Siglo XXI

¿Será 2021 el año en que volvamos a hacer planes?

Del mismo modo que el virus ha redibujado el futuro, sabemos ya que la vuelta a la normalidad no será un regreso a lo que antes era cotidiano. Con la esperanza puesta en la eficacia de las vacunas, nos dirigimos hacia un nuevo estadio: las pandemias, a lo largo de la historia, no solo han alterado sistemas económicos y regímenes políticos, también han transformado nuestra forma de ver el mundo.

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Carla Lucena
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25
Ene
2021
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Carla Lucena

Cuando empezaba 2020, el mundo se paró. Debimos sospecharlo cuando, a finales de enero, China decretó la cancelación de su Año Nuevo Lunar por la aparición de un nuevo coronavirus que, por entonces, oficialmente había matado en Wuhan a una veintena de personas. Aquella fue la primera ciudad confinada, en la que once millones de personas fueron encerradas en sus casas. Por entonces, en Europa nos parecía imposible que sucediera algo así, hasta que fue el norte de Italia el que se confinó. En España nos seguía pareciendo lejano cuando unos días después seguimos el mismo camino. En pocas semanas, cientos de millones de personas de repente se vieron aisladas en casa por una amenaza desconocida –y prematuramente subestimada– llamada covid-19. Efectivamente, el mundo se paró. No es una metáfora: los sismólogos detectaron que durante los confinamientos cesaron la mayoría de las vibraciones que normalmente produce la actividad humana sobre la corteza terrestre. El coronavirus, de algún modo, cambió la forma en la que se movía la Tierra, igual que ha cambiado la manera en la que vivimos en ella. Empieza 2021 con la llegada de las vacunas y, con ellas, la esperanza de que el mundo no se tenga que volver a detener, aunque tardará años en recuperarse.

¿Os acordáis de cuando podíamos hacer planes con días, semanas e incluso meses de antelación? Con la pandemia, a la vida cotidiana llegaron los confinamientos, los cierres de fronteras y los rebrotes. Con esa incertidumbre, desaparecieron las rutinas de las pequeñas expectativas que han ido incubando otra epidemia de soledad, tristeza y ansiedad. El futuro más inmediato nunca ha sido tan incierto como ahora: ni planear una cena con amigos con normalidad, ni mucho menos un viaje o una boda será posible hasta que la vacunación logre la inmunidad de grupo. Según los cálculos del Ministerio de Sanidad, eso podría llegar en el segundo semestre de 2021.

Vacunas, escupideras y apretones de manos

Las vacunas no son las únicas que pueden hacer que este se convierta en el año en que controlamos la pandemia. También será crucial que los test y métodos de diagnóstico de la covid-19 sean más frecuentes, rápidos y accesibles para que los aislamientos en caso de rebrote sean cada vez más selectivos y permitan remontar la economía. Si 2020 fue el año en que el nuevo coronavirus puso el mundo patas arriba, 2021 confiamos en que sea en el que la pandemia se pudo, al menos, controlar.

Entretanto, seguiremos presenciando los cambios que están produciendo el shock económico, el shock psicológico y el shock social causado por la peor pandemia del último siglo que, según algunos cálculos todavía provisionales, puede haberle costado la vida a dos millones de personas en el mundo. Por eso es muy prematuro anticipar cómo será el mundo tras la pandemia, ya que ni sabemos cuándo estará realmente controlada, ni mucho menos cuándo se podrá dar por terminada. Además, tenerla bajo control no quiere decir que la enfermedad desaparezca y la gente deje de morir a causa de ella: el virus SARS-CoV-2 que produce la covid-19 será un nuevo virus con el que conviviremos de ahora en adelante, al igual que sucede con los que causan la gripe o el sarampión, cuyas vacunas no han erradicado la enfermedad pero sí han reducido el número de víctimas mortales que provocan.

Test y vacunas serán las herramientas imprescindibles para controlar el virus

Aunque no serán la varita mágica que borre el coronavirus de la faz de la Tierra, las vacunas son lo más parecido a una que tenemos. De su éxito este año que empieza dependen todas las esperanzas depositadas en que en el segundo semestre pueda empezar una verdadera remontada socioeconómica. Por eso, la desinformación que circula en redes sociales para sembrar dudas sobre ellas es una de las diez principales amenazas para la salud mundial, según la OMSy ya lo era antes de la llegada del coronavirus–. Uno de los mayores desafíos para los Gobiernos en el nuevo año, además de organizar la logística para la mayor campaña de vacunación de la historia, será transmitir confianza y combatir los bulos que intentan confundir a la población.

Sin embargo, aunque realmente los países desarrollados sean capaces de distribuir la vacuna en 2021 a toda la población de un modo global y efectivo –para los países en desarrollo los plazos se alargan hasta 2023–, habrá que esperar al menos otros doce meses, o tal vez más, hasta que podamos deshacernos de las medidas de higiene y seguridad aprendidas durante la pandemia. El gel y las mascarillas no desaparecerán de un día para otro y, aunque las leyes dejen de obligar a utilizarlos, en los próximos años es previsible que la gente se vuelva más consciente de la importancia de la higiene individual y colectiva, protegiéndose más durante un tiempo por miedo y por inercia.

La vuelta a la normalidad no será una vuelta al pasado, sino a un nuevo punto en el que habrán desaparecido viejas costumbres e incorporado otras nuevas. Las pandemias, a lo largo de la historia, han cambiado sistemas económicos, regímenes políticos y gestos cotidianos. Aquello de dar la mano o dos besos por doquier tardará en volver a ser socialmente tan obligatorio como solía y, si es que vuelve a serlo alguna vez, no será en los próximos meses. Puede que, una vez superada la pandemia, no resulte extraño en Europa llevar mascarillas en el metro abarrotado a la manera en la que antes solo lo hacían los asiáticos, y tampoco lo será encontrar gel hidroalcohólico a la entrada de las tiendas. Entre las cosas que está reconfigurando la pandemia, la del espacio personal es una de ellas: hemos aprendido a echar de menos los abrazos, pero también a valorar mucho a quién se los damos.

Por primera vez en 70 años, Unicef ha tenido que desplegarse para alimentar a niños en Inglaterra

También, por supuesto, cambia el espacio público, pero muchas de las transformaciones sociales que se producirán a raíz del coronavirus ni siquiera las percibiremos como cambios porque ya nos hemos ido acostumbrando. En pandemias anteriores ha habido también grandes metamorfosis que transformaron el mundo y, con el paso de los años, se fue olvidando que empezaron con una de ellas. Nicholas A. Christie cuenta en Apollo’s arrow que escupir en público era algo habitual en las ciudades de principios del siglo XX, y fue con la pandemia de gripe de 1918 cuando empezó a verse como algo antihigiénico e incluso peligroso. A no ser que sea en una película del Oeste, nadie en los bares echa de menos las escupideras, al igual que ya no se echa de menos que no se pueda fumar en colegios, tiendas y hospitales, como pasaba hace unas pocas décadas. Los cambios no solo se explican con lo que llega, también con lo que va desapareciendo sin que nos demos cuenta. Antes de llegar, el futuro deja por el camino desde formas de hacer política, a negocios, ritos y costumbres.

Es posible que, dentro de unos años, lo que nos sorprenda sea que hubo un tiempo en el que los dentistas nos atendían sin mascarilla, que la ropa que nos probábamos en los probadores volviera a colgarse sin cautela higiénica alguna, que los camareros no desinfectaran las mesas cuando se levantaban los clientes o que las aulas no se ventilaran con asiduidad. Y cuando la pandemia quede definitivamente atrás y vaya cayendo en el olvido, como cayeron también las anteriores, podrán empezar los felices años veinte sin que nos paremos demasiado a reflexionar de dónde nos vienen tantas ganas de fiesta en garitos abarrotados.

La epidemia de las desigualdades

Entre las tendencias que irán dando forma al mundo en 2021 se entrelaza lo que desaparece con lo que está llegando para quedarse. Algo que esperemos que pase pronto es la desigualdad, una de las consecuencias dañinas de la covid-19 que demuestra que sus tentáculos van más allá de lo sanitario. Este año se espera un desempleo masivo y un aumento de la pobreza provocado por la pandemia como nunca habíamos visto en la Europa contemporánea. Cada ola de coronavirus implica una resaca de pobreza por la cantidad de trabajos que destruye, especialmente entre los más vulnerables. Por primera vez en 70 años, Unicef ha tenido que desplegarse para alimentar niños en Inglaterra, un desamparo también visible en las colas del hambre que han aumentado en ciudades del mundo más rico, como ha sucedido en Milán, París y Nueva York.

El FMI no prevé que España recupere las tasas de empleo anteriores a la crisis del covid-19 hasta 2026

Debido a su dependencia del turismo y los servicios, España es el país de la Unión Europea que más empleo destruyó en la primera fase de la pandemia. En 2021, el Banco de España calcula que el desempleo toque techo y supere el 20%, coincidiendo con el fin de la respiración artificial proporcionada por los ERTE, que han permitido mantenerse a flote a muchas empresas y trabajadores. El desempleo juvenil podría llegar al 40%, por lo que otro de los desafíos principales de los próximos meses es evitar la exclusión de las nuevas generaciones, que habrán sufrido dos grandes recesiones antes de cumplir los 35.

El FMI no prevé que España recupere las tasas de empleo anteriores a la pandemia hasta 2026, aunque otros escenarios más optimistas lo adelantan a 2023. Lograrlo dependerá de la velocidad con la que se controle el virus y desaparezcan los rebrotes, pero también de la pericia en la gestión de las políticas públicas, más pendientes que nunca de los fondos prometidos desde Bruselas.
No estamos acostumbrados a tener cotas tan altas de desamparo en la sociedad del bienestar, y seguramente eso haga más urgente que nunca reinventarla. Quizá por eso estamos viendo una mayor tendencia a la intervención pública para intentar paliar la pobreza contagiada por el virus. De que se logre frenar el malestar depende, en gran medida, que no fermente el caldo de cultivo de nuevos populismos y nacionalismos xenófobos.

confinamientos

Otra desigualdad en aumento a raíz de la pandemia es la de género. El coronavirus ha mandado al paro casi al doble de mujeres que hombres y, además de obtener menos empleos, son ellas las que más sobrecarga de trabajo en casa han tenido que asumir. Las mujeres trabajan en sectores económicamente más vulnerables y, al cobrar de media menos que los hombres, es también más probable que sean las que renuncien a su puesto o a un ascenso cuando el cuidado de los hijos requiere dedicar más horas a la familia. Es otra consecuencia indeseada más de la cancelación de las clases y las actividades extraescolares en los primeros confinamientos. En las familias que tienen complicado externalizar las tareas domésticas y de cuidados, las mujeres tienen mucha más probabilidad de asumirlas, por lo que de la pandemia se puede derivar un retroceso en igualdad. Además de una injusticia social evidente, ello conlleva un lastre añadido en el avance del PIB.

Las cotas tan altas de desamparo urgen a reinventar la sociedad del bienestar

El coronavirus también está ralentizando el progreso de las niñas en los países pobres. Según un estudio de Citigroup y Plan International, si en las economías emergentes el 100% de las niñas terminasen la escuela secundaria se provocaría un impulso duradero del PIB del 10% para 2030. Sin embargo, el cierre de escuelas provocado por la pandemia en 2020 afecta más a las niñas que a los niños en todo el mundo, y en los países más pobres es más probable que sean ellas las que no vuelvan a las aulas, especialmente en la adolescencia. Algo preocupante, sobre todo teniendo en cuenta que, si cursan estudios de secundaria, se reduce el riesgo de que sufran embarazos no deseados y sean forzadas a casarse, y también mejora la salud y bienestar de sus hijos futuros, es decir, del país.

Esta nueva desigualdad creciente es, asimismo, digital. Durante los confinamientos se ha hecho patente la brecha entre los niños de familias que siguen careciendo de acceso a internet o a herramientas para el aprendizaje a distancia. Vuelvan o no a ser necesarios nuevos encierros, mejorar la educación a distancia es una urgencia que requerirá repensar muchos procesos e inversiones en escuelas y universidades.

Casas menguantes, zoom y bicis

Igual que la enseñanza a distancia, el teletrabajo ha recibido más impulso en los meses de confinamiento que en la década anterior. Eso sí, con él también aflora un futuro del empleo a dos velocidades: de un lado, los puestos flexibles y teletrabajables; y, del otro, los presenciales, en muchos casos sin escapatoria a la precariedad ni al riesgo de contagio.

Las empresas están reinventando las oficinas para convertirlas en lugares de encuentro para tareas que requieran creatividad y trabajo en equipo, mientras el hogar se configura como un espacio para las tareas individuales. Nunca habíamos pasado tanto tiempo en casa, lo que está transformando a su vez unos domicilios que se han convertido a la vez en lugares de trabajo, restaurantes, escuelas y entornos de ocio. Petra Axdorff, consejera delegada de Ikea en España, explica que durante la pandemia era como si las casas hubieran encogido de tantas cosas que la gente hacía dentro de ellas.

El coronavirus ha mandado al paro casi al doble de mujeres que hombres

Aunque es previsible que en el año que empieza vayamos recuperando progresivamente más vida en el exterior, salir más a la calle no tiene por qué frenar muchos de los cambios de hábitos provocados por los confinamientos. La tendencia a cocinar más en casa o a comprar más a domicilio y online –incluso entre generaciones que nunca antes lo habían hecho– está al alza. De hecho, el auge del comercio electrónico está transformando modelos de negocio: la pandemia ha acelerado la digitalización también en las pymes, que son el 95% del tejido empresarial español y que hasta ahora no la habían tenido entre sus prioridades.

La compra por internet, además de los negocios, también está transformando las ciudades. Acostumbrarnos a las reuniones por Zoom tiene consecuencias colaterales, desde que los retailers de ropa estén vendiendo más partes de arriba que pantalones, a la quiebra de negocios que dependían de los viajes de trabajo y los menús del día de los oficinistas. Del otro lado, también ofrece nuevas oportunidades para reinventarse, como han demostrado las numerosas ofertas de deporte online a través de canales como Instagram, que han puesto de moda el teleyoga de salón, por ejemplo. Los barrios están cambiando a medida que se va redescubriendo el comercio de proximidad y la puesta en valor de una vida más local, percibida como más segura, pero también más justa, para evitar una destrucción de empleo en la comunidad a la que se pertenece.

De la misma forma, muta la movilidad, y no solo porque mucha gente haya decidido trasladarse a casas más grandes en las afueras aprovechando el teletrabajo. Las urbes están experimentando también un cambio importante en la manera de moverse de la gente: por ejemplo, ha aumentado la demanda de bicis y patinetes en unos tiempos pandémicos en los que el transporte individual es la alternativa más recomendable.

Una vez superada la pandemia, no resultará extraño en Europa llevar mascarillas, algo que antes solo ocurría en países asiáticos

Con el coronavirus, el transporte público ha dejado de percibirse como seguro y, por primera vez, hemos visto a las autoridades en todo el mundo recomendar que se evite su uso. Además, con la proliferación de terrazas para fomentar un consumo más seguro al aire libre, se está haciendo cada vez más difícil aparcar vehículos privados en muchas zonas. 2021 puede ser un año clave para el impulso de nuevas formas de moverse en las ciudades que quieran aprovechar el tirón, convirtiéndose en una oportunidad para la  descongestión de las horas punta aprovechando la mayor flexibilidad que aporta el teletrabajo.

En ese sentido, durante estos meses son muchas las ciudades que han apostado por facilitar la movilidad en bicicleta como alternativa al transporte público. De Bucarest a Milán, pasando por Lisboa y París –y, por supuesto, Ámsterdam–, hay más de 2.300 kilómetros de carriles estrenados en 2020 que pavimentan el camino de la nueva movilidad. Si Italia ha gastado 115 millones en estimular el ciclismo urbano, la capital francesa es la ciudad que más ha invertido en la revolución de dos ruedas. Otras, como Madrid, están quedando a la zaga.

Sin embargo, viajar es probablemente una de las actividades que más tardará en volver a las cotas prepandémicas. Al turismo, un sector del que depende un tercio de la economía española, también le toca reinventarse con la seguridad de los viajeros como uno de los grandes desafíos. Ni siquiera las previsiones más optimistas de la industria turística esperan que el de 2021 sea un verano que podamos planificar con mucha antelación. La buena noticia es que, si la vacunación es un éxito, en la segunda mitad del año tal vez podamos volver a empezar a hacer planes. Al menos, para el año siguiente. ¡Feliz 2022!

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