Opinión

Creación o destrucción como destino

Según el autor, «frente a la tozudez de los instintos que fundamentan el consumismo, y ante el limitado reconocimiento de los principios éticos que exigen respetar la naturaleza, la idea de desarrollar una religión global que ponga en valor la creación aparece como último recurso para intentar evitar el desastre climático».

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31
Mar
2021

El problema más grave al que se enfrenta hoy la humanidad es una destrucción de dimensiones colosales de la vida en la Tierra causada por un consumo acelerado de recursos, en particular de hidrocarburos. La pandemia actual tendrá efectos negativos sobre la sociedad y la economía, pero los científicos advierten de que el cambio climático y la contaminación masiva serán más dañinos a largo plazo. La cuestión clave es si seremos capaces de reaccionar a tiempo para evitar esa debacle.

En el ámbito global, el consumo de hidrocarburos fósiles (petróleo, gas y carbón), la emisión de gases de efecto invernadero y el empleo de plásticos siguen aumentando ostensiblemente. En el año 2000, el mundo consumió 76,4 millones de barriles de petróleo diarios, mientras que en 2019 fueron 98,2 millones cada día. Los europeos tendemos a pensar que se está reduciendo el uso de energías fósiles y aumentando el de renovables –y esto es cierto en nuestros países–, pero la realidad mundial es muy distinta. Los recursos fósiles representaron el 83,8% del consumo mundial de energía en 2019, según BP Statistical Review of World Energy.

Ni las contribuciones en el campo del pensamiento, ni el activismo, ni las medidas estatales e internacionales –ni tampoco el optimismo tecnológico– son suficientes ante la enorme magnitud del problema. En 2019, por cada uno de los 7.700 millones de habitantes del planeta se quemaron dos litros de petróleo cada día y una tonelada de carbón al año. La naturaleza no puede asimilar ese volumen de emisiones anuales. Así, la verdadera solución del problema pasaría por un replanteamiento del consumismo imperante a escala global, y un cambio profundo en la forma de vivir y actuar de las distintas sociedades. Sería preciso comprender que el modo de vida consumista expandido a escala planetaria lleva a la destrucción, aunque sea de forma involuntaria, por lo que es preciso introducir nuevos patrones de conducta.

Un cambio tan profundo supone una transformación de la civilización global, en la que deberían involucrarse tanto la razón como los sentimientos. Este artículo sugiere que tal movilización requiere un nuevo enfoque religioso global que ponga el acento en el vínculo entre el ser humano y la creación. 

El significado global de la creación

El punto de partida es una sencilla constatación: todo lo que existe en el universo, también la vida en la Tierra, es el producto de un largo proceso de creación. La fuerza de la creación viene operando desde el comienzo de los tiempos, sigue haciéndolo en la actualidad y hace que la realidad sea como es, incluido el ser humano.

La vida y la vida inteligente han sido producidas por la creación a través de un proceso regido por leyes constantes que hemos llegado a comprender. Con el paso del tiempo se observaron sucesivas evoluciones desde un universo con elementos ligeros a otro con elementos más pesados y compuestos químicos, de un mundo sin vida a otro con vida y de un mundo con vida a otro con vida inteligente. Por tanto, desde nuestro punto de vista, ese largo proceso puede ser descrito como un avance en el que se ha transitado desde estadios simples a otros más variados y complejos.

«Actualizar la visión de Dios para dar un nuevo sentido a nuestra existencia es una tarea urgente»

Entre el vacío de la inexistencia y el universo que conocemos, el mayor bien que podemos concebir es la continuidad de la creación, mientras que el mayor retroceso posible es la destrucción de la vida humana o de la vida en la Tierra. En consecuencia, la existencia humana encuentra su sentido más elevado en participar en la creación, y lo peor que podríamos hacer los humanos es impulsar la destrucción. 

Este planteamiento permite reformular la idea de Dios. Entendido como la fuerza de la creación, Dios no ha muerto. Solo dejaría de existir si se extinguiera esa fuerza en el universo. Cuando en el siglo XIX se decía «Dios ha muerto» (en palabras de Nietzsche, Hegel o Dostoievski), normalmente se quería decir: la concepción cristiana (o de cualquier otra religión histórica) de Dios no es convincente porque la razón contradice los dogmas sobre los que se asienta.

Los humanos hemos desarrollado visiones históricas de Dios en las diversas culturas y civilizaciones. Pero si Dios es la fuerza de la creación, Dios no cambia. Cambian los modos que tenemos de conocerlo, definirlo y relacionarnos con él. Las religiones históricas mantienen sus visiones de Dios y del mundo, lo que sin duda tiene gran valor para sus seguidores. Pero esas visiones necesitan actualizarse en nuestro mundo global. 

Un pensamiento auténticamente global no puede dividir a Dios en fronteras. Actualizar la visión de Dios para dar un nuevo sentido a nuestra existencia es una tarea urgente debido a la disyuntiva histórica ante la que nos encontramos entre creación y destrucción.

Una religión global junto a las históricas

La resolución del problema global más grave, ligado a un destino de destrucción, precisa un doble acercamiento: (a) entre las religiones existentes, y (b) entre religión y ciencia. En efecto, en un mundo global es posible avanzar hacia un enfoque religioso común que sea compatible con las religiones tradicionales. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la ciencia sobre la creación constituyen un sólido cimiento sobre el que puede encontrar asiento ese nuevo enfoque de la religión.

En primer lugar, hoy podemos mirar con perspectiva global las tradiciones religiosas que tienen un origen histórico y geográfico determinado. Esas tradiciones han hecho aportaciones positivas a la historia de la humanidad, pero también adolecen de una pesada herencia de intolerancia y enfrentamientos. Ahora, desde un punto de vista global, pueden distinguirse las religiones históricas, por un lado, y la actitud religiosa común a todas ellas, por otro.

El enfoque religioso de la vida y del pensamiento es un patrimonio ancestral, anterior a las religiones actuales, como señala Víctor Lapuente. La suma de experiencias religiosas de los más diversos orígenes (desde la meditación oriental a la mística occidental), permite pensar en una nueva relación del individuo con la divinidad que no esté vinculada a una religión particular. La vivencia religiosa puede continuarse por supuesto desde una religión histórica concreta, y de hecho miles de millones de personas siguen esa práctica, pero también puede hacerse, al mismo tiempo y de forma compatible, a partir de una concepción global de la divinidad y de la creación.

«La explicación de la creación dada por la ciencia debe incorporarse a la nueva actitud religiosa global»

Utilizando la identidad nacional como símil, durante mucho tiempo fue impensable la doble nacionalidad de los individuos. Igualmente parecía imposible la integración de países en una entidad supranacional como la Unión Europea. Aquel enfoque exclusivista de la nacionalidad ha sido superado: hoy la doble nacionalidad es aceptada y se habla incluso de una ciudadanía europea compatible con la de los estados. Las distintas naciones de Europa, que lucharon entre sí enconadamente durante siglos, tienden a integrarse pacíficamente sin perder su personalidad. Un individuo puede sentirse bávaro, alemán, francés y europeo al mismo tiempo. De modo análogo, nada impide que alguien pueda sentirse identificado con la religión católica, con la meditación budista y con una religión global.

En segundo lugar, hoy necesitamos un acercamiento entre ciencia y religión. La ciencia ha dado una explicación de la creación que debe ser incorporada a la nueva actitud religiosa global. Las leyes universales descritas por los científicos tienen valor general, y no dependen de las tradiciones culturales ni de la lengua en que se formulan. Componen el conjunto de ideas más cercano a la verdad universal, tan anhelada a lo largo de la Historia por filósofos, religiosos y pensadores de todo signo. Por su carácter de verdad, las leyes universales desveladas por la ciencia deben ser parte fundamental de la experiencia religiosa.

En los últimos siglos, la ciencia ha alcanzado un corpus de explicaciones sobre el universo y la vida que era desconocido para las religiones tradicionales. En los orígenes de esas religiones, simplemente no se disponía de tales enseñanzas, por lo que sus interpretaciones del mundo y de los humanos eran propias de las culturas de su tiempo. Las religiones tradicionales contenían relatos míticos del sistema solar, de los fenómenos de la naturaleza, de la salud y la enfermedad, de las luchas entre naciones, de la superioridad de las razas o del papel de la mujer en la sociedad. Hoy no puede mantenerse que el sol gira en torno a la Tierra, que una persona vivió novecientos años, que hay que exterminar a los habitantes de una ciudad sitiada, que las plagas son castigos divinos o que las mujeres son inferiores a los hombres.

«Las leyes universales representan lo más cerca que los humanos nos hemos aproximado a Dios»

La ciencia ha descrito las leyes universales de la física y la química, ha demostrado cómo se mueven los astros, ha establecido que toda la materia está compuesta por un número limitado de elementos creados en el universo, ha explicado cómo se combinan esos elementos, cómo suceden los fenómenos naturales, ha comprendido el funcionamiento de la vida en la Tierra, y ha comprobado que ésta es un delicado equilibrio producto de un lento proceso de evolución hasta llegar al momento presente. Todo esto resulta hoy esencial ante la disyuntiva entre creación y destrucción. Del mismo modo que sabemos cómo las leyes universales dieron lugar a nuestro mundo y a la vida, la ciencia también indica que vamos de manera cierta hacia la destrucción. No es la promesa de un paraíso o un infierno ideales, sino la advertencia constatable de que la Tierra se parecerá a un infierno donde la vida humana y la naturaleza sufrirán.

Las leyes universales no son producto de una revelación divina ocurrida en un espacio y tiempo determinados, sino resultado de un esfuerzo racional, colectivo y acumulativo a lo largo de la Historia. Su valor inmutable no proviene de la razón, que es el medio usado por los humanos para conocerlas. Su auténtico valor proviene de la verdad universal que contienen. Las leyes universales representan lo más cerca que los humanos nos hemos aproximado a Dios, ya que constituyen el lenguaje divino de la creación. De modo que las leyes universales no pueden ser percibidas como frías descripciones científicas, sino que deben generar respeto y empatía, es decir, una emoción de carácter religioso. Cualquier concepción actual de la religión debe incorporar dichas leyes como la acción divina que dio lugar al universo y a la vida, y sigue haciéndolos evolucionar.

Los instintos humanos y la destrucción

Hemos dicho que el individuo se ha situado hoy lejos de la creación y necesita emprender un nuevo camino que lo reconcilie con ella, para lo que es necesario un nuevo enfoque religioso global. ¿Por qué el ser humano se ha apartado de la creación? ¿Qué significa que nos dirigimos hacia la destrucción?

Para entender la deriva peligrosa en la que nos encontramos, es preciso recordar algo tan simple como la naturaleza humana. A lo largo de la evolución, el ser humano surgió como animal racional, es decir, un animal al que el uso de la razón dio capacidades increíbles. El ser humano disfruta de la consciencia y de la palabra, transmite los conocimientos adquiridos, es capaz de viajar por todo el mundo, fabricar ciudades, grandes obras de arte y prodigios tecnológicos. Sin embargo, a pesar de esas habilidades prodigiosas, su naturaleza sigue siendo animal. Nace, envejece e inevitablemente muere, sufre enfermedades, tiene necesidades biológicas y, en el curso de su vida, responde a sus instintos sin poder remediarlo.

«Las capacidades humanas han creado nuevos instrumentos que pueden extinguir la especie»

Ningún ser humano escapa a las necesidades biológicas y a los instintos. Cualquier persona está sujeta a la ingesta de alimentos, la necesidad del sueño, el impulso para la reproducción, la autoprotección ligada a la agresividad, y la acumulación de recursos para asegurar su bienestar. Los instintos humanos no son exactamente como los de los animales. Son el resultado de una pulsión animal (los animales también se alimentan, se reproducen y acaparan) a la que se suman grandes capacidades humanas como la elaboración de relatos y habilidades tecnológicas. Tales capacidades extrapolan los instintos humanos y los llevan a extremos desconocidos en el reino animal.

A veces, la suma de instintos y capacidades humanas provoca destrucción en un grado que puede afectar al proceso de la creación. Debido a los instintos desbocados, los humanos se desvían de dicho proceso y se alejan de la Creación. Los animales son egoístas sin saberlo (los investigadores hablan incluso del gen egoísta), pero en los seres humanos el egoísmo se ha reforzado por medio de la ideología, la organización social y la tecnología hasta el punto de provocar grandes catástrofes. Esto se aprecia bien observando los instintos humanos de agresividad y de acumulación.

Durante milenios, los seres humanos desarrollaron la agresividad para satisfacer sus necesidades o para defenderse individualmente y en grupos, como hacen otros animales, algo que estudió Konrad Lorenz. Esto dio lugar a guerras para asegurar el predominio del propio grupo, obtener beneficio económico y expandir su cultura y religión. A lo largo de la Historia, el instinto de agresividad se llevó al extremo justificándose con ideologías, y la tecnología dio lugar al perfeccionamiento de potentes armas. Otro instinto humano, la naturaleza social, facilitaba el sentimiento de afinidad con el propio grupo, sobre la base de la raza y la lengua, y el odio hacia los diferentes. El egocentrismo del grupo se transformaba así en etnocentrismo y racismo.

«El consumismo a escala mundial tiene difícil alternativa porque está enraizado en poderosos instintos»

Durante la Guerra Fría, el desarrollo de los instintos de agresividad, protección y dominación llegó a su cima con la carrera nuclear, que estuvo a punto de causar una debacle planetaria. En el mundo se llegaron a acumular más de 60.000 cabezas nucleares. Las grandes potencias y sus aliados elaboraron la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada. Para vencer al adversario, líderes de muy diversos partidos así como países que se creían civilizados planearon cientos de explosiones nucleares con millones de muertos, la destrucción total de ciudades, así como el deterioro masivo y duradero de la vida sobre la Tierra. Fue un proyecto colectivo, donde los peores instintos se vieron apoyados en grandes capacidades organizativas y tecnológicas. Los ciudadanos pagaron con sus impuestos los aparatos militares-industriales que programaron dicha destrucción durante décadas. El político alemán Willy Brandt denominó esta deriva La locura organizada en su libro de 1986.

Afortunadamente, la amenaza de guerra nuclear ya no pesa sobre la humanidad, pero los instintos de bienestar y acumulación, extrapolados por medio de la ideología y la tecnología, también están a punto de provocar una destrucción planetaria. La búsqueda del bienestar es un fin loable. Las personas necesitan alimentarse, vestir, divertirse y vivir en un entorno agradable y seguro. El sistema económico dentro de los países y en el ámbito internacional permite hoy atender esas necesidades para la mayoría, y esto es un gran avance de la humanidad. Sin embargo, tales necesidades se satisfacen a través de un modo de vida consumista que sobrepasa con creces la mera necesidad y entra en el terreno del despilfarro. Este modo de vida, multiplicado por miles de millones de personas que habitan el planeta, conlleva el empleo acelerado de recursos, en particular hidrocarburos, con el resultado del cambio climático y una contaminación masiva. Los científicos advierten de que las actuales tendencias de consumo producirán en solo dos o tres décadas una destrucción nunca vista en la Historia y difíciles condiciones de vida en la Tierra.

La insuficiencia del enfoque actual

El consumismo a escala mundial tiene difícil alternativa, porque está enraizado en poderosos instintos. El consumismo se ha expandido a todas las regiones y a cualquier cultura, salvo aquellas sociedades sumidas en la pobreza. Las advertencias sobre una próxima destrucción a escala planetaria son ignoradas. El modo de vida imperante ha impuesto una visión inmediata de la felicidad. Como escribió Victoria Camps en El gobierno de las emociones (2011), «buscar la felicidad en la sociedad de consumo equivale a consumir». De manera poética, Octavio Paz lo expuso así en su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1990: «La contaminación afecta no solo el aire, los ríos y los bosques, sino también nuestras almas. Una sociedad poseída por la frenética necesidad de producir más para consumir más tiende a reducir ideas, sentimientos, arte, amor, amistad y gente a productos de consumo. Todo se convierte en una cosa que se compra, se utiliza y luego se lanza al basurero».

«Si no se toman medidas para frenar el cambio climático, su coste sobre el PIB anual mundial podría ascender al 5%»

En general, la limitación de los excesos provocados por los instintos humanos se consigue a través de normas sociales. Hoy la esclavitud está prohibida, el racismo condenado, los depredadores sexuales encuentran enfrente los códigos penales, la igualdad entre hombres y mujeres se persigue a través de mejores normas jurídicas, los sistemas impositivos financian la protección social, y el derecho internacional introduce reglas para evitar las guerras. Sucesivos avances de la civilización han dado lugar a conglomerados normativos para controlar los efectos perjudiciales de los instintos. Los diversos campos normativos (religión, ética, derecho, educación y cultura) se complementan e interaccionan entre sí para elaborar mejores normas a lo largo de la historia, como he intentado explicar en mi ensayo Filosofía de las relaciones globales (2019).

Ese conglomerado de normas sociales ha avanzado en la historia. En el momento actual, sin embargo, la deriva hacia la destrucción provocada por el consumismo global no puede detenerse con ese esquema. Para evitar un desastre ecológico sería preciso reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y el entramado normativo actual es incapaz de cambiar una tendencia global creciente. Las normas para limitar emisiones en la Unión Europea, Estados Unidos y otros países resultan poco significativas porque las cifras globales siguen aumentando de manera espectacular. Si observamos la evolución entre 1990 y 2012 (fecha de referencia para la efectividad del Protocolo de Kioto), las emisiones mundiales de CO2 crecieron un 51,3%, y han seguido aumentando después: entre 1990 y 2019 subieron un 60%. Los expertos afirman que la pandemia supondrá un bache en la tendencia de emisiones pero estas volverán a sus niveles anteriores en dos años por el empuje de Asia.

Frente al modesto propósito de Kioto de reducir un 5% las emisiones con respecto a 1990 en algunos países que aceptaron voluntariamente el compromiso, la cruda realidad es que desde entonces las emisiones globales han aumentado un 60%. El Acuerdo de París de 2015 utilizó un método diferente, ya que, en lugar de reducir (o intentar reducir) el volumen de emisiones, se refirió al objetivo de limitar el aumento de temperatura global a largo plazo. Este enfoque era más una declaración de intenciones que una pauta de comportamiento, por lo que casi todos los países del mundo suscribieron el acuerdo. Dicha declaración de objetivos para fines de siglo deja en el aire una pregunta irresoluble: ¿cómo puede limitarse el aumento de temperatura si sigue creciendo el consumo global de recursos fósiles y, por tanto, las emisiones?

«Desarrollar una religión global que ponga en valor la creación aparece como último recurso para evitar el desastre»

Las reglas jurídicas internas e internacionales se basan en las actitudes éticas que definen una civilización. Desde hace tiempo, los filósofos insisten en la necesidad de incorporar la protección de la vida en la Tierra en los principios morales. Un pionero de esta idea fue Hans Jonas, quien en su libro El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica (publicado por primera vez en alemán en 1979) actualizó el imperativo categórico de Kant «no hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti». En nuestra época, este principio debería ser: «Obra de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica sobre la Tierra». Según Jonas, la ética anterior se refería a las relaciones humanas y ponía el acento en la reciprocidad. En la etapa tecnológica, las capacidades humanas han creado nuevos instrumentos que pueden llevar a la extinción de la especie humana. Esa posibilidad ya no afecta solo a nuestros semejantes en el momento presente, sino que se proyecta a los descendientes, por lo que el nuevo principio moral debe mirar también al futuro.

Una visión ética tan avanzada ha sido elaborada después por numerosos autores (por ejemplo, Holmes Rolston), para quedar una y otra vez confinada al campo académico, desgraciadamente. El activismo también ha mostrado sus límites porque alcanza sobre todo a los convencidos, mientras que el gran público en los más diversos países y culturas sigue aferrado a un modo de vida que conlleva el derroche de recursos. En el premiado documental Una verdad incómoda (2006), Al Gore explica que inicialmente creyó que unas evidencias tan claras sobre los perjuicios del cambio climático convencerían a políticos y ciudadanos. Tras años de entrega a la labor de divulgar por todo el mundo el reto y las posibles soluciones, Gore confesó su frustración. El economista británico Nicholas Stern advirtió en un conocido informe de que, si no se tomaban medidas para frenar el cambio climático, su coste podría ser del 5% anual del PIB mundial a mitad de siglo. Años después, en 2015, Stern publicó el libro Why are we waiting?, donde básicamente reconocía la ineficacia de las medidas internacionales y afirmaba que el optimismo tecnológico (technophilic optimism) sobre las soluciones no tiene en cuenta los hábitos socio-culturales. Por este motivo, reiteró que el impacto económico mundial sería muy negativo y, en lugar de propuestas económicas o políticas, propuso avanzar en campos como la filosofía y la religión.

¿Por qué es preciso un enfoque religioso global?

Frente a la tozudez de los instintos que fundamentan el consumismo, ante el limitado reconocimiento de los principios éticos que exigen respetar la naturaleza, teniendo en cuenta la inoperancia de las normas internacionales, y movido por la frustración que produce el contemplar una destrucción global que se acerca imparable, la idea de desarrollar una religión global que ponga en valor la creación aparece como último recurso para intentar evitar el desastre. La propuesta de un enfoque religioso no era el punto de partida a priori sino la conclusión desesperada después de un análisis interdisciplinar de la situación mundial.

El cambio profundo que necesitamos a escala global requiere un motor más potente que los estudios académicos o la conciencia de los convencidos. Se trata de una transformación civilizacional que debe alcanzar amplios sectores de la sociedad global, como otras anteriores que llevaron a aceptar los derechos humanos, la igualdad, o la interdicción de la violencia. Pero esa transformación debe hacerse ahora en un plazo breve y sin esperar al choque que produciría el eco-desastre anunciado, ni otros shocks como revoluciones o violencia. Necesitamos una auténtica transformación del pensamiento y de las actitudes, y debe hacerse en un lenguaje que llegue a las mentes y a los corazones, y que alcance a diferentes culturas. Ante tal desafío, debemos movilizar todas las capacidades humanas, incluidas las cualidades únicas del enfoque religioso.

«Nos estamos jugando el destino de la humanidad»

La religión tiene una vis atractiva y una capacidad movilizadora propias. El enfoque religioso conecta el pasado, el presente y el futuro para ofrecer explicaciones a la existencia humana, e interpelar a cada individuo. Hoy se habla incluso de religiones espirituales y civiles, puesto que diversas ideologías y doctrinas han adquirido rasgos de las religiones tradicionales. Como ha subrayado Víctor Lapuente en su ensayo Decálogo del buen ciudadano. Cómo ser mejores personas en un mundo narcisista (2021), la noción de la trascendencia impersonal fue clave en el desarrollo del pensamiento humano. Lapuente afirma que «las sociedades avanzan cuando sus individuos supeditan su interés individual a un ente impersonal y abstracto», que durante mucho tiempo fue Dios, y más recientemente han sido la patria y otros objetivos colectivos. Ahora se trataría de definir una nueva actitud religiosa global que reconociera a Dios como la fuerza de la creación, y que insistiese en evitar una destrucción inminente como una prioridad moral y social. Este enfoque ofrecería un fundamento renovado para el cambio de modo de vida que se necesita a escala global.

Evidentemente, se trata de una propuesta en ciernes que necesita elaboración y concreción, pero quiere jugar un papel de estímulo para el pensamiento y la acción. El problema es transcendental: debemos elegir entre creación y destrucción. Nos estamos jugando el destino de la humanidad. Ante ese horizonte, un nuevo enfoque religioso global puede incorporar las enseñanzas de la ciencia y entroncar con la tradición que pone el acento en la compasión y el amor universal de las religiones históricas. Esos mismos mensajes se encuentran en la búsqueda de una ética universal. Ante un reto dramático y compartido por toda la humanidad, debemos apelar al enorme potencial que tiene la religión como vínculo para religar a las personas con la fuerza de la creación.


Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales e investigador asociado del Real Instituto Elcano. Ha enseñado en la Universidad Complutense de Madrid, y antes trabajó en la Unión Europea y en el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación. Durante años ha colaborado con artículos de opinión en el diario El País y en otros medios. Sus obras más recientes son el ensayo ‘Filosofía de las relaciones globales’ (2019), y el poemario ‘Madre Nuestra’ (2020).

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