Opinión

Vivir al día

Aunque nos ahogue la incertidumbre, es tiempo de desconfinarse mentalmente y hacer planes, pero con cautela, es decir, con cuidado para prevenir daños y peligros.

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04
Dic
2020
desigualdad

Y que cada uno haga su trabajo, como decía Camus. Pero hay que procurar hacerlo bien, decentemente, sobre todo los políticos que se empeñan en destrozarse porque hoy la realidad sigue siendo, como escribiera Muñoz Molina en Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013), «preferir siempre la diferencias a las similitudes y la discordia al apaciguamiento son hábitos cardinales de la clase política española, igual que echar leña al fuego y sal a las heridas. La escenificación estridente de sus disputas partidarias es la cortina de humo que encubre la similitud de sus intereses corporativos, la magnitud formidable de su incompetencia, la toxicidad de su parasitismo sobre el cuerpo social, la devastadora codicia con la que muchos de ellos, en todos los partidos, se han dejado comprar, o han comprado a otros». Y en eso seguimos, porque nuestros dirigentes se han olvidado de aquello que nos enseñó Plutarco de que el político debe contender siempre con todo tipo de gobernantes con diligencia, prudencia e inteligencia a favor del bien común. Aunque nos ahogue la incertidumbre, es tiempo de desconfinarse mentalmente y hacer planes, pero con cautela, es decir, con cuidado para prevenir daños y peligros: planes bien armados y potentes que nos devuelvan la esperanza y, más tarde, nos hagan confiar en el futuro y recuperar la sensibilidad perdida para favorecer las políticas sociales.

Como he repetido tantas veces, necesitamos un nuevo contrato social que transforme a España en un país más decente y mejor, y no deberíamos resignarnos. Tan importante es la tarea que no podemos dejarla solo en manos de unos políticos que han demostrado su manifiesta incompetencia para luchar, por ejemplo, contra la desigualdad, una lacra que puede destruir no solo la democracia sino también la sociedad. Antes de morir, en agosto de 2010, Tony Judt dejó escrito que «ya no importa tanto lo rico que sea un país, sino lo desigual que sea». Y es así, porque cuanto mayor es la distancia entre la minoría acomodada y la masa empobrecida tras la pandemia, más se agravan los problemas sociales, algo que parece ser cierto tanto para los países ricos como para los pobres. Por eso es necesario escuchar las voces de los que luchan contra la injusticia social y trabajar para vivir la libertad de ser libres y, como nos dijo Hannah Arendt, por tanto, iguales.

«Necesitamos un nuevo contrato social que transforme a España en un país más decente y mejor, y no deberíamos resignarnos»

Además de decisión política y de la constante exigencia y presión ciudadana, faltan apoyos y ayudas para luchar contra la desigualdad. Parece ser que Europa se lo ha creído y pondrá las bases para un futuro verde, diferente y –ojalá– próspero, pero no podemos olvidar que hoy, cuando avanza el siglo XXI, los titanes sociales son las grandes multinacionales que incluso han fagocitado la palabra empresa, olvidando que entre el 93 y el 96 por ciento del empleo y de la capacidad productiva mundial la atesoran las pymes y los autónomos. Comprender la función social de la empresa y de las instituciones es un argumento definitivo para reclamar sin descanso su imprescindible contribución –sin renegar de lo que son y representan– para conseguir un mundo mejor. Para que, entre todos, como nos enseña Stiglitz en Capitalismo progresista (Taurus 2020), podamos aprender que «la verdadera riqueza de una nación se mide por su capacidad de brindar, de una forma sostenida, altos niveles de vida a todos sus ciudadanos». La democracia exige gobiernos, dirigentes, empresarios e instituciones que sean transparentes y acepten rendir cuentas como una obligación y nunca como una humillación, que procuren la solución de los problemas que preocupan a los ciudadanos y respeten los bienes que son de todos, aunque el cuidado y la gestión estén solo en sus manos. Hay que conseguir que las palabras se transformen en hechos y no en mera retórica vacía.

No ha sido así, y no está siendo así. Pienso, por ejemplo, en el porvenir que nos aguarda en la pospandemia y me temo que, como tantas otras veces, el coronavirus –con sus apéndices y codas– servirá para que la desigualdad hunda sus raíces entre nosotros y agrande la sima de las diferencias, y para que muchos infames medren, corrompan y ganen mucho dinero. Algunas personas, probablemente las más desfavorecidas, perderán, «porque la lotería del coronavirus es así», como reflexiona el Profesor Longinos Marín. Pero no debería serlo: la pandemia, que nos ha igualado sin distinciones en la enfermedad, tendría que mutualizarnos en la salud y ofrecer a todos las mismas oportunidades. Los sueños varían con cada hombre, escribió Albert Camus, «pero la realidad del mundo es nuestra patria común».

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