Opinión

En defensa del olvido

En las sociedades democráticas el recuerdo sirve como homenaje y enseñanza. Pero ¿es la memoria una alerta para el futuro o, más bien, se convierte en un arma que fomenta el resentimiento?

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12
Ago
2021
olvido

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En su imprescindible Contra la memoria, y en su ampliación Elogio del olvido, David Rieff escribe en contra de la memoria histórica colectiva, que considera que es «selectiva, casi siempre interesada y todo menos irreprochable desde el punto de vista histórico». Según el autor, la memoria histórica ha conducido en muchas ocasiones «a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y a la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón».

Por eso Rieff piensa que es mejor el olvido que la justicia; a veces, cuando buscamos la justicia histórica, enmendar un error pasado, nos enredamos en conflictos eternos. «Incluso si al olvidar se comete una injusticia con el pasado, esto no implica que al recordar no se cometa una injusticia con el presente, condenándonos a sentir el dolor de nuestras heridas históricas y la amargura de nuestros resentimientos históricos mucho más allá del extremo en el que debimos dejarlos atrás», escribe.

«En algunos países, el recuerdo se vuelve un arma política en el presente y fomenta el resentimiento y la polarización»

Es una postura cuestionable. En general, en las sociedades democráticas solemos pensar que la memoria histórica (concepto que, como señaló Santos Juliá, es un oxímoron: la memoria es individual y poco fiable, mientras la historia aspira al rigor y la fiabilidad) es esencial para la educación cívica. El recuerdo sirve como homenaje, enseñanza y alerta para el futuro. En algunos países, sin embargo, ese recuerdo se vuelve un arma política en el presente y fomenta el resentimiento y la polarización. Volviendo a Juliá, «todos los partidos se ocupan del pasado en función de sus intereses en el presente. No hay un interés en el pasado si no es para utilizarlo en la lucha política del presente».

Pero hay otra lectura contemporánea en defensa del olvido que es importante. En Privacidad es poder, Carissa Véliz reivindica el olvido en un mundo tecnológico que insiste en recordarlo todo. Las plataformas y redes sociales recopilan y guardan todos nuestros datos personales. Muchos de ellos querríamos olvidarlos; incluso es sano hacerlo. En una sociedad liberal, el olvido es muy importante para poder tener segundas oportunidades.

Como dice Véliz, las sociedades que nunca olvidan son muy impías. Por eso la autora reivindica poder eliminar nuestros datos, hoy en posesión de las empresas tecnológicas. Antes, el olvido ocurría de manera natural: bien porque nuestros cerebros tienen una memoria limitada, bien porque el soporte en el que conservábamos los datos se deterioraba o era muy caro. Hoy el almacenaje de datos es muy barato y sencillo. Por eso hay que reivindicar un olvido intencionado. Lo que hicimos o dijimos hace años no debería perseguirnos toda la vida. Y eso tiene un valor individual, pero también colectivo.

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