Internacional

Estados Unidos, China y la batalla por el clima

A pesar de los esfuerzos de la Unión Europea por liderar la lucha climática, las decisiones de las dos grandes superpotencias mundiales son decisivas a la hora de librar esta batalla. No solo por la lógica que dicta la hegemonía de estos países, también por el impacto medioambiental que provocan: ambos suman el 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global.

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Carla Lucena
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01
Dic
2021

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Carla Lucena

Todavía faltaban varios meses para que John Fitzgerald Kennedy fuera asesinado en Dallas. El 10 de junio de 1963, el trigésimo quinto presidente de Estados Unidos seguía vivo, con una cita pendiente frente a los micrófonos dispuestos para la graduación de la American University, en la capital del país. «Nuestro vínculo común más básico es que todos vivimos en este pequeño planeta. Todos respiramos el mismo aire, todos valoramos el futuro de nuestros hijos y todos somos mortales», defendió entonces ante un horizonte repleto de birretes. Sus palabras iban dirigidas a la defensa de una coexistencia pacífica con la Unión Soviética. Sin embargo, décadas después siguen más vigentes que nunca en un tablero internacional multipolar, donde dos de las grandes potencias mundiales –en este caso Estados Unidos y China– compiten por liderar la lucha contra el cambio climático.

Los líderes actuales de estos países, Joe Biden y Xi Jinping, no solo ambicionan construir y salvaguardar el futuro de sus respectivos países, sino liderar una transformación a nivel mundial. Pero no lo hacen desde la confrontación que tanto defendió Donald Trump, sino desde un marco de cooperación que, según explica Pablo Pareja, profesor de Relaciones Internacionales en la Universitat Pompeu Fabra, es todavía receloso: «Ambos saben que están condenados a entenderse en este ámbito, pero su relación no deja de ser de competitividad».

Una cooperación limitada

La naturaleza tirante de estas relaciones quedó retratada el pasado 21 de septiembre, cuando el enviado presidencial especial de Estados Unidos para el clima, John Kerry, se expresó con franqueza tras la salida de las conversaciones políticas en la ciudad china de Tianjin: «El clima ni es ideológico, ni es una herramienta geoestratégica», señaló ante la prensa. El experimentado político, con un cargo creado ex profeso para otorgar la importancia necesaria al desafío climático, no tardó en recibir una dura respuesta por parte de las autoridades asiáticas. Tal y como declaró Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores chino, el trabajo de ambas naciones «no puede separarse» de otras tensiones políticas. Según el representante, «Estados Unidos desea que la cooperación climática sea un oasis en las relaciones bilaterales, pero, si ese oasis se ve rodeado de un desierto, también terminará por secarse». Algo similar ocurrió en enero de este mismo año cuando la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino declaró que «al contrario que las flores que pueden florecer en un invernadero a pesar del frío, cualquier cooperación está unida estrechamente a las relaciones bilaterales como un todo».

Lara Lázaro: «Debido al coste económico de la transición, nadie puede asegurar que otro presidente no vuelva a salirse de los acuerdos por el clima»

Las particularidades políticas y económicas de ambas superpotencias repercuten en la manera de hacer frente a la crisis climática. A pesar de que tanto China como Estados Unidos cuentan con objetivos similares, cada uno tiene su propio margen temporal. Así, mientras que los norteamericanos pretenden alcanzar una economía neutra en carbono para el año 2050, China ambiciona lo mismo, pero para el año 2060. Una década de diferencia que puede resultar crucial para cumplir con acuerdos internacionales como los alcanzados en París.

En este sentido, las metas de China no solo se antojan más tardías que las de Occidente, sino que siempre se encuentran rodeadas de un muro informativo opaco, similar al que envuelve la actividad política. A todo esto se le suma la dificultad de combinar la descarbonización de la economía con la necesidad del Partido Comunista de China (PCC) de mantener un boyante –y continuo– crecimiento económico. «El PCC es muy consciente de que su legitimidad a ojos de una parte de la ciudadanía depende, hoy en día, de su capacidad de generar crecimiento económico. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que el papel del Estado como organización política en Asia no es el mismo que en Europa. Allí, el Estado se justifica en gran medida porque ayuda a crecer económicamente», señala Pareja.

China y la paradoja del carbón

China parece abocada a una paradoja aparentemente irreconciliable: si su modelo continúa primando un alto crecimiento económico, parece difícil que pueda cumplir sus  compromisos climáticos en un plazo razonable. Al fin y al cabo, un crecimiento menor al 5% anual –algo absolutamente extraordinario si se extrapola  a las economías europeas– puede ser percibido como un fracaso por gran parte de la población. Al mismo tiempo, es probable que el cambio climático obligue al país a relajar sus previsiones más optimistas. «China es uno de los países que más contamina y, al mismo tiempo, uno de los que más invierte en energías renovables», explica el profesor, que subraya que hace ya años que el gigante asiático lidera este mercado. Según datos de la organización Renewables Now, las inversiones realizadas por el país alcanzan aún hoy un tercio del total global. Una cifra que subía casi hasta los cincuenta puntos porcentuales en 2017, de acuerdo con los informes elaborados por Bloomberg y Naciones Unidas.

Sin embargo, antes de anunciar su intención de no invertir en combustibles fósiles fuera de sus fronteras, China lideraba –y con una gran diferencia– las inversiones relativas al uso del carbón. Tampoco es desdeñable la apuesta por el uso de energía renovable: en 2020 logró doblar su potencia, siendo uno de los países con más instalaciones de este tipo. A pesar de ello, la enorme demanda de energía hace que los esfuerzos sean, cuando menos, insuficientes.  «Esta  situación está dando lugar a una suerte de liderazgo sin entusiasmo en las negociaciones relativas al cambio climático: sabe que no puede escapar a las presiones para mitigar sus efectos y, a la vez, es muy consciente del coste que esto puede conllevar para su economía», detalla Pareja.

Pablo Pareja: «Ambos países saben que están condenados a entenderse en el ámbito climático, pero su relación no deja de ser de competitividad»

A pesar de todo, una transición ordenada podría resultar beneficiosa para la estructura del país, ya que ayudaría a resolver algunas de las distorsiones económicas propias de China, como la inflación o los indeseados efectos de una urbanización acelerada. Un cambio que, además, parece inevitable dada la actual interdependencia con otros Estados en un mundo cada vez más multipolar. «China no puede inclinar su balanza de preferencias de forma muy clara por el puro crecimiento económico, ya que, si quiere ser aceptada por los países occidentales, aquellos que tienen una posición más o menos fuerte en el sistema internacional, necesita apelar a algo atractivo para ellos, lo que en su caso no son los derechos humanos o la democracia», destaca de nuevo Pareja.

«No se trata de ir poniendo parches», explica Fernando Valladares, profesor investigador del CSIC, que sugiere que lo adecuado es reducir las emisiones. «Todo lo demás es demasiado imperfecto», aclara. Un ejemplo de ello es la reforestación, una de las opciones predilectas de los líderes del país asiático. «Ni es inmediata, ni es una ciencia exacta, ni se puede reforzar en todos los sitios. Los árboles tardan tiempo en ser sumideros de carbono eficaces. Se tiende a ser demasiado optimista con esta clase de medidas», arguye el científico. Así, la situación no es particularmente halagüeña. Según datos recogidos por Bloomberg, China ya superó en 2019 a todo el conjunto de los países miembros de la OCDE en la emisión de gases de efecto invernadero. En la actualidad –señalan desde Global Energy Monitor–, el país cuenta aún con 1.087 centrales térmicas de carbón operativas, 143 aprobadas y 95 en proceso activo de construcción. Todo esto convierte al país asiático en líder en consumo global del combustible fósil más contaminante del planeta.

China planea alcanzar la neutralidad climática en 2060 y Estados Unidos en 2050

China tiene hoy una potencia energética de carbón cifrada en 1.042 gigavatios, lo que representa algo más de la mitad del uso total de este combustible a nivel internacional. Para comprender la magnitud del problema es preciso recordar que un gigavatio (GW) alcanza aproximadamente la energía necesaria para abastecer a 750.000 hogares. De esta manera, China cubriría con carbón las necesidades energéticas de cerca de mil millones de hogares. En comparación, Estados Unidos, el tercer país con un mayor uso del carbón, cuenta tan solo con una potencia de 232 gigavatios, mientras que España dispone de algo menos de 5 gigavatios.

No obstante, China parece no querer frenar su tendencia de consumo energético. Al contrario: si bien su último plan quinquenal apunta a un crecimiento de cuatro puntos porcentuales en energía limpia, no se prevé que la demanda de renovables siga su ritmo, por lo que es de esperar que la expansión en el uso del carbón continúe por lo menos hasta el año 2025. Se trata de acciones que llevan a observar con recelo el compromiso de no construir más centrales térmicas de carbón fuera del país, sobre todo, teniendo en cuenta que la nación asiática es la mayor productora de carbón del mundo. Esta ambigua e insuficiente dirección es la que lleva a afirmar a la organización Climate Action Tracker que, si todos los países actuaran igual que China, la temperatura en relación con los niveles preindustriales podría llegar a aumentar hasta 4º C: uno de los escenarios más catastróficos a los que se podrían enfrentar el planeta y sus habitantes.

El papel de Estados Unidos

En la otra punta del mapa, Estados Unidos pretende hacer del clima una de sus puntas de lanza en política exterior. Al menos así lo quiso demostrar Joe Biden al volver a aceptar el Acuerdo de París el primer día de su mandato. Y es que, en esta legislatura, los demócratas pretenden realizar un cambio estructural en la economía a través de dos paquetes de estímulos que, en total, superarían los cuatro billones de dólares, y alcanzarían áreas clave en el sistema de infraestructuras y en la acción y resistencia contra el cambio climático. A ello se suman también otras propuestas, como el descenso de emisiones en metano o la consecución de una red energética nacional completamente limpia en el año 2035. Según subraya Valladares, «en Estados Unidos la política climática se ve como un mercado, un juego de balanza, de intereses y de relaciones internacionales; como creo que ha de ser en un mundo globalizado».

«En Estados Unidos es muy complicado llevar a cabo una acción climática a nivel federal, más aún de una manera muy ambiciosa. Además, si bien es cierto que los impactos del cambio climático son cada vez más claros, así como su coste económico, nadie puede asegurar que otro presidente no vuelva a salirse de los acuerdos y marcos diplomáticos en torno al clima», explica Lara Lázaro, investigadora principal en el Real Instituto Elcano. La fiera oposición política y la sombra alargada del trumpismo prometen entorpecer las propuestas.

Asimismo, se añade que Estados Unidos es también uno de los grandes productores de combustibles fósiles, con una industria que parece poco probable a admitir voluntariamente la caducidad de su actividad. «Tanto China como Estados Unidos poseen un protagonismo involuntario en cuanto a su economía y sus emisiones. La Unión Europea, a pesar de su protagonismo direccional, puede hacer muy poco sin ellos», defiende la investigadora. Algo que también señala Valladares, quien incide en lo «absolutamente necesaria» que es para esta crisis la relación bilateral entre ambos países. No obstante, las preocupaciones difieren entre ambas superpotencias: si bien en el país norteamericano la preocupación por el cambio climático como tal es cada vez mayor, en China lo es esencialmente por las consecuencias asociadas a la mala calidad del aire.

El gran problema, pese a todo, sigue siendo la magnitud de las acciones a tomar. «Las causas últimas pertenecen a este sistema socioeconómico que tiende a la producción siempre creciente. Por eso se habla de decrecimiento, desescalada o desincentivo del consumo», explica Valladares. Y remarca: «Esta transición requiere conciencia colectiva y acciones en muchos campos. No solo en el sector energético, sino también en otros como el transporte y la agricultura». En ello coincide, a su vez, la investigadora del Real Instituto Elcano, que sostiene que se debe repensar el modelo de actuación para que respete los límites planetarios. En este sentido, Lázaro explica la amplia dificultad de la lucha sin una «transición justa e inclusiva». Una remodelación absoluta que, por su magnitud, parece volverse imposible sin la participación de las grandes potencias globales y la colaboración de mercados tan grandes como el de la Unión Europea.

El compromiso alcanzado en la COP 26 revela, una vez más, el peso hegemónico de dos países que en la actualidad son responsables de casi la mitad de emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial. El acuerdo abre las puertas a una suerte de paz climática entre Estados Unidos y China que sigue generando, por supuesto, grandes dosis de escepticismo. De hecho, el pacto es el conjunto de una suma de declaraciones y compromisos que podrían quedarse en una declaración de buenas voluntades. La nación asiática, al fin y al cabo, continúa con una hoja de ruta particularmente vaga más allá del año 2030. Ambos países han acordado la reducción de emisiones de metano –gas responsable de un 25% del calentamiento global– de forma drástica, pero la hora de la verdad llegará el año que viene, cuando China presente su plan integral de reducción de emisiones.

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