Cambio Climático

«La covid-19 es un ensayo general de lo que vendrá con la emergencia climática»

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Sari Goodfriend
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18
Ene
2021
Miranda Massie

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Sari Goodfriend

Cuando en 2014 el huracán Sandy azotó la costa este de Estados Unidos, Miranda Massie (Nueva York, 1966) no pudo seguir obviando esa realidad que, dice, es tan dolorosa que para la mayoría es más sencillo ignorarla que actuar. «La emergencia climática es la mayor fuente de injusticia racial y social que existe, y la mayor crisis de igualdad que la humanidad ha visto nunca» y, por eso, nos cuenta, decidió crear el Museo del Clima en su ciudad natal. Tras casi dos décadas defendiendo los derechos civiles como abogada en Detroit (Michigan) y la justicia medioambiental en Abogados por el Interés Público de Nueva York (NYLPI), ahora Massie promueve la unión entre el mundo de la ciencia y de las artes para, a través de la cultura, llevar a cabo acciones climáticas que movilicen a la sociedad para cambiar el rumbo (medioambiental) del planeta.


Tras tu experiencia como abogada especialista en derechos civiles, ¿crees que la globalización de movimientos sociales como Black Lives Matter, el Me Too o Fridays For Future están forzando cambios reales en las sociedades?

Sin duda hemos visto un cambio monumental debido a esos movimientos masivos, dirigidos por gente joven en su mayoría, que buscan la igualdad en todo tipo de frentes. El pasado verano, la búsqueda de justicia social y racial en Estados Unidos, que es la esencia del Black Lives Matter, se exportó al resto del planeta, haciendo patente que el racismo no solo afecta aquí. Es importante decir que, aunque sea un problema de escala mundial, EEUU es un caso particular: la organización de la sociedad estadounidense está configurada en torno a la raza y a una jerarquía racista con unas características que la hacen única en la historia del mundo, solo comparable, tal vez, con el apartheid sudafricano. La violencia policial hacia las comunidades negras –incluso cualquiera que no sea blanca– es fundamental para que esa jerarquía se mantenga, por lo que este movimiento no solo denuncia la brutalidad policial sino al sistema racista sobre el que descansa. De manera similar, el Me Too se ha extendido por todo el planeta exigiendo el derecho de las mujeres a una libertad que es esencial para cualquier ser humano tanto en el lugar de trabajo como en cualquier aspecto de la vida: nuestro derecho a ser quienes somos sin limitaciones y sin el temor constante de sufrir ataques a nuestra integridad física o psicológica que impidan nuestro desarrollo como personas. Por último, los movimientos estudiantiles, los Fridays For Future y todas esas expresiones de liderazgo climático joven han cambiado por completo el rumbo de las negociaciones sobre el clima a nivel global: han conseguido, incluso, introducir el tema en los debates electorales estadounidenses del pasado año. Los jóvenes están cambiando las normas del juego demandando justicia intergeneracional, porque cada día que se retrasa la acción climática significan más semanas de sufrimiento intenso en el futuro de los que ahora son jóvenes. Esa es una de las razones por las que necesitamos ser agresivos en nuestra acción colaborativa global.

«La evolución no ha preparado a nuestros cerebros para asimilar el cambio climático»

La covid nos está demostrando que la pérdida de biodiversidad en el planeta no solo afecta directamente al clima, sino también a nuestras vidas. ¿Cuál es la conexión que hay entre la salud planetaria y la humana?

Los científicos están de acuerdo en que los dos principales factores que provocan la pérdida de biodiversidad –y estamos en medio de una extinción masiva– son la crisis climática y la destrucción de hábitats, y ambos están estrechamente relacionados con la crisis del coronavirus. Hay suficiente evidencia científica como para asegurar que el covid-19 saltó de los murciélagos al ser humano –aunque aún no sabemos si pasó por otro animal antes–. Es decir, se trata de un virus zoonótico. El uso de cada vez más hectáreas para la agricultura y la ganadería intensiva destinada a producir proteína animal para el consumo humano es uno de los motivos que provoca que las poblaciones de murciélagos vivan bajo niveles de estrés inimaginables. El otro son los cambios en el clima y en la cadena trófica. Cuanto más estresados estén los murciélagos y cuanto peor sean las condiciones de los ecosistemas en los que viven, más posibilidad habrá de que se conviertan en propagadores de virus. Además, al invadir sus hábitats naturales, los seres humanos nos exponemos al contacto con estos animales salvajes y a las enfermedades que puedan traer con ellos. Y precisamente los murciélagos producen unos virus extremadamente resistentes ya que tienen fiebre la mayor parte del tiempo y, por tanto, a los humanos nos resulta más complicado superarlos. Pero lo esencial es que se entienda que la mala planificación del uso de la tierra está contribuyendo a la pérdida masiva de los hábitats naturales y, por tanto, al cambio climático. Pero más allá del coronavirus, la crisis climática afecta a la salud de la población humana en general, y a la de los más vulnerables en particular. Las comunidades que menos han contribuido al cambio climático son las que están pagando un precio mayor. Un ejemplo serían los indígenas de Alaska cuya participación en la crisis climática es mínima, pero en los que está teniendo un impacto devastador, especialmente en cuanto a pérdida de territorio y de cultura nacional. Nos enfrentamos a crisis de salud pública y de justicia social que están cubiertas por el paraguas de la crisis climática, y tenemos que abordar toda esta complejidad a la hora de pensar y diseñar soluciones climáticas.

El diciembre pasado hablabas en el Foro de Fundaciones y Sociedad Civil Demos sobre cómo fomentar una cultura de acción climática en la sociedad. ¿Cómo se pueden conjugar las artes y las ciencias para involucrar a la comunidad en la lucha climática?

Necesitamos que se lleven a cabo esfuerzos a escalas diferentes tanto en la ciencia como en las artes para ofrecerle a la gente herramientas que hagan que se sientan parte de una comunidad más grande. Pero también debemos crear espacios de pensamiento sobre la crisis climática que emocionen y que permitan que conectemos unos con otros a través de la acción cívica. Una de las razones más importantes por las que las personas, como me ocurrió a mí, intentan ignorar la crisis climática es porque el problema es mayor que las acciones que un individuo pueda llevar a cabo. Por lo que, si no sientes que se está abordando desde la comunidad, desde la sociedad en su conjunto, es imposible sentir que lo que tú haces pueda contribuir en algo. No es satisfactorio ni estimulante actuar si piensas que tu esfuerzo va a ser en balde. Necesitamos eso que se denomina eficacia colectiva: esa sensación de que estamos trabajando con otras personas. Cuando todos hablamos sobre el clima se crea un círculo virtuoso de diálogo, sensibilización y acción, y ese es el objetivo del Museo del Clima. Absolutamente todo lo que hacemos está pensado para alcanzar esa meta.

Una de las tareas más complicadas para la comunicación ambiental es explicar cómo, por ejemplo, afecta la deforestación del Amazonas –que tan solo el año pasado perdió 4.280 millas cuadradas– a poblaciones que no lo viven de cerca. ¿Cómo explicar cómo impacta esta destrucción de la selva a la vida de los estadounidenses o los españoles?

Como especie, no hemos evolucionado para entender o ser capaces de enfrentarnos a riesgos lejanos en el tiempo o en el espacio. Es como si te vuelves loco si un león entra por la puerta: es lo lógico. Durante todo el curso de nuestra evolución física, psicológica y social no hemos tenido –hasta ahora– que preocuparnos por el cambio climático. Es un fenómeno increíblemente reciente y nuestro conocimiento sobre él lo es aún más, así que no hemos tenido tiempo para asimilarlo. La manera en que la evolución ha conectado las piezas en nuestro cerebro no lo ha preparado para algo así. Es más, incluso nosotras, que estamos hablando sobre la emergencia climática y comprendemos su importancia, estamos demasiado tranquilas para lo que está sucediendo: nuestros cerebros no lo han entendido aún. Deberíamos tener la adrenalina tan alta que nos fuese imposible mantener conversaciones racionales, y esa sería la reacción más natural y racional al peligro al que nos enfrentamos. Probablemente Stephen Hawking fuese el único que durante una fracción de segundo entendió de verdad la escala de la crisis medioambiental. La mayoría de nosotros nunca llegaremos a ese nivel de comprensión. Así que debemos reconocer esa carencia antes de intentar explicar por qué un incendio en el Amazonas afecta a una persona de Nueva York o Madrid. Pero las tormentas o los incendios sin precedentes que se suceden todos los años en Estados Unidos, por ejemplo, sirven para demostrarle a la gente que las consecuencias del cambio climático están aquí, en nuestros hogares, no es algo que vivirán nuestros nietos o que ocurre a kilómetros de distancia. Son una realidad aquí y ahora, y con ese ejemplo cercano se puede entender cómo la deforestación de la selva amazónica tiene consecuencias en el sistema climático de todo el planeta o cómo el deshielo del Ártico afecta al clima de la Tierra en su conjunto. Así se puede entender que no estamos hablando de un sistema regional, sino planetario.

«Podemos permitir que la covid posponga la agenda climática o aprender de ella para atajar una crisis que afecta a todos»

La ciencia lleva décadas alertando de los riesgos del calentamiento global. Sin embargo, sigue habiendo negacionistas, entre los que se encuentran personajes como Bolsonaro o Trump, que movilizan masas. ¿Cómo podemos lidiar con los escépticos climáticos y su discurso?

Cuando el negacionista es alguien de tu entorno, que forma parte de tu vida personal, es importante hacer una labor de sensibilización. Sin embargo, cuando entramos en el ámbito del activismo climático, no merece la pena tan siquiera pensar en ese tipo de gente. Tener que ser conscientes de que existen y de que su discurso supone un reto a la hora de desarrollar nuestro trabajo como activistas. Pero son una parte muy minoritaria de la población. Sin embargo, hay un porcentaje mucho mayor de personas preocupadas por la crisis climática que aún no han alzado su voz o que no forman parte de ningún grupo de acción específico. Esa es la gente en la que tenemos que centrarnos y a los que tenemos que movilizar. En Estados Unidos, por ejemplo, los negacionistas no superan el 8% de la población y muchos de ellos lo son por cuestiones industriales o económicas: porque la lucha contra el cambio climático afecta a sus bolsillos. Contra esa motivación no podemos luchar.

Hablando de Estados Unidos, los planes de acción climática del presidente electo Biden son, para algunos, los más ambiciosos que han llegado a la Casa Blanca. Sin embargo, son bastante más moderados que, por ejemplo, el Green New Deal de Alexandria Ocasio-Cortez. ¿Está siendo Biden lo suficientemente ambicioso?

Absolutamente no. Necesitamos que la Administración Biden adopte una acción climática cada vez más ambiciosa. Sin duda, su propuesta es mucho mejor que las que han llegado al despacho oval hasta ahora, y algo remarcable es que uno de los primeros anuncios del nuevo Gobierno ha sido el de la creación de un enviado especial para el cambio climático. Solo eso ya demuestra que esta Administración entiende que la emergencia climática es una prioridad política y social. ¿Están en el buen camino para solucionar esa prioridad? Aún no. Dicen –y tomo su palabra como válida– que quieren mantener un diálogo constante con el movimiento de jóvenes por el clima y con los activistas climáticos a los que no se les ha dado voz hasta el momento. Y nuestra tarea como comunidad climática consiste en no aceptar sin más este gran paso hacia delante en la lucha, sino encontrar una manera de forzar un diálogo con el Gobierno de Biden para conseguir lo que la humanidad necesita. Y podemos conseguirlo, aunque aún no estamos ahí.

Entonces ¿qué necesitaría Estados Unidos para reducir al máximo sus emisiones y frenar el impacto de la emergencia climática?

En términos muy amplios, necesitamos que la crisis climática se convierta en la prioridad número uno. Es transversal a la sanidad, a la vivienda, a la justicia social, al desarrollo de infraestructuras… la crisis climática y sus soluciones toca todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas. Por eso tenemos que convertirla en prioridad absoluta. Necesitamos una movilización masiva de fuerza laboral y de capital. Es algo que podemos conseguir, pero solo si entendemos que el clima es lo prioritario. Al incluir el cambio climático en diferentes puestos dentro de varios departamentos, la Administración Biden ya está señalando que es una de las prioridades del Gobierno, pero se tiene que convertir en la prioridad bajo la que se organicen el resto.

«Cada día que se retrasa la acción climática significan más semanas de sufrimiento intenso en el futuro»

En diciembre, el Acuerdo de París cumplía cinco años. En un principio buscaba mantener la subida de temperaturas globales por debajo de los 2 grados, pero la ONU alerta de la necesidad de no sobrepasar los 1,5ºC. ¿Cómo sería Nueva York si la temperatura aumentase por encima de esa recomendación?

No podemos permitir que las temperaturas lleguen a los 2 grados por encima de los niveles preindustriales. Algo que ha caracterizado al Holoceno –ese periodo geológico que estamos abandonando para entrar en el Antropoceno–es que las mayores urbes del mundo se construyeron, por el comercio, en la costa, y más de la mitad de la humanidad vive en zonas costeras y se predice que ese número crecerá de manera masiva en los próximos años. La infraestructura de estas ciudades a nivel del mar ya se encuentra bajo una presión enorme. Hay bombas de agua en el sistema de metro de Nueva York funcionando veinticuatro horas al día los siete días de la semana para evitar que se inunde. Así que imagina lo que viviríamos si el nivel del mar aumentase más, con todo ese peso forzando su entrada en uno de los mejores sistemas de transporte público de Estados Unidos. Es un ejemplo concreto de por qué no podemos permitir que la temperatura global aumente más de 1,5 grados. Tenemos los medios técnicos y científicos necesarios para mantenerla por debajo, pero lo que se necesita ahora es voluntad política y nuestra voluntad, como comunidad humana, para salvar todo lo que hemos construido a lo largo de los últimos diez mil años y seguir en el planeta durante un par de ciclos más igual de largos. Nos dirigimos hacia un periodo de cambio climático dramático que zarandeará los cimientos de nuestra civilización sin importar lo que hayamos hecho, pero lo que hemos creado como especie es completamente hermoso. También es terrible y devastador en muchos aspectos, pero hay muchísima belleza y tenemos que aferrarnos a ella durante el tiempo que podamos. En este momento, todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a frenar la crisis climática. Estados Unidos es el mayor emisor y el principal causante del calentamiento global y, por eso, es nuestra responsabilidad moral liderar el cambio en el mundo. Y volver al Acuerdo de París es un paso de gigante en esta dirección, pero no es suficiente, necesitamos hacer más.

Cada vez son más los países y empresas, incluida la UE, que buscan alcanzar las cero emisiones en 2050. Sin embargo, la crisis económica derivada de la covid podría poner en pausa los planes de mitigación del cambio climático de algunos Estados, especialmente los más vulnerables. ¿Conseguirá el mundo alcanzar sus objetivos?

La crisis del coronavirus tiene un potencial contradictorio: podemos permitir que posponga la agenda climática o usarla como una oportunidad para aprender cómo colaborar, cómo trabajar juntos como comunidad, para atajar una crisis que afecta a toda la humanidad. La covid-19 es un ensayo general –trágico y terrible– de lo que vendrá con la emergencia climática. Por muy duro que esta crisis sanitaria esté siendo –incluso para los más privilegiados–, no es nada comparado con lo que nos espera si no llevamos a cabo un esfuerzo masivo para frenar la emergencia climática inmediatamente. Si usamos el coronavirus como una excusa para no ser lo suficientemente agresivos con el clima habremos fallado de manera histórica: estaremos predeterminando un resultado terrible ya no solo para los jóvenes de hoy sino para todos nosotros y para la civilización.

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