Siglo XXI

Jeremy Rifkin: un Green New Deal Global para salvar al mundo

El cambio climático es el mayor desafío al que se enfrenta la humanidad. Bajo esta verdad indiscutible, el economista y sociólogo Jeremy Rifkin, célebre autor de ‘La Tercera Revolución Industrial’ (2011) y ‘El fin del trabajo’ (1995) construye un nuevo plan económico que haga saltar por los aires los pilares que construyeron la civilización de los combustibles fósiles que, por cierto, cree que colapsará allá por 2028.

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Elvira Megías
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18
Dic
2019
Jeremy Rifkin

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Elvira Megías

Jeremy Rifkin (1945, Denver, Colorado) habla sin prisa, pero sin pausa. Sus enérgicos gestos y la naturalidad con la que sostiene el micrófono le delatan: tiene mucho que decir, poco tiempo y ningún miedo a ser refutado. «Quiero que cada uno de vosotros me haga, al menos, una pregunta antes de acabar». Con esta tajante petición rompe el hielo ante el grupo de periodistas que se han reunido en la Fundación Rafael del Pino en Madrid para escuchar lo que uno de los teóricos económicos más influyentes del mundo tiene que decir.

Creador del concepto ‘Tercera Revolución Industrial’ –que alude a la transformación económica que se está produciendo por la conjunción de las tecnologías de la información y el desarrollo de las energías renovables–, Rifkin ha asesorado a grandes líderes como la canciller alemana Angela Merkel o el primer ministro chino Li Keqiang. Hace ya casi diez años que logró convencer a la Unión Europea de que la innovación definiría el transcurrir del siglo XXI y, desde entonces, ha combinado su papel de asesor político con su trabajo de investigación y divulgación de los cambios tecnológicos, sociales y financieros. Esta segunda misión es precisamente la que le ha traído a España, donde quiere compartir su último y ambicioso plan económico que, promete, salvará la vida en el planeta.

Bajo el título de El Green New Deal Global (Editorial Paidós), la nueva obra del economista se presenta como una hoja de ruta para la cada vez más urgente transición ecológica. El autor plantea un escenario relativamente optimista que contradice la visión apocalíptica de la crisis climática, pero sin obviar la realidad. «Estamos ante una emergencia global: nos encontramos en medio de la sexta extinción masiva de la vida sobre la Tierra», sentencia. Con esta demoledora afirmación, recuerda lo que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPPC, por sus siglas en inglés) ya advirtió en 2018: que las temperaturas planetarias aumentan a ritmos descontrolados y que, si se cruza el umbral del incremento de 1,5 grados centígrados, los efectos del cambio climático serán devastadores e irreversibles. Según el organismo científico de Naciones Unidas, nos quedan 11 años para evitar que la catástrofe climática se perpetúe. Rifkin cree que «todavía estamos a tiempo» y se aferra a ese margen: no solo sostiene que seremos capaces de evitar nuestra propia extinción, sino que, además, considera que la lucha a favor de la descarbonización de las economías será una transición rentable. Y defiende, como un guiño sutil a la teoría de Darwin, que todo es cuestión de adaptarse a los fenómenos climáticos.

«Por primera vez en la historia estamos protestando por el futuro de la humanidad»

El economista tiene la esperanza puesta en esas generaciones de jóvenes que en los últimos meses han sacudido todo el globo con sus gritos de desesperación por la inacción de los Gobiernos ante la emergencia climática. A su juicio, las protestas estudiantiles recogidas bajo el nombre de Fridays For Future, son una muestra de que la sociedad es cada vez más empática. Además, cree que son un reflejo de cómo, por primera vez en la historia, los seres humanos han salido a la calle para defender el futuro de la humanidad. «Entre todas las revoluciones que ha habido a lo largo de los siglos, nunca antes habíamos protestado porque nuestra especie está en peligro», subraya. Y este no es el único síntoma de que el mundo está cambiando: el diagnóstico sobre la salud del planeta presentado en el Foro Económico Mundial de Davos y el notable apoyo político al Green New Deal estadounidense propuesto por la congresista Alexandria Ocasio-Cortez evidencian la expansión de una conciencia ecológica cada vez más exigente.

De esta manera, Rifkin esboza un futuro que necesita un cambio profundo del modelo económico. Una transformación que, además, no presenta alternativas ante lo que él define como un «inminente colapso de la civilización de los combustibles fósiles». Se refiere a un punto de inflexión que se atreve incluso a datar: «En torno a 2028 se desinflará la burbuja de los combustibles fósiles, la mayor de la historia», sentencia. El rechazo de los sectores clave hacia este modelo y su progresiva reinversión en energías más baratas y menos contaminantes sustentan esta idea.

En 2015, Citigroup, la mayor empresa de servicios financieros del mundo, predijo que el total de activos obsoletos del carbono –es decir, aquellos invertidos en combustibles fósiles y otras tecnologías derivadas– podría ascender a los 100 billones de dólares si los países firmantes del Acuerdo de París llegan a un acuerdo vinculante para limitar el calentamiento global. Lo que entonces era una intuición ahora se confirma con la caída en picado de las energías limpias que, según un estudio elaborado por el banco de inversión Lazard, han pasado a ser más baratas que las centrales de gas, carbón y los reactores nucleares. Para el analista, esto solo puede significar que avanzamos (o deberíamos hacerlo) en una única dirección: la de la Tercera Revolución Industrial de carbono cero.

inversiones sostenibles

Como ha sucedido en todas las transformaciones económicas habidas hasta el momento, para lograr que fructifique es imprescindible contar con medios de comunicación, una fuente de energía y un mecanismo de transporte. O, en palabras del experto: «¡Se necesitan infraestructuras, estúpido!». Rifkin recuerda que, en la Primera Revolución Industrial, la imprenta, el telégrafo y las redes ferroviarias nacionales convirtieron al XIX en el siglo de los Estados-nación. En el XX, la electricidad, el teléfono, la radio y la televisión se unieron con el petróleo barato, los vehículos de combustión interna y las redes de carreteras nacionales para dar paso a la Segunda Revolución Industrial, que sentó las bases de un mundo globalizado. Ahora, en la Tercera Revolución Industrial, la digitalización y el internet de las comunicaciones terminarán por unir a personas de todo el mundo que producen energías renovables y las comparten a través de una red eléctrica digital propia, con la que podrán, además, hacer funcionar sus vehículos eléctricos y autónomos. En una imagen global se dibujan infraestructuras verdes que diseñarán una civilización construida en red.

«Esto nos permitirá pasar de la globalización a la glocalización», sostiene Rifkin, que subraya que, pese a todo, no es que hayamos caído en la involución. Su planteamiento es sencillo: con unas infraestructuras más ágiles, cada comunidad será relativamente autosuficiente y podrá conectarse para compartir la energía, el comercio y la movilidad. Estos cambios encajarán en un sistema económico emergente que ha bautizado como «capitalismo distributivo o social», en el que la propiedad es sustituida por el acceso y la transacción de bienes por un flujo constante de servicios. Todo con un coste marginal que roza el cero. «Los Gobiernos centrales van a dejar de hacerlo todo por nosotros. Ahora las regiones serán fundamentales para la revolución verde», explica.

«Las regiones pasarán a ser un elemento clave para el ‘Green New Deal Global’»

El visionario no habla de distopías y está seguro de que no habrá robots ni inteligencia artificial que vaya a sustituir a los humanos. Aunque esta Tercera Revolución Industrial –horizontal, abierta y distributiva– lleva implícita una destrucción de empleo, también será una fuente de oportunidades laborales. A su juicio, para desplegar las nuevas infraestructuras se necesitarán millones de personas, porque los algoritmos, basados en datos del pasado, difícilmente podrán enfrentarse al cambio climático. Sin ir más lejos, un vistazo al sector de las energías renovables da algunas pistas sobre el futuro del empleo: a día de hoy, solo en China –donde Rifkin ha trabajado como asesor–, la industria emplea ya a 3,8 millones de personas. La pregunta es: ¿por dónde empezar?

Rifkin lanza una sugerencia a nuestro país y al resto del mundo: «Para avanzar hacia esa Tercera Revolución Industrial del Green New Deal, los Gobiernos deben ayudar a cada región a establecer bancos verdes y cooperativos que lleven a cabo proyectos de infraestructuras».

Este ambicioso plan, acogido por los entusiastas como unas instrucciones hacia la descarbonización, levanta también suspicacias entre los más escépticos. ¿Llegaremos a tiempo de transformar radicalmente el sistema social y económico? A diferencia de otros expertos, Rifkin se muestra optimista. «Tenemos los instrumentos, tenemos la tecnología y la experiencia en crear infraestructuras, tenemos viento, sol y un mercado que nos habla. Solo hace falta que millones de personas se involucren». El Green New Deal Global, lo que él llama «un audaz plan económico para salvar la vida en la Tierra», es todavía una aspiración que solo necesita que empecemos a desarrollarlo. Decía Einstein que la voluntad es una fuerza motriz más poderosa que la energía atómica, y Rifkin plantea utilizar ese poder para que el ser humano sobreviva: ¿cómo no vamos a promover el cambio cuando nos enfrentamos a nuestra propia extinción?

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