Medio Ambiente

Cómo evitar el desastre climático

La receta está sobre la mesa: hay que reducir las emisiones hasta llegar a cero de cara a 2050 si queremos combatir la crisis climática. Lograr este objetivo dependerá de que algunos de los ingredientes esenciales, como la innovación tecnológica, acaben de madurar. Pero, incluso aunque lo hagan, ¿será suficiente para evitar una catástrofe medioambiental?

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Carla Lucena, Valeria Cafagna
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04
Oct
2021
Climático

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Carla Lucena, Valeria Cafagna

La repostería es –dentro del mundo de la gastronomía– una de las artes más complicadas de dominar. Hay quien dice que, más que cocina, es pura química (la de las fórmulas, no la de los sentimientos). Si falta un ingrediente, este no se aplica en el orden correcto, fallan las cantidades o nos equivocamos en los tiempos, el resultado puede ser desastroso. No hay lugar para la improvisación durante el proceso de elaboración y la creatividad viene determinada de antemano en una receta pormenorizada. Con la lucha climática sucede algo parecido: si no nos ajustamos al tiempo, no priorizamos los ingredientes correctos y nos excedemos con la temperatura o las cantidades –en este caso de CO₂–, el desenlace será, cuando menos, irreversible. Hace ya tiempo que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (más conocido por sus siglas en inglés, IPCC) nos dio algunas indicaciones. Como que tenemos hasta 2030 para reducir en un 45% las emisiones de gases de efecto invernadero respecto a los niveles de 2010, alcanzar la neutralidad climática para 2050 y así evitar que la temperatura global supere un aumento de 1,5 °C. Esto significa que hay que reducir a cero los 51.000 millones de toneladas de gases que, según un estudio publicado en la plataforma Our World in Data, la humanidad lanza anualmente a la atmósfera. Así, la pregunta surge sola: ¿es realmente posible alcanzar estos objetivos? Debe serlo. Al menos si queremos evitar el desastre climático.

Esta es la tesis de la que parte el fundador de Microsoft, Bill Gates, en un libro que inspira el titular de este reportaje (Cómo evitar el desastre climático) y en el que recoge una década de investigaciones sobre la crisis climática. Lejos de pretender convertirse en un gurú ecológico –«Tengo claro que no soy la persona más indicada para transmitir estos mensajes», escribe el magnate, que carga con una importante huella de carbono sobre su espalda–, Gates propone ya no solo una receta para cumplir con los objetivos, sino algunas claves sobre qué utensilios pueden ser útiles para abordar el mayor desafío al que se enfrenta la humanidad. Unas herramientas que tienen que ver, como no podía ser de otra manera viniendo del creador del sistema operativo más utilizado en el mundo, con la tecnología.

Por los viejos conocidos: las renovables

Para Gates, el primer paso consiste en aplicar las herramientas de las que ya disponemos «de manera más rápida e inteligente». Se refiere a energías limpias como la solar y la eólica, que se presentan como principal alternativa a los combustibles fósiles, que comprenden el 80% de la demanda de un sistema energético (el actual) que es fuente de aproximadamente dos tercios de las emisiones globales de CO₂, según Naciones Unidas. De hecho, los precios de estas tecnologías han descendido tanto en los últimos años –una media anual del 18% desde 2010 en el caso de la solar y un 9% en el caso de la eólica– que un informe reciente del think tank Carbon Tracker estima que para 2050 podrían generar el 100% de la energía global.

Y eso no es todo. Los datos más recientes sobre la generación eléctrica avalan este supuesto futuro. Según el último Global Electricity Review elaborado por el instituto de investigación Ember, en 2020 las energías eólica y solar llegaron a abastecer casi un décimo de la electricidad mundial (9,4%), el doble que en 2015. Sin embargo, a pesar del optimismo que presentan estas cifras, hay expertos que cuestionan la operatividad de dejarlo todo en manos de las energías alternativas al carbón. «Los esfuerzos para sustituir los combustibles fósiles son todavía muy lentos y escasos en todo el mundo», explica Efraim Hernández, investigador del Instituto Ambiental de Estocolmo (SEI), que refiere a las principales conclusiones del estudio Production Gap Report liderado por el SEI y la ONU: «Aunque los combustibles fósiles cayeron durante la pandemia, los Gobiernos han hecho sus planificaciones de reducción de emisiones para 2030 planeando producir carbón, petróleo y gas muy por encima de los niveles necesarios para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C según lo pactado en el Acuerdo de París».

Rubin: «Es egoísta actuar por salud propia, pero al final del día, el egoísmo colectivo es lo que nos permite resolver problemas como el cambio climático»

Ante este escenario, Hernández propone hacer uso de todas las herramientas disponibles, que van mucho más allá de las renovables: «Las soluciones contra el cambio climático no pueden limitarse a fomentar exclusivamente estas tecnologías limpias, sino que también deben modificar aquellos hábitos sociales o patrones de consumo que pueden resultar en una reducción de emisiones, como impulsar el uso de las bicicletas o el reciclaje». Ahora bien, aterrizar las medidas de mitigación climática en la sociedad no implica, según el experto, desligarlas de la tecnología. Por el contrario, Hernández subraya el papel de lo que denomina citizen science (ciencia ciudadana), una nueva manera de generar conocimiento involucrando activamente a la ciudadanía en la investigación científica y el desarrollo de políticas públicas. «Consiste en, a través de ordenadores, móviles, GPS y dispositivos remotos, obtener datos directamente de la población, y así observar las prácticas y hábitos de consumo de los ciudadanos y darnos pistas sobre cómo eliminarlas o cambiarlas en unas más sostenibles haciéndonos servir de los avances tecnológicos», concreta.

Para María José Sanz, directora científica del Centro de Investigación para el Cambio Climático BC3 del País Vasco y una de las autoras del informe del IPCC sobre la crisis climática, el impulso de las energías renovables también debe considerarse como un paso más de muchos. «La tecnología puede ayudar a combatir la crisis climática, pero no es suficiente; debe producirse un cambio sistémico, una transformación social más justa e inclusiva que vaya desde el individuo hasta los niveles más altos de gobernanza», señala. Y añade: «Se trata de tomar consciencia de que podemos ser mucho más eficientes y modificar nuestros hábitos».

En esta línea, la transformación holística de nuestras actividades se presenta como un elemento clave e inapelable en la lucha contra el cambio climático. Sobre por dónde empezar, el profesor norteamericano Edward Rubin, Premio Nobel de la Paz 2007, dirige de nuevo el foco hacia la energía; concretamente hacia su consumo: «La demanda energética, que ha aumentado exponencialmente a medida que la población mundial crecía, es la que nos ha llevado a la crisis climática. Por eso, aunque pudiésemos sustituir los combustibles fósiles por renovables, si seguimos necesitando más y más energía, vamos a seguir teniendo un problema medioambiental relacionado con toda la cadena de actividades, como la distribución o las infraestructuras». Y concreta: «La única energía realmente limpia que conozco es aquella que no se usa».

La idea de Rubin podría resumirse en que la solución al problema tiene más que ver con nuestra manera de vivir que con el origen de la fuente energética. «Abordar el problema climático y reducir las emisiones y la demanda depende, en última instancia, de que se produzca una modificación en el comportamiento de la sociedad, en cómo nos movemos, cómo construimos nuestras sociedades o cómo estructuramos los sistemas alimentarios», señala, para después matizar que habla de una transformación que debe transcurrir paralelamente al avance de la innovación tecnológica. De esta manera, el que es uno de los más prestigiosos expertos mundiales en la lucha contra el cambio climático coincide con la segunda propuesta de Gates para no solo reducir, sino acabar con las emisiones: crear y comercializar tecnologías de vanguardia. O, en palabras de Rubin, «tecnologías medioambientales».

Un nuevo mercado para las nuevas tecnologías

Entre ellas se encuentra una que ha ganado protagonismo a nivel internacional en los últimos años: la captura y almacenamiento de carbono (CAC). Se trata de una tecnología que permite absorber el CO₂ de las centrales eléctricas y otras grandes fuentes industriales antes de que llegue a la atmósfera. Después, los gases recogidos se aíslan en formaciones geológicas profundas o en yacimientos obsoletos de petróleo o gas, o se combinan con otros elementos para producir combustibles. Sobre papel, estos sistemas de emisiones negativas, que empezaron a utilizarse en los años 70 y 80, se presentan como la alternativa perfecta para seguir produciendo electricidad con combustibles fósiles. Sin embargo, en la práctica, resultan costosos y las compañías energéticas no obtienen ninguna recompensa. Una contradicción que explicaría su baja implantación en el mercado mundial, donde en 2020 solo existían 21 infraestructuras a gran  escala de esta tecnología,  que representa menos del 0,5% de las inversiones globales en energía limpia y soluciones eficientes, según la Agencia Internacional de la Energía (IEA).

¿Significa eso que apostar por la captura y el almacenamiento de carbono es un brindis al sol? Para el profesor norteamericano, el problema no está en la tecnología en sí, sino en cómo se impulsa la innovación: «¿Por qué alguien iba a utilizar sistemas como este, que requieren invertir mucho dinero y, a diferencia de la energía eólica y solar que producen electricidad, no te da nada que puedas vender?». La respuesta viene, a su juicio, del sistema político, responsable de llevar a cabo una combinación de dos acciones que el experto llama «zanahorias» y «palos». O en otras palabras: incentivos y obligaciones. «Para que el proceso de innovación tecnológica tenga éxito hay que crear un mercado viable a través de incentivos que hagan que las compañías apuesten por comprar estas soluciones y normativas que las lleven a buscar nuevas medidas, como un impuesto sobre las emisiones de gases», sugiere.

La tecnología de captura y almacenamiento de carbono absorbe el CO₂ de industrias contaminantes antes de que llegue a la atmósfera

En la década de la acción –término designado por la ONU para referirse al tiempo que tenemos hasta 2030–, la innovación se presenta como una palanca esencial para alcanzar los diversos objetivos climáticos. Tanto es así que en un informe de la ONU y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) se muestra, a través de la recopilación de diversos estudios, el impacto positivo que tienen en el medio ambiente las tecnologías de vanguardia, como la gestión inteligente del agua o la creación de réplicas de ciudades virtuales para prevenir desastres climáticos. No obstante, en el mismo informe se advierte de que la tecnología no es la panacea, sino que su éxito dependerá de los esfuerzos de las Administraciones públicas en su despliegue y adopción.

En eso coincide el economista Davide Consoli, investigador del instituto INGENIO del CSIC, que habla de la innovación como una transformación social que se enfrenta a altos niveles de incertidumbre y que requiere de un binomio indiscutible: capacidad para fabricar artefactos y capacidad para gestionar la tecnología y el coste humano de manera acorde a las necesidades de la sociedad. «A lo largo de la historia, la tecnología nos ha ayudado a alcanzar hitos que creíamos imposibles. Y la innovación también nos puede ayudar ahora, pero para ello hay que diseñar políticas públicas duraderas contra el cambio climático que tengan en cuenta aspectos sociales, como la igualdad de oportunidades, y que hagan que el proceso tecnológico sea justo», detalla.

Con todo, a pesar de las vicisitudes (y diferencias de opiniones) que aparecen a la hora de implantar las tecnologías limpias ya existentes y desarrollar las nuevas, todos los expertos sintonizan en el optimismo. Optimismo por las posibilidades que brinda la tecnología, pero también por la capacidad y el interés de la gente por combatir la crisis climática. «Empezamos a solucionar los problemas cuando tomamos conciencia de que nos afectan personalmente. Como la pandemia, en la que nos hemos puesto de acuerdo en cuanto a la gravedad y la urgencia de la situación, y hemos desarrollado una vacuna en tiempo récord», explica Rubin. Una lógica extrapolable a la crisis climática, cuyas consecuencias,  sostiene, ya percibimos directamente con las inundaciones o en olas de calor sin precedentes. Y concluye: «Es una motivación egoísta actuar por salud propia, pero, al final del día, la suma de egoísmos –o el egoísmo colectivo– nos permite resolver problemas que de otro modo ignoraríamos».

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