Medio Ambiente

Linda Zall: cuando la CIA se puso al servicio del clima

Linda Zall es una de las científicas más destacadas de Estados Unidos, pero su nombre es prácticamente desconocido. ¿El motivo? Durante décadas ha estado velando por la salud del planeta desde la agencia de inteligencia más famosa del mundo.

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Valeria Cafagna
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10
Mar
2021
Linda Zall CIA

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Valeria Cafagna

Solo tres ensayos publicados oficialmente, y cuarenta años transcurridos entre los dos primeros y el último. Linda Zall es una de las personas más relevantes de la ciencia estadounidense de las últimas décadas pero, a pesar de tener un currículum desconcertante para cualquiera que se dedique a la ciencia, el secretismo y el anonimato que cubren su vida esconden una razón: en 1985, entró a formar parte del equipo de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, más conocida como la CIA. Así, dejó atrás una década de trabajo en una empresa comercializadora de satélites terrestres. También cualquier posibilidad de reconocimiento público.

Zall consiguió que las imágenes que tomaban en secreto sentasen las bases de la lucha climática actual

Ahora, a sus 70 años –y después de varios jubilada del espionaje– ha decidido dar a conocer su historia, que bien podría formar parte de la trama de una película de cine negro, y revelar al New York Times –hasta donde le dejan– su lucha por poner al servicio del clima los satélites de la agencia. Así lo hizo con Medea, el programa que instauró en 1992 y que revolucionó a la CIA. Este grupo de trabajo científico, heredero de la sacerdotisa de Hécate, echó la vista (de los satélites) atrás, hasta los años sesenta, para proporcionar una nueva base de referencia que sirviese para estudiar y evaluar los ritmos de los cambios planetarios. Seis décadas de datos e información sobre las modificaciones en los patrones de las nevadas, las tormentas, los niveles del mar y los glaciares culminaron en cientos de investigaciones y estudios de toda índole: algunos púbicos y unos cuantos clasificados como alto secreto. Pero lo más revolucionario del trabajo de Zall fue desafiar el sistema establecido y conseguir que los satélites espías y las imágenes que tomaban en secreto –y que se acumulaban en almacenes con poca utilidad– sirviesen para sentar las bases de la lucha climática actual.

El ecologismo se cuela en Langley

Aunque la pasión de Zall por la naturaleza le venía de la infancia, fue el vicepresidente Al Gore el que sembró la semilla de la ecología en el cuartel general de la CIA. El autor de Una verdad incómoda escribió en 1990 una carta a la agencia en la que pedía utilizar los satélites espía patrios para algo más productivo. A su misiva le sucedieron peticiones similares de un senador demócrata y varios líderes ecologistas. En un momento en el que la Guerra Fría estaba llegando a su fin, se hacía necesario repensar el uso de toda esa tecnología en la que se habían gastado el dinero de los contribuyentes. Para Gore, recabar pruebas absolutas del calentamiento global y el cambio climático era la misión más noble que se le podía encomendar a la CIA y sus satélites espías.

Y Linda Zall se puso manos a la obra para confirmar las sospechas del vicepresidente de Estados Unidos: la misión que le habían encomendado era viable, necesaria y daría muchos frutos. En un informe clasificado del que se hizo eco The Associated Press en mayo de 1992 –sin mencionar su nombre–, esta científica describía cómo el reconocimiento secreto podía ayudar a que las ciencias de la Tierra avanzasen a pasos agigantados. Para octubre de ese mismo año, gracias a ese informe, la CIA decidió crear ese amplio grupo de trabajo llamado Medea y compuesto, esencialmente, por científicos especialistas en clima. Su misión era clara: entender el funcionamiento de la naturaleza y su degradación.

La misión de Zall era entender el funcionamiento de la naturaleza y su degradación

Los satélites más preciados de Washington son precisamente los que utilizó Zall para sus investigaciones. Estos podían fotografiar tanto armas de destrucción masiva de naciones enemigas como matrículas de coches que cometían infracciones. Y entre barrido y barrido, muchos de los cientos que fueron puestos en órbita desde 1960 capturaban imágenes de cómo el hielo de Ártico y de la Antártida desaparecían lentamente, instantáneas que cayeron en el olvido hasta que los polos se convirtieron en zonas calientes del deshielo y el equipo liderado por Zall decidió comenzar con su investigación.

Si su trabajo hubiese sido normal, el nombre de Linda Zall se hubiese repetido a lo largo de los años como colaboradora, asesora o investigadora principal en los cientos de publicaciones que se realizaron a partir de sus descubrimientos. Pero cuando tu investigación se mueve entre las sombras, entre lo oficial y lo secreto, es sencillo acabar relegado a esos claroscuros de la historia que, ahora, empezamos a descubrir.

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