Cultura

Umbral, el dandi que escribía hiriéndose

Casi quince años después de su muerte, Francisco Umbral afianza su presencia en la memoria colectiva tras la reciente publicación de su correspondencia con Miguel Delibes y el estreno de un documental sobre este escritor cuyas letras le granjearon tantos rivales como compadres.

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07
May
2021

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Subversivo, obstinado, impúdico, hostil a lo gregario, irónico, escandaloso a su pesar y con una escritura de sillería, sabia, exacta, abrumadora, casi pecaminosa. Inconfundibles su bufanda en ristre –roja o blanca–, su melena felina y lechosa, y sus gafas de pasta con cristales gruesos, de los que muestran ojos de chinchilla. Hablamos de Francisco Alejandro Pérez  (Madrid, 1932- íbidem, 2007), es decir, de Francisco Umbral, miembro de una estirpe inusual, la de los dandis, compartiendo linaje de Wilde, Baudelaire, Hoyos y Vinent, Álvaro Retana, Tom Wolf o Huysmans, entre otros.

«Hombre que se distingue por su extremada elegancia», define la Real Academia. Pero ser un dandi va más allá: es una manera de estar en el mundo, una elegancia sobre todo existencial, guiada por un código ético y estético exclusivo. Algo de construcción y voluntad, y todo de instinto e inspiración. De distinción. Lo que no tenían sus apellidos: Pérez Martínez, los de la madre, una secretaria a la que su jefe, el padre del poeta León Felipe, es decir, Alejandro Urrutia, dejase encinta y desamparada. Pero este dato, el quién de su padre, lo supimos mucho después, en realidad hace muy poco, por una noticia bomba de Manuel Jabois.

A Paco –se me disculpe la licencia– le estorbaban el Pérez y el Martínez, grises, ramplones, pedestres. Y así como Luis Cernuda prescindía del segundo suyo (Bidón), Paco escogió uno, único, ficticio pero simbólico: Umbral. Fue el 1958, en La voz de León, donde colaboraba por entonces Luis del Olmo. Paco trabajaba en un banco, en Valladolid. Allí conoció a Miguel Delibes, quien hizo de mentor y acaso de padre impreciso. Lo animó a perseverar en la escritura, y abandonó la oficina para comprarse una máquina de escribir portátil. Dio el paso justo que lo encaminó a ser él mismo. Cruzó el umbral. Nada, nadie, ni siquiera él mismo, lo detuvo en su vocación de cumplirse. «Lo más importante para mí es ser Francisco Umbral», dijo en una entrevista.

Su escritura tantas veces corrosiva le granjeó refractarios con solera, al tiempo que compadres

Conoció a la fotógrafa María España, con quien se casó y compartió su vida y el dolor incalificable de perder un hijo de cinco años por culpa de una leucemia. «La niñez está perpetuamente amenazada, destinada a desaparecer para siempre en un horizonte poblado, adulto y oscuro. Al hijo lo perderemos siempre, en la vida o en la muerte. Mas nadie podrá quitarme el turbión de frescura, la ráfaga, la dimensión desgarradora y clara que él le dio al mundo, de pronto, y me dio a mí. El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra un momento. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro y más lejos, y quizás eso basta. […] La felicidad es algo que ocurrió una vez. […]», leemos en Mortal y rosa, una novela que comenzó antes de que el desastre siquiera se sospechase.

Paco viene a Madrid a hacer la carrera, pasa hambre, pasa frío, malvive en pensiones de mala muerte, se curte en tugurios incorrectos, va conociendo a algunos escritores, se hace hueco en Gijón, por aquel entonces parnaso de la capital y cenáculo obligado de aspirantes, bohemios de cierto estatus o gente bien. Lo frecuenta y lo describe en La noche en que llegué al café Gijón, donde más de uno, con nombres y apellidos, sale maltrecho. Después regresó como si tal cosa, y el poeta gaditano Fernando Quiñones estuvo a punto de molerle a palos por aquello. Su escritura tantas veces corrosiva le granjeó refractarios con solera y a las feministas en bloque, al tiempo que compadres, algunos de los cuales despedazase después de muerto (léase Cela: un cadáver exquisito).

Casi 15 años después de su muerte, la publicación de su correspondencia con Delibes mantiene su memoria con lozanía

Entonces llegó el suceso. Pedro J. Ramírez le contrata para escribir una columna diaria en El Mundo, y Umbral remoza las escenas matritenses (especialmente las nocturnas) con mucha retranca, costumbrismo puro y destellos de genialidad. En negrita, los mencionados, desde Aznar a Pitita Ridruejo, pasando por Bosé, Ramoncín o Sofía Loren. Todos querían ser esa negrita que resaltaba. Era mucho más que una tipografía. Era ser realmente alguien.

En el entretanto, el «quinqui vestido por Cardin», como se autodefinió, publicó libros fabulosos, El hijo de Greta Garbo, donde da buena cuenta de la relación edípica con su madre; El Giocondo, que pudiera parecer una trama de Almodóvar destilada, o Capital del dolor, una honda reflexión sobre la Guerra Civil: «La prosa es el pulso de un país, así como la poesía puede que sea su perfume. España se queda sin pulso durante los tres años de la guerra, como se queda sin cosechas. Jamás un himno militar sustituirá a una metáfora. Las guerras producen mucha literatura, pero después. La guerra, que queda como un formidable estruendo en mitad de la Historia, es, en realidad, un pavoroso silencio: el silencio de un pueblo que ya no piensa, que ya no trabaja con el idioma, que ya no hace todos los días su tarea intelectual, gramatical, creadora.»

Casi 15 años después de su muerte la reedición de algunas de sus obras, la publicación de su correspondencia con Delibes o el estreno de un documental sobre su vida mantienen su memoria con lozanía. Pocos autores tan prolíficos como Umbral, con sus más de 100 libros (artículos, ensayos, memorias, diarios, novelas, poesía…) y sus 135.000 artículos. Pocos escritores han ensangrentado la tinta como él –de Miguel Induráin escribió que «no piensa más porque no le queda sitio (…) tiene una sola ceja, de sien a sien, y así sólo se puede ganar el Giro y el Tour, claro, pero no escribir La rebelión de las masas»–, hiriéndose, siempre, a pesar de todo, aunque no lo parezca, a sí mismo.

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