Biodiversidad

La caza de ballenas en las islas Feroe: ¿Sostenibilidad o salvajismo?

El pasado 14 de septiembre, una organización ecologista compartió en las redes sociales las duras imágenes de una matanza de más de 1.428 delfines en una playa de las islas. La caza de cetáceos, sin embargo, es para los feroeses una herencia milenaria que no solo conciben como una tradición, también como una práctica ecológica.

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16
Nov
2021
Ballenas

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¿Cómo es vivir en una inhóspita, lejos del mundo moderno, un paraje completamente atemporal? En pleno Atlántico Norte, entre Escocia e Islandia, el archipiélago de las islas Feroe conforma un complejo de 18 islas con una población total de 53.000 personas. Actualmente, pertenecen al reino de Dinamarca, pero ejercen como un gobierno autónomo –el parlamento feroés legisla de manera independiente– lejos de la Unión Europea, si bien mantienen acuerdos bilaterales de comercio y pesca. Su ubicación ha sido determinante para el desarrollo de la región: por un lado, sus condiciones climáticas permiten un cultivo de productos limitado, razón por la cual la sociedad feroesa ha crecido dependiendo de los recursos marinos; y del mismo modo, su posición en el mapa ha supuesto un remarcado aislamiento en lo referido a las influencias occidentales. Así, algunas prácticas comunes para la ciudadanía feroesa como la caza de ballenas o Grindadrap, que siguen activas, han generado en los últimos años una importante controversia en el mundo occidental. 

En estas islas, la caza de ballenas piloto (calderón común) y delfines es una práctica común celebrada anualmente que ha llegado a las nuevas generaciones heredada de una tradición milenaria basada en la necesidad de recurrir a esta práctica para la subsistencia de la población por la falta de suministros (algunas excavaciones arqueológicas han registrado el consumo de estas especies desde 1584, fecha en el que se inició el registro de cada matanza). Y a pesar de que esta práctica podría percibirse como una barbarie practicada por grupos aislados de las islas, lo cierto es que es comunitaria, regulada y, de hecho, se interpreta como sostenible.

La caza de ballenas practicada por los feroeses se hereda de una tradición milenaria que respondía a la falta de alimentos de la población

¿Cómo se lleva a cabo? Desde hace décadas, la organización de la caza de calderones ha ido mejorando se ha ido transformando. En la actualidad, se requiere una autorización por ley que permita a trabajadores expertos matar a un cetáceo y que estipula que la matanza ha de ser rápida y eficiente (5-10 minutos) y realizarse en la orilla o en bahías poco profundas. Al cetáceo se le sacrifica utilizando un gancho que atraviesa su médula espinal para, posteriormente, proceder a cortarle el cuello. Una vez finalizado el proceso, la comunidad hace un recuento de las provisiones y reparte de manera gratuita los productos entre los ciudadanos a partes iguales, pues está prohibido comercializar la venta de esta carne.  

Tanto la práctica como sus límites éticos y legislativos han puesto a estas cacerías en el punto de mira del mundo académico, la prensa internacional y, sobre todo, grupos de activismo ecologista. Sea Shepherd es el principal actor que lidera la oposición de esta tradición tanto dentro como fuera de las islas. El pasado 14 de septiembre, la organización compartió en las redes sociales imágenes de una matanza descontrolada que conllevó la muerte de 1.428 delfines en la playa de Skálabotnur. Las imágenes de la caza muestran a los cetáceos agitándose en aguas teñidas de rojo por la sangre mientras cientos de personas observan desde la playa. Este incidente ha conmocionado también a los lugareños, suscitando no solo críticas a nivel internacional, sino también interno. Ante esta crisis, el primer ministro Bárður á Steig Nielsen ha reconocido en una rueda de prensa que reconsiderará esta caza, sin olvidar aludir a esta práctica como sostenible.

Para los grupos ecologistas, esta caza es «una masacre desorganizada»; para los feroeses, una práctica sostenible

Internacionalmente, el Grindadrap ha sido reconocido como sostenible por unos y denunciado por otros. Cabe destacar que la caza habitual se enfoca en el calderón común, especie cuyo nivel de amenazas se considera ‘no preocupante’ y, por tanto, se encuentra lejos de estar en peligro de extinción. Sin embargo, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza destaca la falta de datos precisos y actualizados sobre el estado de esta especie en el Atlántico Norte. Los partidarios del Grindadrap defienden que es una manera sostenible de obtener alimentos de la naturaleza sin poner en peligro a la especie, además de representar una parte importante de su identidad cultural. Sin embargo, la oposición considera esta matanza cruel, salvaje e innecesaria en un mundo globalizado y con acceso al mercado.

Para los grupos activistas esta práctica no deja de ser una «masacre desorganizada». Sea Sheperd, de hecho, se dedica a intervenir en las cazas para evitar que ocurran, razón por la cual hasta 14 voluntarios fueron arrestados en 2014. Por otro lado, el geógrafo estadounidense Russel Fielding, experto en esta práctica feroesa, afirma que es la única tradición vinculada a la caza de ballenas que se sigue realizando igual que hace un siglo, sin cambios ni adaptaciones. Russel comprobó a través de varias encuestas realizadas en 2013 que las generaciones más jóvenes seguían apoyando el Grindadrap en mayor o menor medida. Por tanto, el futuro de esta práctica es indeterminado: los expertos apuntan a que sería conveniente actualizar las encuestas para comprobar lo que opina el público actual. De hecho, otros aseguran que la única causa que podría llevar a los feroeses a cesar esta práctica sería por cuestiones de salud, dado que recientes estudios han probado que el calderón común presenta altos niveles de mercurio, un componente químico que puede ser dañino para el ser humano. Ante esto, la comunidad isleña ya ha disminuido su consumo y ha recomendado que las mujeres embarazadas no ingieran este producto.

Pero ¿bajo qué criterios se debe juzgar esta práctica cómo cruel e innecesaria? Ahora, la única certeza es la urgencia de adaptar los sistemas de producción y consumo hacia la sostenibilidad, aunque (quizás) esto no implique que se haga de forma homogénea.

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