Sociedad

Tome un paracetamol, alivie su rechazo

Según señalan las últimas investigaciones, el daño emocional que provoca el rechazo social es casi idéntico al dolor físico. ¿Hasta donde nos puede llevar la falta de aceptación en un grupo?

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16
agosto
2021

La mano ofrecida por el rechazo es de un tacto profundamente espinoso, resbaladizo. Como una pendiente mojada. Consciente de ello era Johann Wolfgang von Goethe, quien encarnó en Penas del joven Werther una de sus consecuencias más nefastas. «No tiemblo al tomar el cáliz terrible y frío que me dará la embriaguez de la muerte. Tú me lo has presentado y yo no vacilo», escribía el protagonista momentos antes de suicidarse.

Esta novela epistolar, impregnada de los graves lamentos de aquel cuyo amor no es correspondido es, en la actualidad, un monumento a la desdicha del rechazo. Tal como sentenció la filósofa Madame de Stäel, el relato de Goethe «provocó más suicidios que la más hermosa de las mujeres». Precisamente, la tendencia al aumento de los suicidios tras la aparición de noticias relacionadas con ellos continúa llamándose efecto Werther.

Pero el rechazo no existe solo como tragedia romántica. En su vertiente más habitual, su origen es social. «Hay una motivación de afiliación, de pertenencia al grupo, que es muy potente en los humanos. Es prácticamente biológica, por lo que el hecho de que rechacen que tú pertenezcas a un grupo puede resultar muy dañino. Algo parecido ocurre con la autoestima: para levantarte por la mañana o para salir a la calle tienes que tener unas expectativas mínimas de quién eres tú y quiénes son los que te rodean. Tenemos que pensar que contamos con algún valor para poder funcionar», explica Jordi Fernández Castro, profesor de psicología en la Universitat Autònoma de Barcelona.

«Biológicamente, un humano (al igual que un primate) no es nada sin el grupo; no sobrevive a la naturaleza. La definición de una persona se basa en función de su grupo, así que fuera de éste se produce la negación del individuo, la muerte», añade. Y aquí, advierte el experto, se observa una paradoja: hasta aquel que pretende construirse contra el grupo es, en realidad, dependiente de él.

El rechazo social puede influenciar la emoción, la cognición y la salud física

Aunque sea una construcción cultural, por tanto, gran parte del rechazo está íntimamente relacionado con el grupo social. Como explica la American Psychological Association (APA), «el rechazo social puede influenciar la emoción, la cognición y la salud física del individuo». En aquellas personas que se ven excluidas de forma permanente los resultados son incluso más perjudiciales, con desenlaces que incluyen desde la depresión o el abuso de sustancias hasta el suicidio.

La respuesta, sin embargo, proviene de la interpretación; es decir, de nuestra propia percepción de la situación, ya sea esta consciente o inconsciente. Un ejemplo revelador son aquellos individuos que acaban suicidándose: aunque no hayan sido rechazados, lo han sentido como tal. No quiere decir que el rechazo –del que se puede derivar, a su vez, el aislamiento– sea siempre la causa directa de un acto de suicidio, pero sí puede llegar a contener una relación importante.

Lo mismo ocurre cuando el rechazo se vincula a la violencia dirigida contra otros, como es el caso de las agresiones físicas. Tal como explica Castro, «una de las características de las pautas intergrupales es que frenan la violencia o la agresividad entre las personas del grupo, favoreciendo la cooperación. La pertenencia al grupo inhibe». Es por ello que la condena al ostracismo por parte de un grupo, como señalan en APA, puede volver a la gente «agresiva y violenta».

¿Pastillas para un corazón roto?

La revista Science reveló en 2003 los peculiares resultados que habían obtenido en una investigación: el rechazo parece provocar en el ser humano el mismo daño que el dolor físico. La explicación que se esconde detrás es que el cerebro responde con los mismos mecanismos a ambos. Incluso la ingesta de paracetamol parecía aplacar ambos, según se dedujo de las reacciones de los participantes en la investigación. Tener un brazo roto, por tanto, no parece tan distinto del sufrimiento causado por un corazón roto.

Fernández Castro: «La capacidad de un grupo para generar conducta es muy potente»

Según defendió entonces Nathan DeWall, uno de los investigadores, «en lugar de crear un sistema nuevo para responder a los dolorosos sucesos de origen social, la evolución simplemente dio uso al sistema que ya existía para el dolor físico». En un sentido similar se expresa Fernández Castro. «En el cerebro hay dos grandes sistemas motivacionales: el de la recompensa y el castigo. Esta última parte se activa tanto por las vías físicas como por otras más relacionadas con la interpretación de la realidad».

«Por seguir al grupo eres capaz, por ejemplo, de hacer algo que físicamente te dé mucho miedo. Incluso puedes aguantar dolor físico a cambio de no ser rechazado. No hace falta, por tanto, que haya un dolor físico explícito: la capacidad de generar conducta es muy potente», añade. Imaginemos a un adolescente delante de un pequeño acantilado, con sus pies frente al agua. ¿Salta porque es su deseo o porque no hacerlo le acarrearía consecuencias sociales dentro de su grupo?

El rechazo puede tener múltiples orígenes –románticos, sociales, laborales–, pero siempre depende de la relación y las expectativas que mantengamos con el otro. «¿Qué es, pues, el hombre, ese semidiós tan ensalzado?», se preguntaba Goethe en el año 1774. Ninguna respuesta convenció al autor alemán. Fue una pregunta, tan reveladora como una sentencia, que a duras penas pudo explicar la esencia del ser humano; una pregunta que vuelve, una y otra vez, cuando nos sentimos excluidos. «¿No se ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba perderse en lo infinito?», se cuestionaba el alemán.

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