanecían sin labrar durante períodos demasiados breves, o bien quedaban en unas condiciones que permitían reanudar de manera inmediata la actividad. Una pradera arrendada por cinco años no necesita producir rendimientos máximos como una pradera de especies forrajeras. Sin embargo, produce suficiente forraje o heno para financiar una siega en el momento adecuado. El hecho de que no esté inundada de purines es bueno para la vida de la pradera y no entraña ningún perjuicio para su uso posterior. Y así sucesivamente.

Hay muchas maneras de actuar de abajo arriba a nivel municipal y de los propietarios privados. Qué y cuánto se logre será un indicador de los esfuerzos de los conservacionistas. A juzgar por lo que han hecho en mi distrito natal y en el vecino, sus logros son muy grandes. Así que no debemos caer en el pesimismo. Hoy tenemos oportunidades y posibilidades reales de conseguir algo. Todos los que están comprometidos con la naturaleza saben lo difícil que son de llevar adelante. Pero el esfuerzo vale la pena. Y si nuestros hijos y nietos pueden ver esto más tarde, sin duda habrá merecido la pena. Este es el otro mensaje que nos transmiten las mariposas.


Este es un fragmento de ‘La desaparición de las mariposas‘ (Crítica), por Josef H. Reichholf.

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