Opinión

La vocación de perderse

¿Qué pasaría si solo buscáramos el camino leyendo la naturaleza? El explorador Franco Michieli reflexiona en ‘La vocación de perderse’ (Siruela) sobre cómo recuperar las habilidades de orientación (física y emocional) puede enseñarnos a encontrarnos a nosotros mismos.

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09
Ago
2021
La vocación de perderse

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La belleza misteriosa del blanco horizonte nevado, ondulado y deshabitado, gélido y luminoso, que se extiende a nuestro alrededor en todas direcciones, no depende de su estética, ni tampoco de su potencia, sino de las, sucedernos. Esta belleza tiene múltiples caras porque para nosotros no es un panorama, sino un futuro proyectado en el espacio en el que podríamos ser capaces de mantener una ruta, o perderla. Sabemos que no hay un límite claro entre los dos extremos.

Deslizándonos sobre nuestros esquís por ondulaciones, valles, llanuras sin fin y lagos helados, viviremos una larga alternancia de sentimientos de pérdida y hallazgo, de desorientación y de certeza. El camino no trazado que pedimos a la tierra y al cielo que nos sugieran, a través de cientos de kilómetros de una Laponia inmersa en el invierno nórdico, existe solo en nuestra confianza: si dejamos de tenerla, estamos perdidos. Mientras creamos, cada desvío y cada aparente error de dirección seguirán formando parte de la ruta, serán solo curvas del camino que nuevas sugerencias o llamadas silenciosas de la naturaleza podrán corregir con nuestra colaboración para llevarnos a una meta lejana. La belleza de este escenario atrapa y se hace visceral porque no está predefinida, esculpida para siempre; es algo desconocido que se mostrará más o menos según la intensidad de nuestro deseo de encontrarla. Fluirá sobre nosotros con fuerza creciente cuando, en ciertos momentos, más perdida parezca cualquier referencia y nos encontremos suspendidos en el infinito, a la espera, hasta una nueva revelación. En esos momentos conoceremos algo que no ha sido planificado por el hombre, sino que viene de más allá, un destello de la filosofía del universo.

¿Cómo puede existir, en pleno siglo XXI, la situación que describo? También en las tierras del Sapmi —nombre en lengua sami de Laponia—, entre Noruega, Finlandia y Rusia, el territorio está cartografiado a la perfección y es suficiente con dotarse de mapas para reconocer cada localidad. Con ayuda de brújula y reloj, resulta sencillo mantener las referencias de espacio y tiempo. Si además, como se hace hoy día de manera rutinaria, antes de partir se prepara un rastreo de GPS, se podrá seguir la ruta deseada incluso en la más espesa niebla, consultando el monitor y casi sin tener que mirar alrededor.

Mi amigo Davide y yo hemos reconquistado un espacio incierto y abierto a lo desconocido gracias a una elección radical que ya he puesto a prueba muchas veces en los últimos quince años: sencillamente hemos dejado los instrumentos artificiales en casa. No llevamos con nosotros mapas topográficos, relojes, brújulas, GPS, teléfonos, ni radios. Tras habernos alejado de las zonas habitadas de la costa del mar Báltico, los instrumentos de que disponemos son solo las referencias naturales y las facultades humanas, lo que en realidad no es poco: como seres vivos poseemos una sensibilidad llena de posibilidades, una red de sentidos capaz de poner en relación percepciones complementarias, una imaginación que va más allá de lo visible, una cultura en grado de reconocer significados en escenarios desconocidos. Todo ello con una profundidad y una riqueza de matices muy superiores a los de la tecnología y con la posibilidad de equivocarnos y de corregirnos, que es la capacidad más útil.

Por tanto, aislados por completo y en movimiento por la inmensidad blanca, durante un mes intentaremos alcanzar la otra costa a través de la tierra nevada. En medio hay dos o tres poblaciones que tendremos que encontrar para aprovisionarnos. Con nuestra elección, la posibilidad de perdernos es real y, por tanto, también lo contrario: puede ser la ocasión para encontrar, para encontrarnos, para ser encontrados por lo inesperado.

«Aprender a ‘perderse’ en un ambiente doméstico, donde se vive, puede ser una fuente de infinitos descubrimientos»

El aislamiento invernal de la tundra se presta perfectamente a introducirnos en una dimensión así, algo hoy día insólito. Pero aprender a «perderse» en un ambiente doméstico, donde se vive, puede ser igual de interesante y fuente de infinitos descubrimientos. Al contrario de lo habitual hoy día, con este enfoque no hay que tener prisa en volver al mundo habitado para poder permanecer en el entorno natural todo el tiempo que requiera la vastedad del territorio. Son necesarios un bagaje cultural adecuado, materiales bien estudiados, en nuestro caso adaptados al invierno nórdico, y una larga experiencia que nos haya enseñado a leer el territorio, la nieve, los bosques y el cielo, de modo que podamos extraer indicaciones válidas para orientarnos en el camino.

Además, se puede tener como referencia un «mapa mental» de la región, lo que no quiere decir que se haya estudiado de memoria un mapa geográfico, sino haber comprendido, o a veces solo imaginado, las específicas geometrías en que se disponen los cursos de agua, los valles, las cadenas montañosas, las series de lagos, etcétera, de manera que sean referencias útiles. Y por supuesto ropa, una tienda, un saco de plumas adecuados para acampar y pernoctar sin problemas en el hielo invernal. Y evidentemente víveres para muchos días junto a hornillos para fundir la nieve y poder obtener agua, además de calentar la comida siempre congelada. El conocimiento está en nosotros, pero los objetos los acarreamos en dos trineos, o pulkas, de los que vamos tirando por la nieve.

Todo esto en realidad es solo un equipaje secundario. A nuestras espaldas hay mucho más que experiencia personal y el contenido de nuestras pulkas. Si hoy día no es tan difícil, aunque en principio lo parezca, adentrarse en la wilderness en un pequeño grupo o incluso en soledad, interrumpiendo durante un cierto tiempo cualquier comunicación con la civilización, es porque se trata de una situación «normal». Para recuperar la memoria, antes de reconstruir el concepto de la vocación de perderse, cerca o lejos de casa, debemos volver sobre nuestros pasos algunas decenas de miles de años atrás, porque es entonces cuando adquirimos el bagaje más importante.


Este es un fragmento de La vocación de perderse (Siruela), por Franco Michieli.

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