Medio Ambiente

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Un desafío en el que no vale el fracaso

Cristina Monge, politóloga y profesora de Sociología en la Universidad de Zargoza, y Jorge Pina, responsable de Medio Ambiente de Endesa, conversan en torno al colosal desafío que nos enfrentamos como humanidad: la lucha contra el cambio climático.

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Con el reciente visto bueno del Senado y a falta de la aprobación final del Congreso de los Diputados, España verá aprobada este año la Ley de Cambio Climático, una hoja de ruta para guiar a nuestro país por la batalla contra el reto más urgente al que se enfrenta la humanidad de este siglo y que también abre un abanico de oportunidades para crear puestos de trabajo de calidad y modernizar nuestra economía. Bajo el marco de Energy Future, el espacio de conocimiento en torno a la transición ecológica, Cristina Monge, politóloga y profesora de Sociología en la Universidad de Zargoza, y Jorge Pina, responsable de Medio Ambiente de Endesa, dialogan –a distancia– sobre este gran desafío y dan las claves que nos permitirán afrontar este contexto de urgente acción climática. 


El 2021 pasará a la historia como el año en el que España aprobó su primera norma específica para abordar la mitigación y la adaptación a la crisis climática. ¿Cómo valoráis la Ley de Cambio Climático y Transición Energética? 

Jorge Pina: Hay que hacer una valoración muy positiva. Estamos hablando del reto más importante que tiene la humanidad por delante. Han pasado prácticamente treinta años desde la Cumbre de Río –la cumbre que puso sobre la mesa el cambio climático– y creo que es una fantástica noticia que en España tengamos una ley en la materia. De hecho, más allá de ejercer como documento legislativo, esta ley dibuja un marco institucional estable y claro que define la dirección (a largo plazo) de la transformación que se necesita, en particular, en la energía, pero también en el modelo económico.

En cuanto a la ambición, el último texto recoge unos objetivos que ya estaban enunciados en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima. Hay que recordar que este plan fue enviado por España a Bruselas y tuvo una valoración excelente: lo calificaron como el mejor. Pensamos que gran parte de esa valoración tan positiva tiene que ver con la ambición porque los objetivos lo son realmente… pero es que también son factibles. Hay que destacar además que en esta última versión se han incrementado ligeramente los objetivos. Si nos fijamos en el principal, el de reducción de emisiones, veremos que hemos pasado del 20 al 23%. Esta meta recoge de manera íntegra el máximo establecido en el PNIEC, y también la idea del plan de recuperación que, de alguna manera, motiva ese ligero incremento del objetivo.

En cualquier caso, la ley marca una revisión de acuerdo a lo que establece el Acuerdo de París y la legislación europea: tan pronto como 2023, va a haber revisión de los objetivos. Una última referencia en relación a la ambición es el objetivo de largo plazo. Cuando todo el mundo habla de neutralidad en 2050, la ley aventura la neutralidad antes de 2050 y, en cualquier caso, en el menor plazo posible, un matiz que pone de manifiesto la intención de ir incrementando la ambición de forma progresiva.

Cristina Monge: Es una buena noticia que por fin tengamos una Ley de Cambio Climático. Llevamos la friolera de casi quince años desde que se anunció por primera vez que España iba a empezar a pensar en ello y fijaros lo que lo que ha llovido. Cuando se empezó a hablar de la posibilidad de que España tuviera esa ley, el mundo era otro al que es hoy… Por lo tanto, bienvenida sea. En el contexto actual estamos viendo que, a pesar de la pandemia, la transición ecológica se ha situado en el centro de la recuperación económica en Europa. De hecho, en el programa Next Generation –al que estamos fiando buena parte de nuestras esperanzas de poder recuperarnos de esta crisis y salir más fuertes mediante un proceso de transformación– la cuestión de la transición ecológica es absolutamente central. Este centralismo viene guiado por el cumplimiento del Pacto Verde Europeo, un plan que la recién nombrada Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, anunciaba aquí en Madrid en la COP 25.

Monge: «Más allá de la ambición, debemos fijarnos en qué medida la ley es capaz de permear en el conjunto político, social y económico»

Europa hoy es mucho más ambiciosa y tiene mucho más claro que esa transición es imprescindible. Pero no solamente eso: si en el mundo de la transición ecológica estamos optimistas, hace escasamente unos días veíamos el anuncio de Joe Biden de unos planes de estímulo económicos muy importantes para la crisis en Estados Unidos que también ponen la transición ecológica en el centro y el incremento de su compromiso de reducción de emisiones. Hay un contexto internacional en el que se ha puesto de relieve la necesidad de que todo el mundo empuje hacia la misma dirección.

Por eso, también creo que hay algunos sectores a los que les sabe a poco lo que esta ley dice y querrían dar un paso más allá. Cuando se establecen estos debates tengo la misma sensación que tuve en el momento en el que se firmó el Acuerdo de París: la ambición que plantea esta esta ley, como los fondos Next Generation o el Pacto Verde Europeo, no es suficiente. Ninguna ley lo es. Si miramos lo que nos dice la ciencia veremos que ni la Ley de Cambio Climático española, ni la de sus coetáneos en Europa, ni la Ley Europea del Clima que se acaba de aprobar, ni el plan Next Generation, ni lo que planteaba Biden, ni el programa súper ambicioso del Reino Unido… ninguna de esas es suficiente. La ciencia nos está diciendo que hay que avanzar mucho más. Pero también es cierto que sin estos pasos iniciales sería imposible que hubiera un segundo momento de mayor ambición.

Entonces, ¿qué es lo que a mí me parece que es definitorio de esta ley? Que consiga transformar al conjunto del sector público, privado y social, a todos los actores, para alinearlos en esta lucha por el clima. Si esos sectores se sienten interpelados, ven que tienen cosas que hacer y, en definitiva, que están obligados de una forma u otra, entonces la ley habrá sido un éxito. Lo decía muy bien Jorge: en 2023 se revisarán los objetivos y, si se ha conseguido que todos esos sectores se unan en esa dirección, en ese momento se revisarán los objetivos de una forma –espero– mucho más ambiciosa. Por lo tanto, más allá del debate sobre la ambición (qué es importante y relevante) yo creo que es interesante fijarse en qué medida la ley es capaz de permear en el conjunto de actores políticos, sociales y económicos.

El documento incluye algunas medidas, como el impulso a la movilidad eléctrica o el fin de la venta de coches que emitan CO₂ a partir de 2040, que afianzan importantes tendencias que ya están en marcha. Sin embargo, parece que siempre que hablamos de movilidad sostenible nos fijamos únicamente en el vehículo eléctrico. ¿Qué pueden hacer las empresas y las instituciones para apoyar la movilidad sostenible más allá de la electrificación del parque automovilístico?

J.P.: El coche eléctrico es una medida inicial. Si queremos hablar de bicicletas y de esa ciudad más recuperada para el peatón, una primera medida sine qua non es la calidad del aire. Dentro de la conversación sobre el cambio climático, evidentemente existen co-beneficios, y uno de los más importantes es la calidad del aire. El vehículo eléctrico y las medidas que establece la ley aseguran ese aire limpio en nuestras ciudades, y creo que es muy importante.

A partir de ahí, hay otra medida que tiene un potencial muy relevante: las zonas de bajas emisiones. Lo que tenemos ahora mismo en Madrid Central se extiende y se hace obligatorio para todas las ciudades de más de 50.000 habitantes. Es una oportunidad fantástica para rediseñar el concepto de cómo entendemos los territorios urbanos y estoy seguro de que los ayuntamientos, los municipios y las administraciones competentes recogerán esa oportunidad. Tenemos la obligación de conectar esas zonas de bajas emisiones a través de corredores verdes con intercambiadores de transporte. Con lo cual, aunque la ley no puede llegar al detalle, sí plantea dos condiciones: tenemos una mejora muy importante de la calidad del aire en nuestras ciudades y una herramienta, la de las zonas de bajas emisiones, con un potencial fantástico.

Pina: «Desde el sector de la electricidad debemos mantener a todos los usuarios conectados ante episodios extremos como Filomena»

C.M: Tengo la sensación de que nos fijamos mucho en la movilidad eléctrica, y hacemos bien, pero tiene que entenderse como un punto más de un conjunto de medidas. Los que saben mucho de movilidad hace ya tiempo –una década incluso– que dicen que la palabra mágica aquí es «intermodalidad». Es decir, que podamos conectar el conjunto del territorio mediante sistemas de transporte diferentes. Ahí los transportes públicos colectivos han sido siempre unos buenos aliados. En este sentido, todo lo que sea incrementar y mejorar la red de ferrocarril o las infraestructuras colectivas es una buena noticia y hay que seguir apostando por ello, incorporando además otra de las vertientes muy ligadas a la transición ecológica (y que no podemos obviar en ningún momento): el reto demográfico.

Tenemos un conjunto de territorio en el que tenemos que garantizar una comunicación adecuada. Eso significa muchas veces intermodalidad, flexibilidad de los sistemas. Una vez que entramos en las ciudades o municipios, efectivamente la electrificación de los coches es fundamental –también por carretera, por supuesto, pero son sistemas un poco diferentes– pero, como comentaba Jorge, vuelve a ser una pieza dentro de un engranaje, dentro de un puzle donde tenemos que hablar de zonas de bajas emisiones, de peatonalizaciones, de aparcamientos disuasorios en el centro de las ciudades, de sistemas de intermodalidad con trenes, cercanías, autobuses, metro… Esto dependerá también del municipio, ya que no es lo mismo uno de 10.000 habitantes que de tres millones.

Una cosa que se nos suele olvidar mucho cuando hablamos de movilidad sostenible –y que es crucial– es algo tan sencillo como el poder articular acuerdos, fundamentalmente con las empresas y polígonos industriales (pero no solamente), para ir escalando horarios de entrada y salida a los centros de trabajo. Si en un polígono industrial todo el mundo entra a trabajar a las siete de la mañana, no hay sistema de transporte público que soporte eso. Ahora bien, si conseguimos hacer un acuerdo para que haya un decalaje de horarios de entrada y salida de forma que evitemos esos cuellos de botella, entonces un transporte público adecuado puede asumir mucho. En ese sentido, se demuestra muy claramente que la movilidad es una variable dependiente del modelo de ciudad. Si yo no necesito coger el coche para llevar a mi niña al colegio, comprar o para hacer mis actividades de ocio, voy a tener una ciudad mucho más sostenible.

Por eso ha sido siempre tan importante la defensa de la ciudad mediterránea, donde se comparten los usos en el territorio y en la que se puede acceder fácilmente a pie –o con muy poquito transporte– a centros de trabajo, centros educativos, comercio o lugares de ocio y, por tanto, tu vida está mucho más integrada. En temas de movilidad sostenible, efectivamente la electrificación es clave –por cierto, electrificación procedente de fuentes renovables porque, si no, estamos con las mismas–, pero insisto en esa idea de que el vehículo privado es una pieza más que tiene que engranar dentro de un puzle mucho más amplio y, por cierto, bastante complejo.

Siguiendo con la nueva ley del clima, esta incluye la obligación para las grandes empresas de informar anualmente de los riesgos del cambio climático y del proceso de descarbonización para su negocio.  Jorge, ¿cómo afecta el cambio climático a empresas como Endesa?

J.P.: El impacto del cambio climático normalmente lo estructuramos en dos grandes vertientes. En un primer término, el impacto por la transición y de la mitigación referente a aquellas tecnologías y modelos que han permitido crecimiento y competitividad pero que, a día de hoy, se dejan a un lado y se transforman en modelos diferentes que dejen paso a tecnologías compatibles con este nuevo modelo descarbonizado. Esta es una parte, y son unos riesgos fundamentales que impactan directamente en el plan estratégico de las de las empresas, especialmente en las energéticas: el pilar fundamental de cualquier empresa energética a día de hoy es esta transición. Pero también en otros muchos sectores estamos viendo que los planes estratégicos giran en torno a esta idea de descarbonización.

Un segundo impacto –que es del que hay que hablar más– es el de la de la adaptación al cambio climático. Cada vez es más frecuente escuchar sobre episodios de DANAS –este año hemos tenido a Filomena, una nevada de varios días seguida de más de una semana con temperaturas bajo cero–. Estamos hablando de un riesgo de impacto físico que también debemos de considerar. Especialmente nosotros, el sector de la electricidad, es importante que seamos capaces de cuidar el nivel de servicio y mantener a todos los usuarios conectados ante estos episodios de cambio climático, eventos extremos que sabemos que van a ser cada vez más frecuentes y de mayor intensidad.

Monge: «En un momento como ahora, plagado de encrucijadas, la rendición de cuentas es una obligación»

Cristina, comentabas en un reciente artículo la importancia de rendir cuentas para saber el impacto futuro de esta ley y mencionabas la función que tendría una Agencia de Evaluación de Políticas Públicas. Imaginemos esa Agencia de Evaluación de Políticas Públicas o un mecanismo de transparencia similar. ¿Qué te gustaría que te contara en unos años?

C.M: En España, especialmente en este momento que estamos en puntos tan cruciales, necesitamos clarísimamente introducir en todas las políticas públicas la idea de medir el impacto que tienen. A veces hacemos planes o políticas y nos quedamos en los indicadores de resultados, como mucho. Sin embargo, pocas veces llegamos a intentar, ni siquiera plantearnos, la posibilidad de medir el impacto. Yo creo que es fundamental que veamos si la ley no solamente cumple o no con los objetivos, sino también qué impacto tiene sobre el conjunto de la sociedad, el medio ambiente, la salud, las economías, la calidad de vida de las ciudades, tantas otras cosas… Eso es algo que se debería plantear.

Pero fijaros, ahora mismo estamos aquí hablando de la Ley de Cambio Climático que es un caso claro, pero si hablamos, por ejemplo, del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia o del famoso Next Generation, estaríamos en las mismas: ese plan que hace de la transición ecológica uno de los elementos centrales nos dice que su objetivo es transformar la sociedad en esa línea de digitalización y de transición ecológica. ¿Cómo vamos a saber si se ha transformado la sociedad? Imaginaos que han pasado ya seis años, hemos ejecutado todos los fondos que nos han llegado y hemos hecho todos los proyectos. ¿Cómo sabemos si la sociedad se ha transformado como queríamos? Para eso está la rendición de cuentas y la medición del impacto en políticas públicas. Aquí en España, además, hay excelentes profesionales formados en este tipo de este tipo de estudios.

Hubo una Agencia de Evaluación de Políticas Públicas que, como bien sabéis, fue cancelada en gran parte de sus funciones. La AiReF ha asumido unas pocas de sus competencias pero ni con las posibilidades, ni con los recursos suficientes como para hacer frente a una evaluación de impacto ambiciosa en un momento de cambio tan importante como este. Esa evaluación de impacto y la rendición de cuentas siempre es importante, pero en un momento como el de ahora, en el que tenemos que tomar decisiones entre distintas encrucijadas, es más importante todavía. Ahora mismo es una obligación.

Los fondos europeos para la recuperación permitirán a España acceder a un total de 140.000 millones de euros entre 2021 y 2026, de los cuales cerca de 70.000 millones serán en forma de transferencias. ¿Cómo podemos garantizar que esta ingente cantidad de dinero se destine a modernizar España en clave de sostenibilidad?

C.M: Midiendo poco a poco lo que se va haciendo. Suelo poner un símil: cuando tú inicias un viaje en barco pones un rumbo para ir a donde quieres llegar y el capitán –o quien sea– está pendiente de que no te desvíes porque, como lo hagas, no se notará al principio, pero horas –o días– después te verás en el sentido contrario al que querías ir. Esto es lo que hay que hacer con el Next Generation y el resto de políticas públicas: tener objetivo claro de a dónde queremos llegar y luego medir, de forma muy minuciosa y en los cortos plazos, si nos estamos acercando hacia ese objetivo. Dicho así es muy sencillo, pero implica un ingente trabajo de indicadores, medición de sistemas, dispositivos… Esto no es fácil pero, o lo hacemos ahora o corremos el peligro de que esta suma tan importante de dinero no nos garantice el objetivo final.

J.P.: Yo quería hacer una reflexión en torno a diferencias respecto a otras crisis anteriores en términos de cambio climático y de transición. Desde la última gran crisis de 2008, lo que ha pasado es que, a día de hoy, tenemos la suerte de que las tecnologías de generación eléctrica que suponen un menor coste son las renovables. Además, vemos una disminución exponencial del precio de las baterías, que suelen sumar la mayor parte del precio del del vehículo eléctrico. Esta inversión sostenible, esta inversión en transición y en descarbonización, mejora la competitividad de nuestra economía, que va asociada a puestos de trabajo de carácter estable. Una sostenibilidad económica y ambiental aparejada, en este caso, de la sostenibilidad desde un punto de vista económico. Por tanto, la recuperación tiene que ser sostenible. No hay otra elección posible.

En un tiempo récord hemos visto a instituciones públicas y empresas colaborar para hacer frente a la pandemia, lo que nos ha permitido comprobar la importancia de la cooperación y movilización de la ciudadanía para luchar contra la emergencia sanitaria. ¿Qué podemos aprender de la covid-19 para luchar contra el cambio climático?

C.M: Primero, que somos absolutamente eco-dependientes, es decir, que formamos parte de una biosfera. Hasta ahora, habíamos hablado muchísimo del medio ambiente pero, ¿el medio ambiente qué es? Es una cosa que está fuera de nosotros, fuera de nuestro cuerpo, una pradera idílica, una montaña espectacular, un mar evocador, un océano impresionante… eso es el medio ambiente. Pues no, la primera lección es que somos nosotros: vivimos en una biosfera y nuestra salud depende de la suya. Los biólogos se han cansado de explicarnos cómo, en la medida en que debilitamos los ecosistemas, estamos favoreciendo que se generen pandemias. Nuestra salud depende de la del planeta y eso lo estamos viviendo en carne propia y de una forma muy dramática –igual porque no podíamos aprender de otra manera–.

La segunda lección es que somos absolutamente interdependientes. El virus aparece –a priori– en la otra esquina del mundo y, a través del famoso aleteo de la mariposa, en menos de cien días, está todo el mundo en absoluto estado de shock. Eso significa que hemos entendido que la globalización ya no va solamente de compras y ventas de acciones en operaciones especulativas. No, la globalización no es solamente es eso. No es que no sé qué artista presente un disco en Estados Unidos y lo veamos en tiempo real desde España, no. O que tú puedas hablar con tu prima que está en Australia para felicitarle el cumpleaños como si estuviera aquí al lado. La globalización no es nada eso. Es (y yo creo que lo hemos entendido) que cualquier cosa que pasa en el planeta es susceptible de generar efectos en el conjunto del globo, y que los desafíos que tenemos son comunes: o los abordamos entre todos o no habrá manera. Ahora mismo lo estamos viendo con las vacunas, pero podríamos seguir con otros muchos ejemplos.

Pina: «La pandemia ha llegado de improvisto, pero del cambio climático nos llevan avisando treinta años»

La tercera es que vivíamos en una sociedad que llamábamos «del conocimiento» y nos hemos dado cuenta de que sabemos mucho, pero que no lo sabemos todo. A veces no sabemos ni lo que no sabemos. Esto es de una cura de humildad tremenda, sobre todo para los occidentales. Es cierto que la vacuna es un avance científico realmente tremendo y un giro en la historia de la ciencia muy importante. Pero también es verdad que hemos sido conscientes de que no todo lo podemos y no todo lo sabemos.

La última lección es la fuerza de la cooperación. Nunca como hasta ahora habían cooperado financiadores públicos y privados, laboratorios de investigación, empresas farmacéuticas, gobiernos, universidades… Esa cooperación ha sido, en gran parte, la culpable de que la vacuna se haya conseguido en tiempo récord. Un dato: la vacuna que menos tiempo se tardó en tener hasta la fecha fue la del ébola, y tardó cinco años. Esta la hemos tenido en nueve meses y en distintas marcas. Es para reflexionar qué ha habido de diferente. «Mucho dinero», se dirá. Sí, lo ha habido, pero también un elemento importante de cooperación.

J.P.: Yo voy a apoyarme en dos de las cosas que has comentado, que a mí son las que provocan las mayores reflexiones. La primera, sin duda, la globalización y la idea de que una determinada acción o un determinado líder político en un país puede tomar decisiones que no le aíslan de lo que es un problema global. No sé si la humanidad tenía esa conciencia. No sé si habíamos sufrido antes las consecuencias con la intensidad con la que nos las está enseñando la pandemia. Y, con el cambio climático, la situación puede ser aún peor porque, con la covid-19, tomamos medidas como restringir la movilidad pero, con el cambio climático, las políticas de un determinado país no van a llegar a ningún lado.

Hay que destacar la necesidad del multilateralismo y cómo carece de sentido que un determinado país se quede fuera de la solución –o no quiera implicarse–. La pandemia debería enseñarnos, en ese sentido, cuál es el camino. En relación a lo limitado del conocimiento, más que un paralelismo entre pandemia y cambio climático, quiero destacar las diferencias: la primera es algo imprevisto, algo que desconocíamos y que gestionamos de la mejor manera posible –tratamos de salir adelante, por ejemplo, a través de la cooperación y de la investigación–, pero con el cambio climático nos llevan avisando treinta años. No podemos permitirnos fracasar.

Monge: «Hay que activar las palancas con mayor fuerza para ser conscientes de la enorme responsabilidad que tenemos, con nosotros y con el futuro»

Para concluir, coincidiendo con el Día de la Tierra, el 22 de abril, la Casa Blanca celebró una cumbre internacional de líderes en la que dejó claro el cambio de rumbo de la Administración Biden en materia de políticas medioambientales e instó a incrementar la acción climática. ¿Estamos a tiempo de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados? 

C.M: A tiempo claro que estamos, por supuesto. Hará falta que tengamos todos tan claro como Jorge que no nos podemos permitir fallar. Si a cualquiera hace año y medio nos dicen «mira, va a venir una pandemia, el mundo entero se va a paralizar, la economía mundial y globalizada se va a congelar, os vais a meter en vuestras casas, nadie va a saber lo que va a ser esto y, además, vais a conseguir una vacuna en menos de un año que va a permitir ir saliendo poco a poco y que va a ser una palanca para repensar todo un modelo de desarrollo»… no nos lo creemos. Ni siquiera los más ilusos entre los cuáles, probablemente, me encuentre yo.

¿Es posible hacerlo? Claro, si conseguimos alinear a los que pueden mover las palancas que cambien la sociedad. A las administraciones públicas, a los que legislan, al mundo financiero, a las grandes empresas, al ámbito educativo, al mundo de la investigación, al tercer sector y toda la parte social, a los medios de comunicación, a los generadores de opinión… Si conseguimos activar todas esas palancas en la misma dirección, claro que es posible, no tengo ninguna duda. Pero hay que conseguirlo. Hoy estamos mejor de lo que estábamos hace un año y, además, somos más conscientes de eso que no podemos fallar. Igual lo que hay que hacer es activar esas palancas con mayor fuerza para ser conscientes de la enorme oportunidad y responsabilidad que tenemos. Una responsabilidad con nosotros y con el futuro, pero también una oportunidad que no a todo el mundo se le ha presentado.

J.P.: Me quedo con el mensaje positivo, y me gusta mucho la idea de oportunidad. Antes comentabas el informe de riesgos. Siempre me preguntan por riesgos, me gusta añadir la idea de oportunidad. También creo que debemos de ser conscientes y realistas. Hablamos de Biden y está muy bien ver cómo se mueven la mayores economías, ser conscientes de que son pocos los que quedan sin incrementar sus objetivos. Pero también tenemos que saber que, si cogemos el total comprometido adicional y lo comparamos con lo que nos está diciendo la ciencia, todavía hay un hueco importante. La tendencia es súper positiva, pero seamos realistas: debemos seguir incrementando progresivamente la ambición.

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