Biodiversidad

Cómo los aullidos volvieron a Yellowstone

Conocido como «el experimento ecológico más celebrado de la historia», la recuperación del lobo en el parque nacional estadounidense es una demostración empírica de lo fácil que es romper el equilibrio de los ecosistemas y del esfuerzo colosal que supone recuperarlo.

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12
Ene
2021
lobos Yellowstone

Para el lobo ‘número uno’, pisar los fríos suelos de Yellowstone no supuso más que un simple paso sin importancia. Para el parque nacional más antiguo del mundo fue una auténtica salvación: la llegada de 14 de estos mamíferos en 1995 cambió para siempre el curso de su historia y niveló la balanza de un ecosistema disfuncional. La caza había acabado con el último lobo de la zona en 1943 y, setenta años después, el silencio por fin se rompía con nuevos aullidos.

El de Yellowstone se describe como «el experimiento ecológico más celebrado de la historia», una demostración empírica de lo fácil que es romper el frágil equilibrio de los ecosistemas y el esfuerzo colosal que supone recuperarlo. Cuando el Presidente Ulysses S. Grant inauguró esta reserva natural que se extiende por tres estados –Wyoming, Montana e Idaho– en 1872 lo hizo por diversos motivos. Entre sus bosques subalpinos se hallan restos de los primeros asentamientos de los nativos americanos construidos sobre la caldera del mayor volcán de América, que dota al parque de al menos la mitad de las atracciones geotermales del mundo y lo convierte en una de las mayores joyas turísticas naturales de Estados Unidos. «Un parque público o terreno de recreo para beneficio y disfrute de la ciudadanía», en palabras del propio Presidente, que en su momento hizo caso omiso a cualquier reivindicación previa sobre el territorio por parte de los grupos nativos.

En la actualidad, el parque es el centro del Gran Ecosistema de Yellowstone, el mayor y más vasto conjunto de paisajes prácticamente vírgenes y de fauna salvaje: lobos, uatipíes, bisontes, carneros, alces y cientos de otras especies habitan ahora las 900.000 hectáreas del parque. Sin embargo, en sus primeras semanas de vida, Yellowstone no contaba con personal. Tampoco con presupuesto. Y, a pesar de que se prohibía «la destrucción gratuita» y la pesca o la caza con ánimo de lucro, la desprotección institucional pronto lo convirtió en un pasto para cazadores que abatían a plena luz del día cientos de especies. Balas, trampas, veneno… todo valía para acabar con la vida de algún animal despistado.

En Yellowstone la caza sigue siendo legal, lo que trae constantes enfrentamientos entre sus practicantes y los grupos ecologistas

Los lobos, cuya población decaía por momentos, se convirtieron en el principal objetivo. Tras la disminución de sus presas y los ataques a sus hábitats por la actividad humana, estos animales comenzaron a atacar al ganado de las inmediaciones, alimentando esa mala prensa que todavía hoy les persigue. Solo en 1918, llegaron a registrarse hasta 36 lobos abatidos en la zona, y entre 1915 y 1924, los cazadores asesinaron a casi un centenar. El último murió en mayo de 1943 tras el disparo de Leo Cottenoir, un pastor nativo americano de la Reserva de Wind River, que lo alcanzó cerca de la frontera sur del parque.

Las consecuencias no se hicieron esperar y el equilibrio del ecosistema pronto comenzó a fallar. La ausencia de los lobos provocó el aumento de la población de alces, una de sus presas más habituales. Sin ningún peligro en el horizonte, este herbívoro pronto empezó a deshacerse de arbustos, álamos y sauces, rompiendo así con el hábitat de aves y hongos y dejando sin alimento a otras tantas especies herbívoras. Paralelamente, los registros de ciervos aumentaron exponencialmente durante años terminando con gran parte de la vegetación a la orilla de los ríos y dejando a los castores sin madera de sauce para construir sus características presas, esenciales para otras especies arbóreas que necesitaban de las balsas de agua para crecer. Sin los lobos, además, las poblaciones de coyotes aumentaron drásticamente, afectando a la población de antílopes. Para resolver la situación, la Administración del Parque decretó la reducción de estas poblaciones a través de la caza, confiando en que pronto alces y ciervos acabarían por regular su presencia. El fin de las matanzas selectivas al entrar los años setenta no solucionaron nada, pues alces y ciervos volvieron a aparecer de forma exacerbada al poco tiempo.

Mientras que Yellowstone moría poco a poco, en la comunidad científica cambiaban las actitudes hacia el lobo y otros grandes depredadores. Douglas Pimlott, un célebre biólogo de vida silvestre, fue uno de los primeros en hablar de la necesidad de restauración de los lobos en las montañas rocosas del norte. En 1970, David Mech publicaba The Wolf: The Echology and Behavior of an Endangered Species, un estudio que subraya la importancia de su impacto en el entorno. Finalmente, John Weaver fue directo al grano en Yellowstone Wolves, recomendando su reintroducción como solución a la ruptura de la cadena trófica que su ausencia había provocado. Tras aprobar un fuerte blindaje legislativo, los primeros catorce lobos llegaron a Yellowstone desde Alberta (Canadá). Se aclimataron en tres corrales y, dos meses después, corrían en libertad. El mismo proceso se llevó a cabo con otros diecisiete ejemplares un año después.

Los biólogos calculan que cada lobo caza de media 22 alces al año, y que cada presa alimenta a un total de quince ejemplares. Como cabía esperar, la reintroducción de estos mamíferos consiguió disminuir relativamente rápido la presencia de alces y ciervos que diezmaban la vegetación de Yellowstone, consiguiendo traer de vuelta múltiples especies ribereñas, especialmente los álamos, alisos y sauces, los favoritos de los castores, que pudieron volver a construir sus presas y mejorar el suelo para otras tantas especies vegetales y animales. Cabe destacar que estudios posteriores han demostrado que la drástica caída en las cifras de alces no fue solo debido a que cayeron en las fauces de los lobos, sino que su presencia les obligó a irse a zonas menos favorables, lo que elevó su estrés y dificultó su nutrición, lo que a su vez contribuyó a la disminución de la tasa de natalidad.

alce yellowstone

Yellowstone y la recuperación de un ecosistema único es una de las historias más románticas sobre la renaturalización pero, como todo, tiene sus matices. Muchos han llegado a asegurar que la presencia de los lobos consiguió cambiar el curso del río que cruza el parque como consecuencia de la reducción del sobrepasto de los alces, con el consecuente incremento de sauces y los cambios en el grado de erosión de las orillas. Sin embargo, el año pasado numerosos científicos aseguraron que, a pesar de sonar emocionante y verosímil este apunte, no es cierto. «Fue esencial reintroducir a los lobos en Yellowstone porque mejoraron múltiples aspectos en el ecosistema, pero los lobos influyeron muy poco en la población de los sauces y el curso del río, mucho más dependiente de factores como la precipitación, las corrientes y el agua subterránea», defiende el biólogo Tom Hobbes en una de sus investigaciones sobre el parque

Una lección para el futuro

Además de dar la bienvenida a 2021, cuando suene la última campanada de este 31 diciembre estaremos entrando en la Década de la Restauración de los Ecosistemas marcada oficialmente por las Naciones Unidas con el objetivo de ampliar masivamente la restauración del medio ambiente degradado y destruido como medida para combatir el cambio climático y mejorar la seguridad alimentaria, el suministro de agua y la biodiversidad. No solo por el planeta, también por el ser humano: según las Naciones Unidas, la degradación de ecosistemas terrestres y marinos socava el bienestar de 3.200 millones de personas y cada año cuesta alrededor del 10% del producto interior bruto mundial debido a la pérdida de especies y servicios de naturaleza.

La degradación de ecosistemas terrestres y marinos socava el bienestar de 3.200 millones de personas, según la ONU

A pesar de ser parte del ecosistema, el ser humano es el principal causante de su destrucción. Por ello, la declaración impulsa algunos objetivos mundiales de restauración como el Desafío de Bonn, que pretende recuperar 350 millones de hectáreas de ecosistemas degradados para 2030, una superficie casi similar en tamaño a la India. Aunque la estrategia de las Naciones Unidas no menciona implícitamente el proceso de renaturalización, tampoco lo deja pasar de largo: este cambio de paradigma hacia una sociedad más sostenible debe incluir «dejar que la naturaleza se cuide a sí misma, permitiendo que los procesos naturales reparen y restauren los paisajes degradados», tal y como puede leerse en la página web de Rewilding Europe, una iniciativa europea para la recuperación de ecosistemas en el continente.

En relación con Yellowstone, los tribunales estadounidenses han dado grandes pasos en los últimos años en el aspecto de la caza. Recientemente se ha prohibido el abatimiento de los osos grizzly en toda la zona de influencia del parque, incluyéndolo en la lista de especies protegidas junto al lobo gis, el hurón de pies negros, el águila calva y el bisonte. Esto es una buena noticia, ya que el éxito de la renaturalización requiere de una amplia concienciación social. Es precisamente en ese punto donde se necesita una resolución rápida: en Yellowstone la caza sigue siendo legal y trae constantes enfrentamientos entre sus practicantes y los grupos ecologistas. De hecho, a pesar de la ardua pero exitosa historia de los lobos del parque, hace tan solo dos años Spitfire, la loba más querida de Yellowstone, fue asesinada por un cazador. Un aullido menos… otra vez.

Osos en Yellowstone

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